La elección interna en Uruguay se va aproximando y, curiosamente, poca gente de la que encuentro en la calle o aun en actos partidarios se refiere al significado de Batllistas como movimiento representativo de valores cívicos fundamentales. Se personaliza la decisión, aludiendo a la persona de los candidatos, cuando, en rigor, que es lo que me importa sobremanera, tiene otros significados mucho más relevantes.

Para empezar, digamos que Batllistas salió al escenario en el peor momento del clima de opinión para el Partido Colorado uruguayo, cuando las encuestas que hoy nos atribuyen entre 15% y 16% no pasaban de 3 o 4 por ciento. En una palabra, iniciamos el proceso de recuperación partidaria. Luego, felizmente, se fue consolidando con el aporte de las demás corrientes, pero nos importa recordar, como valor moral, haber dado el inicio a ese resurgimiento.

Batllistas se definió como tal desde el primer día, porque representamos el núcleo fundacional de esa expresión, tanto en lo ideológico como en lo emocional. Somos orgullosamente batllistas y lo gritamos a los cuatro vientos, de modo muy particular, enfrentando a sectores que en el Frente Amplio usurparon esa definición, adolecen hoy de una pérdida total de sustancia y navegan en medio de las mayores contradicciones, con el socialismo proponiendo más impuestos, mientras nuestro colega José Mujica afirma que hay que agregarle cinco años a la edad de jubilación y la ingeniera Carolina Cosse no sabe si Nicolás Maduro es dictador y Venezuela una democracia… Batllistas es, entonces, una emoción, la de recordar lo que fueron Batlle, Brum y Arena en la forja del Uruguay moderno, o Luis Batlle y Tomás Berreta en la impronta popular de su política, o —en los últimos años— figuras tan señeras como Jorge Batlle, Enrique Tarigo, Hugo Batalla, Adela Reta o Alejandro Atchugarry, que fueron la vanguardia en la oposición al terrorismo guerrillero, así como al militarismo desbordado y, más tarde, actores relevantes del retorno democrático.

Esos nombres convocan a la emoción, pero representan también las ideas que mantenemos vivas: la libertad política sin desmayo ni claudicaciones. Ningún movimiento político tuvo la coherencia del Batllismo a la hora de defender la democracia y, una vez más hay que repetirlo, para recordar que el Frente Amplio se sumó al golpe de Estado, el 9 de febrero de 1973, cuando la irrupción militar parecía reservarles un lugar en un gobierno "cívico y militar, popular y nacional".

Si en lo social el Batllismo es la historia misma del país, desde el principio del siglo XX, nuestras escuelas de tiempo completo, nuestras pre-escolares, nuestros centros de CAIF, han sido su continuidad incuestionable. Como lo ha sido, también, la transformación salvadora del régimen de seguridad social, con un sistema mixto de reparto y ahorro individual, que en su momento evitó una quiebra y hoy tiene que de nuevo ser rescatado luego de que el Frente Amplio lo desquició y desfinanció, como hasta oficialmente lo admite.

¿Cuáles son las políticas sociales del Frente Amplio? Las opuestas a las del Batllismo, que siempre procuró igualar hacia arriba, con educación y salud, mientras ellos solo han igualado hacia abajo, congelando la pobreza. Los programas del Ministerio de Desarrollo Social, con 250 millones de dólares, son el paradigma de esa tendencia fracasada, que exhibe diariamente sus llagas en las calles de la capital, plagadas de gente viviendo en las aceras. Mientras tanto, la Administración de los Servicios de Salud del Estado (ASSE) no le va en zaga, con un presupuesto multimillonario y un desarreglo administrativo que no tiene precedentes.

El partido feminista ha sido el Batllismo, desde la ley de licencia maternal del 1906, el divorcio por sola voluntad de la mujer y la ley de igualdad de los derechos civiles de 1946. En nuestros gobiernos se fundó la primera comisaría especializada en protección de la mujer, se creó el delito de violencia doméstica y hasta se abrieron las escuelas militares a los dos sexos. En una palabra, se ampliaron derechos y libertades, sin rechazos ni rencores ideológicos como los que hoy dogmatizan y deforman esa noble causa.

El Batllismo es, además, universalista en su concepción liberal, republicana y democrática. Defiende el Estado de derecho en lo interno como el derecho internacional en el mundo. Ha sido un bastión contra el avance fascista, nazista y comunista, las tendencias totalitarias que a lo largo del siglo pasado asolaron al mundo y desafiaron a la democracia. Por eso hoy estamos contra la dictadura venezolana, mientras el Frente Amplio la defiende, negándose a reconocer el desastre humanitario a que ha llegado ese país hermano.

El Batllismo es responsabilidad en la conducción del Estado. Desde sus tiempos fundacionales hasta la crisis de 2002, que nos costó una sangría política pero que salvó el crédito del país y le permitió disfrutar con comodidad de la bonanza de precios internacionales que, desde el 2003 hasta el 2012, le ofrecieron al país excedentes financieros nunca vistos, infortunadamente despilfarrados por la administración frentista.

No se agotan en estas líneas lo que significa el sentimiento y la ideología batllista. Valgan ellas, sin embargo, como definición de nuestro ánimo de lucha para estos dos meses que nos separan de la elección interna y, mucho más relevante aún, de lo que será el trayecto hasta un noviembre que seguramente pondrá fin a la hegemonía frentista y abrirá un tiempo de modernización económica, progreso social y, por encima de todo, superación cultural.