Roberto Lavagna y Sergio Massa
Roberto Lavagna y Sergio Massa

A menos de cien días para la primera cita de la contienda electoral nacional —las PASO—, una nueva oleada de encuestas no solo está dando cuentas de la difícil campaña que tendrán por delante los espacios más convocantes, sino que también estaría echando por tierra el escenario de la división tripartita del electorado que parecía ya instalado como un dato ineludible de la campaña presidencial.

En este contexto, el peronismo no kirchnerista enfrenta serios dilemas que necesita resolver con rapidez si aspira a conservar las chances de convertirse en una alternativa de gobierno alejada de los polos de la polarización que, una vez más, se plantea con fuerza en la liza electoral.

Caudillos provinciales sin liderazgos nacionales

El peronismo ha venido cosechando, en lo que va de este largo año electoral, importantes triunfos ante Cambiemos en las elecciones provinciales. Sin embargo, a casi tres meses de las primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO), aún no ha emergido un liderazgo nacional capaz de condensar a las dispersas fuerzas provinciales en torno a una potencial candidatura competitiva.

Uno de los desafíos más evidentes del federalismo en nuestro país es sin duda aquel que comprende el salto entre gobernar una provincia y gobernar un país. Argentina ha logrado invertir el clásico refrán de "nadie es profeta en su tierra" atando a sus caudillos provinciales a ser, casi exclusivamente, profetas en sus tierras. Tal es así que entre los diversos mitos que alimentan nuestra historia electoral está aquel que reza que ningún gobernador de la provincia de Buenos Aires ha sido presidente de la nación. Nuevamente el refrán invertido: solo profeta en su tierra.

Lejos de ligar el análisis político a supersticiones o a meras coincidencias históricas, es un hecho que, para los gobernadores peronistas, en el contexto electoral actual, cruzar los límites provinciales representa un desafío complejo. Lo es incluso para los candidatos más influyentes a nivel provincial, quienes, a pesar de los esfuerzos y las inversiones constantes, no logran instalarse ni en la provincia de Buenos Aires ni en la Capital, lo que, en términos demográficos, significa no poder entrar en el territorio que concentra a 5 de cada 10 electores nacionales.

La estrategia de desdoblar las elecciones locales respecto a la contienda nacional ha dado sus frutos. En términos generales los candidatos locales han podido desacoplar los temas de campaña nacionales respecto a los provinciales, priorizando así la gestión y la política local, y eludiendo de alguna forma el complejo escenario económico y social que se debate en la elección nacional.

No es casual entonces que el balance para Cambiemos de las siete elecciones provinciales que tuvieron lugar en estos primeros cinco meses del año haya sido rotundamente negativo: ningún candidato propio se posicionó como posible gobernador.

Por el contrario, desde la óptica del peronismo el balance ha sido muy positivo. Hay dos provincias en donde el triunfo en las elecciones generales está virtualmente asegurado. Gobernadores como Gustavo Bordet —Entre Ríos— o Sergio Uñac —San Juan— se encaminan a la reelección. Omar Perotti —Santa Fe— cosechó un triunfo contundente frente a su rival interna, María Eugenia Bielsa, en una elección en la que el espacio del PJ resultó el más votado. Cabe esperar la elección de Córdoba, donde otro peronista, el gobernador Juan Schiaretti, se sumaría al podio de los peronistas ganadores con un amplio triunfo.

A ellos se agrega Juan Manuel Urtubey —gobernador de Salta—, cuya imposibilidad de renovar su mandato al frente del Ejecutivo salteño reduce aún más las chances de exponerse a nivel nacional como un ganador.

Así las cosas, pese a los contundentes triunfos en las provincias, el espacio no ha sido capaz de instalar una figura a nivel nacional.

Un escenario de tres tercios que cede ante la polarización

Desde hace un tiempo a esta parte el escenario electoral argentino se había fraccionado en tres tercios más o menos iguales en términos de intención de voto. Por entonces, la mayoría de analistas políticos parecía coincidir en que la sociedad estaba dividida —electoralmente hablando— en tres tercios más o menos parejos. Así, los votantes duros y blandos del kirchnerismo y del macrismo conformaban dos bloques de aproximadamente 30% cada uno, y el tercer tercio se caracterizaba por una masa heterogénea de argentinos que, si bien no tenía claro a quién votar, lo que sí sabían —y aún lo hacen— es que rechazaban a ambos dirigentes. En ese espacio emergía la posibilidad de que Sergio Massa, Roberto Lavagna o Urtubey, entre otros peronistas no kirchneristas, se convirtieran en una alternativa de poder.

