Si la fórmula del kirchnerismo, Alberto Fernández-Cristina Fernández de Kirchner, perdurara hasta el momento de las elecciones, el peronismo quedaría para siempre dividido en dos grandes corrientes. Pero lo más grave no es eso, lo preocupante es que si llegara a imponerse, el país ingresaría en una inestabilidad institucional de proporciones gigantescas. Ojalá me equivoque.

Se desconocen las razones últimas que llevaron a Cristina a tomar la decisión de asumir la vicepresidencia en la fórmula creada por ella. Hay versiones para todos los gustos: generosidad, amplitud, debilidad, deseo de derrotar al PRO y ella sola no puede, voluntad de torcer el rumbo ideológico que ha tomado el mundo y Latinoamérica, según sus 12 minutos de Twitter, enfermedad de su hija, cansancio moral y un sincero deseo de apartarse de la cosa pública. En fin, son muchas. Si fuera esta última, no habría grandes problemas. Pues lentamente se esfumaría del escenario público, ingresando a los confines de la historia y Alberto Fernández conduciría el país como pueda. ¡Lo que ya es mucho decir!

Las alarmas suenan desde distintos sectores políticos. Equivocadamente comparan la actual situación con los acontecimientos que envolvieron la crisis del general Perón con Héctor J. Cámpora. Incluso el mismo Alberto Fernández salió a desmentir el parentesco. Antes de avanzar sobre el argumento central del presente artículo es pertinente la siguiente pregunta: ¿Cristina abandonará la conducción de su fracción política, esto es, el peronismo de izquierda, dejándolo a la deriva y que se diluya por ausencia de jefatura como en su momento el doctor Carlos Menem desistió de conducir el peronismo que él modernizó en los 90? No lo creo, sencillamente porque Menem, al ser peronista, incluso casi de la primera hora, confió en que el partido encontraría su rumbo. Nada fuera de él. Cristina no es peronista, en el sentido de pertenencia partidaria, por lo tanto, sospecho que no dejará que su impronta ideológica se pierda en manos de un Alberto, que da tanto para un barrido como para un fregado.

Desde la perspectiva histórica es un error comparar la nueva fórmula presidencial con el caso Cámpora. Por la cláusula del 25 de agosto de 1972, arbitrariamente sancionada por el general Agustín Lanusse, Perón no podía ser candidato porque no había regresado al país en los términos fijados por la dictadura militar. Sin embargo, Cámpora tampoco podía serlo, pues violentaba dicho decreto que inhibía a toda persona que abandonara el país por más de 15 días sin comunicarlo al Ministerio del Interior. Cámpora se había marchado sin informar. Perón lo propuso para que Lanusse lo impugnara, pero este general, rápido de reflejos, no lo hizo. En su libro Mi Testimonio advierte: "La fórmula indicada por Perón incluía a Cámpora, quien no se había ajustado a la norma preelectoral de no abandonar el país sin el conocimiento y autorización del Ministerio del Interior. Perón no ignoraba esa imposición. ¿Por qué pues hizo esta designación? Es razonable pensar que lo fue para encontrar en el veto de su candidato el pretexto para resolver el voto en blanco que le permitiera o bien continuar ejerciendo su influencia a distancia como en 1963 o bien provocar un clima de honda perturbación política y social que pudiera influir inclusive en las Fuerzas Armadas y, en consecuencia, llegar a provocar la caída del gobierno".

En síntesis, Cámpora no era nada en el peronismo, sin embargo, ocupó el lugar central de la institucionalidad política, la presidencia. Y aquí está el problema, puesto que Perón era el jefe político de esa fuerza y, como dice el tango, miraba desde afuera. Cuando estas dos realidades no coinciden en una persona siempre hay crisis institucionales. Y la de aquellos años fue gravísima.

¿Puede aplicar la anterior tragedia a la fórmula actual del kirchnerismo? Cristina se encuentra en el binomio, eso marca una diferencia, pero en un país presidencialista el jefe de Estado detenta el poder institucional. Sin embargo, el poder político se halla en el segundo, en el vice, en el que toca la campanilla. Un lío en ciernes. Otros momentos de nuestra historia han presentado cierta similitud.

Antes de que el país estuviera organizado, la provincia de Buenos Aires vivió circunstancias parecidas. El general Juan Manuel de Rosas dejó la gobernación al mando de Juan Ramón Balcarce, quien fue ungido por la legislatura de la provincia. La dinámica propia de la política llevó a Balcarce a tomar distancia del caudillo y rodearse de federales anti rosistas. La sangrienta Revolución de los Restauradores puso las cosas en ¨orden¨. Jefatura política e institucionalidad volvieron a confluir en la misma persona, don Juan Manuel. ¡Pero hubo que pasarla!

