El secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, conversando con el presidente de Bolivia, Evo Morales, durante la firma de un acuerdo la semana pasada en La Paz.
El secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, conversando con el presidente de Bolivia, Evo Morales, durante la firma de un acuerdo la semana pasada en La Paz.

No me extraña la connivencia de Almagro con el brutal y corrupto régimen de Evo Morales. Y nada debe sorprendernos de quien claramente tiene una agenda personal en lugar de una agenda regional y hemisférica. Tal parece que los fantasmas de su pasado comunista lo asaltan con frecuencia y le provocan una suerte de memoria selectiva, porque recuerda las atrocidades del genocida Nicolás Maduro pero olvida los abusos de Evo, al punto de convertirse en su aliado.

Hubiera sido deseable que Almagro tuviera en cuenta que Chávez, Morales, Kirchner, Correa, Lula, Dilma, Cristina, Maduro y Ortega, entre otros oscuros personajes, provienen de la misma matriz: el abominable Foro de San Pablo, que tiene a su haber la producción de una enorme cantidad de disparates, pero también de una franquicia instrumentada en varios países para saquearlos, liquidar a sus instituciones y convertirlos en feudos medievales donde reinan dictadores disfrazados de mandatarios, con Constituciones hechas como traje a la medida de sus designios. Aquellas les sirven para presentarse ante el mundo como demócratas y ocultar una siniestra maquinaria de crimen organizado claramente articulada. Y las pruebas de esta afirmación están a la vista: todos ellos han logrado incuantificables fortunas personales, han sido acusados de escandalosos casos de corrupción, han erosionado las bases fundamentales de las instituciones republicanas y han condenado a sus pueblos a la miseria y postración.

Las imágenes de la tragedia venezolana son la réplica de lo que viven los estamentos más empobrecidos de otros países asolados por la funesta impronta del chavismo, que es la expresión más violenta y brutal de los postulados del Foro de San Pablo. Pueblos enteros condenados a la exclusión, a la miseria, a la desaparición de su infraestructura productiva, a la represión más cruenta, a la persecución y al espionaje. Presos políticos por doquier, exiliados que deambulan por el mundo, migrantes que escapan de la barbarie. Niños condenados a la ausencia de atención médica básica y expulsados de la escolaridad, son las evidencias más conmovedoras de esta ola supuestamente revolucionaria de caciques contemporáneos dedicados al saqueo de los fondos públicos y de una camarilla repugnante de falsos líderes que imponen su voluntad usando la violencia.

En abril de 2017 se produjo un fraude monumental en el Ecuador. Con Guillermo Lasso ganamos las elecciones en las urnas y las perdimos en la mesa. Rafael Correa no estaba dispuesto a entregar el poder tan fácilmente y se cumplió mi presagio: una cosa es ganar las elecciones y otra muy distinta es que los fascistas entreguen el poder. El fraude electoral es parte esencial de la franquicia chavista y por ello han cooptado los organismos electorales para aplicar la tesis de Stalin: el poder reside en quien cuenta los votos.

El 2 de abril de ese año, se cerraron las urnas a las 5 de la tarde. A esa hora las cadenas de televisión independientes, que habían sobrevivido a diez largos años de dictadura correista, proclamaban el triunfo del binomio de la oposición conformado por Guillermo Lasso y Andrés Páez. La diferencia era superior a siete puntos y así lo reflejaban las encuestas a boca de urna y otras tantas mediciones, incluyendo las del oficialismo. Curiosamente, a las 6 de la tarde se produjo un apagón electoral, es decir, dejó de funcionar el sistema informático que emitía los resultados. Impúdicamente lo reconectaron 40 minutos después, y aparecieron los nuevos resultados otorgándole la victoria al candidato del chavismo correista, Lenín Moreno.

Echada por la borda la voluntad popular, el pueblo ecuatoriano se movilizó y nos apostamos en las afueras del edificio del Consejo Nacional Electoral en Quito, Guayaquil y otras ciudades, en una vigilia cívica para repudiar la artera maniobra del nacional socialismo criollo. Apenas 48 horas después, mientras ese Consejo titubeaba y no sabía cómo explicar el apagón informático, apareció la funesta figura de Almagro reconociendo los resultados "oficiales". Además, se dedicó a la ingrata tarea de llamar a los embajadores acreditados en el Ecuador para que convaliden los resultados tramposos, asistiendo a una reunión con el candidato oficialista como efectivamente se produjo.

Más de diez días permanecimos a la intemperie exigiendo que se respete la voluntad popular, hasta que en una madrugada fuimos desalojados violentamente por la Policía. Con esto se consolidó el mayor fraude electoral que recuerde la historia del Ecuador. El presidente del Consejo Nacional Electoral era Juan Pablo Pozo, un servil militante del correismo, quien pocos días después fue condecorado por el mismísimo Correa en el Palacio de Gobierno por haber contribuido de forma determinante a que el fraude sea consumado.

Días después, Pozo asistió a un partido de fútbol en Cuenca, su ciudad natal, y fue echado del lugar en medio de gritos. Allí el empleadito de Correa entendió que no podía vivir en el país y Correa salió en su defensa. Logró que su íntimo amigo Almagro lo designe como "experto electoral" de la OEA para América Latina y desde entonces vive en Washington, ganando una millonada, protegido por Almagro y paseando su impunidad por la región. Seguramente muchos países a los que ha ido este experto en fraudes no saben de su prontuario.

Esa fue la actuación de Almagro en las elecciones de Ecuador. No se extrañen que haga lo mismo en otros países porque "la cabra tira para el monte", como decimos acá, y Almagro no puede ocultar sus simpatías con el comunismo, tesis con la que ha comulgado desde su juventud.

En Bolivia, Evo Morales se ha ido en contra de toda la institucionalidad para quedarse en el poder, y no precisamente para servir a su pueblo, sino para ocultar la siniestra brutalidad de su gobierno, su galopante corrupción y, especialmente, para fraguar su impunidad. Y siguiendo las instrucciones del chavismo, ha logrado controlar todas las instancias de la Justicia para tapar sus despropósitos con un manto de legalidad y yéndose incluso en contra de la voluntad popular expresada en las urnas, para prolongar su mandato.

Morales expresa los estertores de un chavismo que ha quedado en evidencia. La crisis humanitaria de Venezuela, la tragedia económica de Argentina y Ecuador, la crueldad de Ortega en Nicaragua, la profunda crisis de Brasil muestran, con claridad meridiana, el fracaso del Foro de San Pablo. Pero Morales no quiere darse por vencido, mientras sus escándalos se tapan con asesinatos, presos políticos, exiliados y pandillas que imponen su propia ley en las calles del altiplano.

Almagro se constituye como el gran cómplice de esta bestialidad. La región que, en su mayoría, reivindica el respeto a los derechos humanos, ha sido traicionada por un sujeto a quien el cargo le quedó grande, porque servir al Foro de San Pablo es darle la espalda a la inmensa mayoría de personas que con derecho aspiran a mejores días. Y el chavismo representa solamente desesperanza, frustración, violencia, exclusión, hambre y miseria.

¿Podrá Almagro algún día explicar su políticamente pecaminosa conducta?

El autor es abogado, doctor en Jurisprudencia, licenciado en Sociología con mención en Ciencia Política.  Experto en Derecho del Trabajo de la Universidad de Sevilla, España. Legislador del Ecuador en cuatro ocasiones, viceprefecto de Pichincha y candidato a la vicepresidencia de la República en 2017.