Sin embargo, en los últimos meses la polarización revitalizó la contienda electoral, complicando las perspectivas del peronismo no kirchnerista. Si bien la imagen presidencial continúa horadándose al calor de la crisis económica, Cambiemos mantiene en términos generales su caudal electoral. La potencial candidatura de la ex mandataria Cristina Fernández de Kirchner experimenta un crecimiento moderado, aunque nada despreciable frente a la inminente señal de largada del proceso electoral. Un crecimiento que se da fundamentalmente a expensas de un atomizado espacio peronista que no logra cristalizarse en una candidatura competitiva que goce de amplios consensos, y cuyo electorado comienza a ser captado por las estrategias polarizadoras.

La frágil situación económica que atraviesa el país ha sido —y todo indica que seguirá siendo— el gran aliado para que el kirchnerismo, como oposición a Cambiemos, se beneficie electoralmente. Si bien en ese contexto el principal perjudicado es Cambiemos, el espacio que más perdió en términos de intención de votos fue el peronismo no kirchnerista.

En este escenario, la pérdida de fuerza del peronismo no kirchnerista no se debe solo a causa de un deterioro de la situación económica que pareciera incrementar las chances electorales de la ex mandataria, sino por su incapacidad para construir un liderazgo a nivel nacional, es decir, un candidato competitivo. Las contiendas electorales son, básicamente, procesos por los cuales un candidato se convierte en presidente. En este sentido, y mirando hacia adentro del peronismo, el electorado no puede identificarse con ningún candidato, porque estrictamente no lo hay.

Oposición, ¿qué oposición?

La convocatoria al diálogo con la oposición peronista para garantizar la estabilidad del país de cara al 10 de diciembre, lanzada por el gobierno en las últimas horas, desnudó con particular crudeza las contradicciones internas que atraviesan al espacio de peronismo no kirchnerista.

Por un lado, Urtubey y el senador Miguel Ángel Pichetto se mostraron rápidamente a favor de la iniciativa oficialista, defendiéndola incluso en los medios de comunicación, una reacción que desde el kirchnerismo fue caracterizada como "genuflexa", y que motivó que desde sectores de la propia coalición oficialista se especulara incluso con que el "consenso" se trasladara al plano electoral.

Por el contrario, Roberto Lavagna —que trabaja por estas horas en una opción que incluya también a sectores del centroizquierda— habló de "especulación política", mientras que el ahora indeciso Sergio Massa pidió incluir en el diálogo al kirchnerismo.

Las disímiles respuestas de los autoproclamados precandidatos presidenciales del peronismo dan cuenta de un dilema que el espacio no ha podido superar, y que tiene que ver con su rol en cuanto oposición al Gobierno de Cambiemos.

El posicionamiento originario del espacio en tanto oposición racional y responsable que le permitió diferenciarse del kirchnerismo acabó por convertirse en un impedimento para diferenciarse políticamente de un gobierno que ha perdido legitimidad en la opinión pública.

Un peronismo que hable al oído

Los peronistas de la provincia de Buenos Aires tienen una ventaja comparativa en relación con sus adversarios internos. Estar cerca de la mayor masa de electores y de los principales medios de comunicación ofrece a priori mejores condiciones para posicionarse delante de los demás competidores internos en la contienda presidencial.

Sergio Massa y Roberto Lavagna están pujando por seducir a dos electorados distintos. Los dos tienen en común el hecho de estar parados en ese tercio que hoy se redujo a cerca del 20% de los votos, y que representa un electorado que no se identifica necesariamente con el kirchnerismo ni con Cambiemos. Sin embargo, mientras uno intenta persuadir a los electores blandos de Unidad Ciudadana, es decir, aquellos que, si bien dicen que votarían por Cristina, podrían votar por otro candidato; el otro hace lo propio por los votantes blandos de Cambiemos, es decir, aquellos que, si bien votaron y votarían por Mauricio Macri, no están del todo convencidos de ello y podrían votar por otro candidato.

El primer caso es el de Massa, quien, a pesar de ser un ferviente opositor al kirchnerismo en 2013, ha ido progresivamente endureciendo su postura opositora, acercándose a los votantes del kirchnerismo. Una postura que, ante una eventual candidatura de Cristina, podría enfrentarlo al dilema de acordar con el kirchnerismo.

El segundo caso es el de Lavagna, quien, a pesar de haber sido ministro de Economía de Néstor Kirchner, logró escindir su figura respecto al ex mandatario, conservando una imagen positiva asociada al manejo eficiente de la economía en momentos de crisis, que hasta el momento parece seducir más a sectores ajenos al justicialismo que a los propios votantes peronistas.

Así las cosas, son muchos los dilemas que enfrenta el peronismo a solo tres meses de la primera cita del calendario electoral presidencial. Si hay algo que queda claro en este escenario, es que no es posible aspirar a ganar una contienda electoral sin construir una imagen y un posicionamiento competitivo como candidato, como tampoco si la agenda de la campaña está escindida de la del electorado.