El 26 de agosto de 2016, en la localidad bonaerense de Loma Hermosa, partido de San Martín, el médico Lino Villar Cataldo salía de su consultorio cuando fue sorprendido por un ladrón que intentó robarle su auto.

En medio del crimen y tras ser golpeado, atropellado y apuntado con un pistolón, el cirujano tomó un arma de un macetero de su casa y mató al asaltante.

Pocos casos han demostrado más fielmente lo que venimos analizando desde Usina de Justicia desde hace un tiempo, esto es el divorcio entre la realidad cotidiana y parte de nuestro Poder Judicial —mayoritaria lamentablemente—, es decir, el garanto-abolicionismo inspirado en el ex juez supremo Eugenio Zaffaroni.

Para este grupo la ley penal es mala, la cárcel, un instrumento de tortura —en ello a veces coincidimos, problema debido a la desidia gubernamental de todo signo político— y, por ello, el delincuente, una víctima de la sociedad injusta que no debe ser penado sino que siempre debe estar libre.

Esta teoría encuentra una gran excepción: cuando, como en el caso del doctor Cataldo, el imputado no es un marginal que vive del crimen, sino que se encuentra imputado por defenderse de un criminal de carrera que pretendía despojarlo de sus pertenencias y de su vida misma. Allí sí el juez y fiscal garanto-abolicionista se convierten en máximos punitivistas.

Este es un proceso que nunca debería haber llegado a juicio. Un evidente caso de legítima defensa. Alguien que ve amenazada su vida por un criminal armado y repele la agresión ilegítima e improvocada que sufría por el medio idóneo. Es todo lo que requiere la ley para exculparlo.

En la víspera comenzó el juicio en contra del médico, una arbitrariedad judicial manifiesta que seguramente sea remediada por el jurado popular a cargo del veredicto, jury que no sabe de teorías copiadas importadas por Zaffaroni ni de prejuzgamiento de escritorio, jurados ciudadanos comunes que todos los días luchan contra el flagelo de la inseguridad y que, en consecuencia y con certeza, se reconocerán en la piel del ciudadano de bien atacado y no en la del delincuente muerto.