Ante la crisis política argentina, intolerancia o diálogo, esa es la cuestión

Martín Balza
Martín Balza

Un tema actual recurrente y excluyente de los argentinos son las próximas elecciones. Estoy convencido de que las causas que frenan nuestro desarrollo —que en este siglo es el nuevo nombre de la paz— son más políticas que económicas.

Ello impone, como lo expresara Max Weber, una dirigencia que goce de tres cualidades: "pasión, responsabilidad y mesura". Y líderes dispuestos no solo a mostrar resultados inmediatos sino también proyectados al mediano y largo plazo, evitando promesas imposibles de cumplir. El desafío a enfrentar es prosperidad o decadencia. Está en juego nuestro futuro y las elecciones son un acto de confianza. El pasado debe ser conocido para definir el futuro que deseamos, y el camino a seguir está condicionado por el conocer a dónde se quiere llegar.

Frente a múltiples problemas concretos, no hay reglas precisas o fórmulas a las que quien gobierne pueda atenerse; lo más probable será que tenga que crearlas. Los ciudadanos esperan que a quienes elijan asuman su responsabilidad, mantengan el equilibrio, la serenidad, sepan dónde están, hacia dónde van y posterguen su gratificación personal. Es obvio recalcar que deben valorar y aplicar en su justa medida el uso de los avances tecnológicos, pero siempre priorizar lo humano, recordando lo que 400 años a. C. dijo Protágoras: "El hombre es la medida de todas las cosas".

En el siglo pasado ese concepto fue enriquecido por la Doctrina Social de la Iglesia que, en extrema síntesis, exalta la necesidad de la sociedad como medio para que el hombre pueda lograr su desarrollo normal y propugna a la par que la persona tiene derechos humanos anteriores y superiores al Estado, el que no los otorga sino que los reconoce, y por lo tanto es el principal obligado a respetarlos y garantizarlos.

Superar una reconocida grieta o brecha o desencuentro que nos aqueja desde hace años impone reconocer errores y aciertos de los distintos gobiernos, y evitar, según Beatriz Sarlo, "la estrategia de extrema oposición". Nadie está en condiciones de "tirar la primera piedra". Cuando la orquesta desafina, el problema son los conflictos entre los músicos y el director, o la incompetencia de este último.

Una constante en nuestra historia han sido los estériles e inconducentes —y muchas veces cruentos— enfrentamientos. Hemos carecido de una mínima empatía emocional, ni siquiera para lograr un consenso de corto, mediano y largo plazo sobre estratégicas cuestiones de Estado. Entre otras: la educación y la salud pública. También la incoherente negociación sobre la Cuestión Malvinas y la Defensa Nacional, ambas hacen a la esencia de nuestra soberanía como Estado. Todo ello fue y es imposible sin políticas consensuadas producto de un diálogo nunca sostenido.

El diálogo —largamente declarado y demorado— debe orientarse hacia lo que es bueno y justo para el hombre. En la concepción de Julián Marías, la primera condición es ponerse de acuerdo acerca de lo que se hable, que ello sea inteligible, que las partes estén dispuestas a admitir la evidencia, aunque sea descubierta y propuesta por el otro, en el marco de la veracidad y de la coherencia. De otro modo, el diálogo se convierte en profanación. Lo que es inaceptable es que una parte sustente sus argumentos en desmedro de la dignidad de la otra, de la realidad misma o, peor aún, imbuida de un espirito negador. Ello conduce a la perversión de la democracia, la desvirtúa.

En el diálogo debemos dejar de lado los insultos, el enfado y los rostros irónicos, agrios, ceñudos, incapaces de sonreír. También, la vanidad y la soberbia agresivas. Pueden decirse las cosas y argumentar posiciones, de palabra o por escrito, con mucha fuerza, pero con gracia y con respeto. No es necesario estar de acuerdo, se puede discrepar enérgicamente pero sin romper la concordia, que no es unanimidad, ni siquiera acuerdo, sino que es la firme decisión de convivir juntos. Hay debates —en distintos círculos— que parecen impulsados y dominados por la obsesión, el odio, el rencor, el desprecio, el insulto y, no pocas veces, por la ignorancia y la irresponsabilidad. En el pasado, ello —reitero— nos llevó a enfrentamientos fratricidas y destructores. El resultado es conocido, los argumentos justificativos inconducentes y las consecuencias atroces.

Aceptemos entonces, como mejor alternativa, el diálogo, que literalmente en griego significa diá = a través, logos = palabra; y la sentencia platónica que nos recuerda que "la opinión es un término medio entre el saber y la ignorancia".

Sin diálogo no podrá haber acuerdos ni pactos; puede volverse disputa cuando el objetivo es convencer al otro —o a la sociedad— de nuestra verdad, pero si nos facilita el consenso, aunque mínimo, contribuirá eficazmente a respetarnos, con la honesta aspiración de contemporizar y no la de imponer nuestra hegemonía.

El diálogo y el respeto al disenso no son drogas alienantes, tampoco pasividad o evasión. Es manifestar una firme convicción y confianza dinámica para superar una situación difícil como la nuestra. La mera oposición de un partido político a otro es la perversión de la democracia.

*Ex Jefe del Ejército Argentino, Veterano de la guerra de Malvinas y ex Embajador en Colombia y Costa Rica

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