Al concluir su mandato presidencial, don Justo José de Urquiza se inclinó por Santiago Derqui para sucederlo. Había sido su ministro del Interior. Nuevamente dos cabezas. El jefe político recluido en el Palacio San José y el nominado, en la presidencia. Don Justo comenzó a maliciar la traición del presidente. La política es la política y tiene su dinámica. Para sacarse de encima a Derqui, que le dividía el Partido Federal del Interior, no encontró mejor forma que hacer uso de la oposición, dejándose vencer en Pavón por Bartolomé Mitre. Esta batalla marcó el fin de la presidencia de Derqui. Cientos de muertos y el eclipse del interior hasta la llegada al poder del general Julio Argentino Roca. Quien tuvo un inconveniente similar con su sucesor, Miguel Juárez Celman, su concuñado. No obstante el parentesco cayó bajo los efluvios endiablados del arte de gobernar. Los lazos familiares fueron más lábiles que los de la política.

Juárez Celman, un tiempo antes, como gobernador de Córdoba, había construido la telaraña política que habilitó la llegada de Roca al poder. ¡No era un cuatro de copas! Pero el jefe del Partido Autonomista Nacional era Julio Roca.

Al parecer, habría que realizar un estudio o un exorcismo a la Casa Rosada, la atmósfera que allí se vive es irresistible y empuja a la infidelidad. Más de uno ha perdido la cabeza y Juárez no fue una excepción. Pronto sintió que era el dueño. Poder institucional y jefatura política nuevamente separadas. Conflicto en puerta: la Revolución de 1890. La oposición percibió la división del PAN y se lanzó a las calles. Más muertos. Roca empleó un procedimiento similar al de Urquiza, dejó que la oposición en la calle se llevara puesto a Juárez y actuó militarmente en el momento justo en que esos acontecimientos se hallaban en condiciones de barrer la totalidad del sistema institucional. Lo impidió. Llegó a la presidencia el vice, Carlos Pellegrini.

El caso de don Hipólito Yrigoyen fue similar en algunos aspectos y distinto en otros. Pero no por eso la maldición de la Rosada dejó de actuar. Afectado en sus seis años de presidencia por el enfrentamiento con el conservadorismo provinciano, les advirtió a los gobernadores del ¨Régimen¨: "Las autonomías provinciales son de los pueblos y para los pueblos y no para los gobiernos", de modo que intervino diez provincias llevándose por delante a los gobernadores regiminosos. Por otro lado, las luchas obreras y anarquistas en el marco del triunfo de la Revolución Rusa llevaron a que Hipólito, tapado de problemas con la elite, eligiera como sucesor a un hombre de su partido totalmente distinto a él. Un cajetilla, un aristócrata que practicaba de tanto en tanto el contacto con la chusma, aunque, por supuesto, lo atraía más París. El elegido fue Marcelo T. de Alvear. Prosapia e historia juntas capaces de tranquilizar a las clases altas y al mismo tiempo imposibilitado de disputarle el poder en el sector social donde encarnaba el caudillo de Balvanera.

De todos modos, como corresponde a la dinámica de la política, el partido se dividió en 1924, abriendo a futuro las posibilidades del golpe del 30, cuando Marcelo afirmó de su antiguo jefe: ¨Gobernar no es payar¨.

Perón intentó superar el maleficio de la Rosada. Reformó la Constitución y habilitó la reelección. Lo que no pudo fue evitar el golpe.

Retornada la democracia y ante el fracaso del Gobierno de Alfonsín, el doctor Carlos Menem, en acuerdo con él, logra la reforma constitucional, prolongando su mandato de seis años a cuatro años más. Liderazgo y poder institucional quedaban en la misma mano.

Finalmente, el doctor Eduardo Duhalde desafía a Menem y se presenta como candidato para las elecciones de 1999. Menem, conocedor de la dualidad de la política, cedió al doctor Duhalde la conducción del Partido Justicialista.

El kirchnerismo solucionó la dicotomía. Los lazos familiares, la fuerza matrimonial o el poder de Néstor sobre Cristina estuvieron por encima de la maldición de la Rosada. Cristina y sus asesores saben de esta trampa. Quizás haya sido este conocimiento la razón por la cual en los 12 minutos de Twitter Alberto haya aparecido muchas veces abrazado a Néstor.

Pero es una película, casi una ficción. Votar la fórmula Alberto Fernández- Cristina Fernández de Kirchner es votar una grave crisis institucional. Los políticos debieran centrarse en este asunto. Si ella allí no estuviera y diera señas de apartarse de la política, todo cambia.