REUTERS/Agustin Marcarian
REUTERS/Agustin Marcarian

La irrupción de Roberto Lavagna como candidato presidencial es un hecho que generó el desconcierto de lo que no ha sido previsto, de lo que no ha sido vaticinado. No trabajó su candidatura, no la buscó, no nos quiso convencer de ser el hombre providencial de nada. Al revés: el momento histórico fue quien lo convocó, la necesidad ciudadana de construir un nuevo tipo de liderazgo fue quien lo trajo a la arena de la disputa electoral. Así, repentinamente, apareció aquella foto con sandalias y soquetes que tanto dio que hablar. Un hecho trivial en sí mismo que se convirtió en un símbolo cargado de sentido. Unas sandalias con soquetes como síntesis de la humildad frente a la fatuidad de las candidaturas pretenciosas construidas con big data, couching, aparato y campañas millonarias en las redes.

Nos hemos cansado de escuchar que en política electoral es más importante la imagen que el concepto, el envase que el contenido, la estética que la ética. El vaciamiento de sentido de las cosas, postulado por Cambiemos, venía a quitarle dramatismo a la convivencia política, o al menos eso decían mientras nos prometían la placidez de una vida sin conflictos. Pero la vacuidad y la incompetencia hicieron estragos en el tejido productivo y social.

Lavagna vino a sepultar la fraseología gastada de la política concebida como mero producto del mercado electoral. La política debe recuperar su densidad conceptual para pensar un proyecto de largo plazo. Así es como nos propone un cambio copernicano en el modo de conducir los asuntos públicos desde los espacios de representación popular.

Y aquí aparece una nueva perplejidad. Lavagna no viene cargado de promesas ni nos convoca a transformaciones épicas. Propone un programa de apariencia minimalista, sobria, elemental casi. Pero en el país del caos cotidiano lo pretendidamente sobrio y elemental representa un cambio profundo de vastos alcances.

El hombre de las sandalias no viene a fundar una nueva dinastía ni a postular soluciones mágicas. Viene a decirnos que es posible recomponer el tejido productivo, que es posible estructurar nuevos lazos sociales alrededor del trabajo y de la cultura del esfuerzo. Para eso hay que proyectar un liderazgo firme, legitimado en consensos múltiples que interpelen a diversos sectores del quehacer nacional.

El escenario político luce fragmentado y disperso en distintos espacios. No hay una mayoría sino varias minorías. Es necesario, entonces, inaugurar una nueva etapa consistente en la capacidad de articular esas minorías en consensos duraderos sobre denominadores comunes que nos permitan salir de la crisis actual. Simple, casi de sentido común, pero profundamente novedoso si consideramos que el clivaje grieta-antigrieta signó la práctica política de los últimos tiempos.

Gane quien gane la próxima presidencial, nadie va a tener mayoría legislativa propia. Por eso es necesario salir del infantilismo absurdo y animarnos a proponer una nueva manera de entender la política y el ejercicio de gobierno. Queremos trabajar la idea del consenso como vector que nos permita construir las fortalezas que hoy no existen, para así poder acometer definitivamente la tarea de poner de pie a la Argentina. Ya lo hemos hecho en oportunidades anteriores, y podemos volver a hacerlo.

La autora es dirigente lavagnista.