Mauricio Macri había ganado el ballotage, momento en el que esta cronista le preguntó a un joven inteligente diputado del PRO, que luego sería ministro de Trabajo de la Nación: "Jorge, ¿creés que el Presidente llamará a un acuerdo con las otras fuerzas políticas inmediatamente?". Triaca me contestó: "Algunos creemos que es una oportunidad, otros creen que es el momento de gobernar solos, como llegamos".

A nadie escapa que la realidad de ingobernabilidad de Argentina —desde largos años a hoy— exige acuerdos. El primer problema es creer en el giro copernicano protagonizado por el Presidente y su jefe de Gabinete sobre este tema. Cuando el acuerdo de salvación se filtró o lo filtraron, da lo mismo, también se conoció que lo que persuadió al presidente Macri no fue la realidad cada día más indómita, sino el consejo de Felipe González. El premier español pudo más que Sanz, Frigerio, Pichetto y Monzó, quienes desde largo tiempo atrás aconsejaban tal actitud política.

¿Es bueno que el Presidente, quien gobernó inclusive sin la anuencia de sus socios fundantes, intente acordar con otras fuerzas políticas a cinco meses de las elecciones generales? Siempre es bueno. Sucede que, como la Justicia, cuando se demora, nunca es tan justa. Inclusive a veces ya no es justicia.

Algunas preguntas. ¿Cómo se hace un pacto sin un proyecto de país? Si hasta ayer se sostenía la profundización de la grieta, ¿cómo convencer y convencerse que para un argentino no hay nada mejor que otro argentino? Todo proyecto de esta envergadura necesita de madurez. ¿Cómo alcanzar el pleno desarrollo para acuerdos fundantes con la urgencia de los tiempos electorales? ¿Cómo lograr un gran apoyo popular imprescindible cuando la pobreza y la incertidumbre gobiernan el minuto a minuto de la mayoría de los argentinos? Me recordaba el profesor Ramón Tamames, integrante del Pacto de la Moncloa, que el nobel de Economía Arthur Lewis le dijo: "El entusiasmo es el comburente; el trabajo y la decisión es el carburante para conseguir el éxito". Tal vez esta sea la receta para un acuerdo colectivo que tenga la sana intención de poner en marcha "la grandeza Argentina demorada" como define Tamames.

Ahora bien, veamos cuál fue la reacción del empresariado, quienes, a mi entender, aprovecharon la oportunidad para plantear la desconfianza que sienten hacia las políticas del gobierno. Por ejemplo, dirigentes de Coninagro manifestaron que los 10 puntos "es el camino hacia la gobernabilidad económica y financiera". Subrayo "camino hacia". Desde la Cámara Argentina de Comercio dijeron: "Este compromiso bajaría la incertidumbre". Subrayo "bajaría la incertidumbre". La Asociación Empresaria Argentina: "Generaría previsibilidad y clima favorable para la inversión y el empleo". Subrayo "previsibilidad". Pregunto, ¿apoyaron o reclamaron?

En cuanto a lo político, esta cronista está convencida de que la impronta Lavagna en el escenario electoral desordenó lo previsto. Cambió el escenario. Fue el ex ministro quien primero habló de consensos como columna vertebral de la reconstrucción argentina. A partir de allí un tsunami político movió todo. Primero, desprestigiaron sus años desvalorizando el contenido propuesto, para luego, como ocurrió el viernes pasado, aquerenciarse de la iniciativa.

Sucede que el Gobierno se encontró ante un panorama cambiante. Cristina Fernández de Kirchner en crecimiento hacia octubre. La situación social aumentando su malhumor. La economía, sin responder y con incógnitas sobre los pequeños parches de precios esenciales entre "caballeros" para alivianar la asfixia de muchos argentinos. Y las elecciones a la vuelta de la esquina.

También es cierto que el presidente Macri, con su empecinamiento ahora en lograr acuerdos, consiguió que la batalla de disconformidad impulsada por los bolsillos vacíos de una amplia porción de argentinos ocupara menos espacio mediático. Inclusive se diluyese el último informe de pobreza de la Observatorio Social de la UCA, más doloroso aún que el anterior, donde se observa la catástrofe producida en la franja etaria de 0 a 17 años.

Pero esta impronta de política de consensos no despeja lo que la gente siente: que está peor. A muchos argentinos, cuyo reloj les marca un presente continuo, les resulta imposible razonar cuánto del empeoramiento de hoy tiene sus raíces en el Gobierno anterior. Por eso CFK crece. Y tiene la posibilidad de ser presidenta. Claro que toda la mesura que pone Alberto Fernández sobre temas claves se contrapone con declaraciones como la de Mempo Giardinelli, cuando sostiene: "Tenemos que elaborar una nueva Constitución de origen popular, donde el punto central es la eliminación del Poder Judicial para que en su lugar haya un servicio judicial". Ante esto, Fernández dice: "Es un disparate total". Y mientras se desgañita diciendo: "Siempre pagamos las deudas, por eso nos decían pagadores seriales, solo deberemos acordar la forma, porque Macri hizo un estrago con el endeudamiento". Máximo Kirchner sostiene: "El FMI tendrá que esperar, tenemos por delante una inmensa deuda interna".

Finalmente, el radicalismo este jueves reunirá su Comité Nacional en donde seguramente convocará a su Convención Nacional para el 27 de mayo. El presidente Cornejo ha convalidado el envite de Martín Lousteau para una gran PASO, con todos dentro. Saben los radicales que conceptualmente es inviable, dado que los polos duros que existen en Argentina no serán de la partida. Días atrás, el vicepresidente del radicalismo, Federico Storani, reunido con el jefe de Gabinete, Marcos Peña, quien le dijo: "Ganaremos con la polarización".

La convocatoria del presidente Macri que se hará inclusive extensiva a la ex presidente Kirchner, debiera ser correspondida con la presencia de los invitados. Más allá de si es marketing o vocación real acuerdista.

Son inminentes las definiciones explícitas de los candidatos presidenciales. Cristina Fernández de Kirchner este jueves, con la presentación de su libro Sinceramente, dará inicio a su campaña literaria. En el medio aparecerá la fecha del convite del presidente Macri. Y el domingo, finalizando la semana, los ojos, tanto de Roberto Lavagna como del presidente Macri, estarán puestos en Córdoba. El Presidente, observando cómo quedarán las heridas tras la interna radical. Y Lavagna para saber si finalmente tendrá un territorio político en el cual construir su espacio.

Si esto no es un mensaje encriptado para alguien, pareciera que el centenario partido está perdiendo el rumbo.