La apertura de la Feria del Libro, que es toda una fiesta, un día después del Día del Libro (23 de abril) permite trazar un balance sobre una industria que tiene aristas propias y balances muy diferentes, según las fuentes de información. La única ley que se está cumpliendo es que pierden las empresas más pequeñas, se mantienen a flote las más grandes, perdiendo rentabilidad.

Se expande la forma de leer a través de Internet, sin necesidad de recurrir al papel. Tienen bastante auge y audiencia los libros mal llamados "infantiles", porque son para todas las etapas de los primeros años de la vida hasta la adolescencia. Y uno de los éxitos más grandes se los llevan los trabajos de los "youtubers", ídolos de la juventud (hacen largas colas en donde se presentan para escucharlos).

Si nos guiamos por los sondeos sobre el estado de la industria en general, se observa un freno insistente en los últimos años, que obligó al cierre de numerosas imprentas. Se habló entonces de un desequilibrio de costos. La Cámara Argentina del Libro fija la caída en las ventas, desde el 2015 en un 50 por ciento.

El alza de los insumos obligó a las editoriales a acomodarse a los presupuestos que no dañaran su estabilidad contable, en muchos casos, a tentar impresiones fuera del país o, en varias oportunidades directamente a importarlos del exterior. Cuanto más se cierra el circuito y todo se resuelve dentro de la Argentina se genera más empleo en un área que desde hace mucho tiempo tambalea.

Los valores de los ejemplares varían en diferentes regiones del planeta. En general, en el hemisferio norte un libro cuesta entre 10 y 20 dólares. En la Argentina disminuye a 12 o 13 dólares. Queda claro que los argentinos tenemos ingresos en pesos, no en dólares y no es una pequeña diferencia.

Además se conocen muchas voces, con opiniones muy disímiles para describir el sector. No hay datos fidedignos, lo suficientemente precisos como definir la realidad de la industria. La Cámara del Libro asegura que en 2010 se elaboraban 100 millones de ejemplares. En 2015 el total fue de 83 millones y en 2018 de 43 millones. Pero que todos venden menos no significa que se pueda generalizar diciendo, por ejemplo, que se lee menos.

Todo depende del indicador que se toma. Un observador que viaja en subterráneo o en colectivo dirá que lectores argentinos casi no existen, aunque todos los celulares están prendidos y cada uno escribe a sus interlocutores siempre y cuando no utilice el teléfono. A diferencia de los Estados Unidos y de Europa, donde la escala de lectores es mucho más amplia y heterogénea. Un bestseller en la Argentina indica la efectiva colocación de 6.000 a 10.000 ejemplares. En Estados Unidos para considerarse semi-premiado un libro debe vender 1 millón de ejemplares. Son mercados totalmente diferentes.

Se escucha que en la Argentina los libros que triunfan en las librerías son los de amor, los de autoayuda, los científicos y aquellos sobre los vericuetos de la mente y los místicos. Sin embargo no se descarta la salida en los puntos de venta de los libros serios de divulgación científica o los de investigaciones periodísticas. Estos últimos tuvieron público más allá de las idas y venidas de la situación económica del país. Pesó la curiosidad política o el seguimiento de las notas publicadas por los autores.

Es cierto que se conocen menos novedades. Algunos consultados indican que se lanzaban más títulos de los que el mercado podía digerir. Ha cesado la "catarata" de libros. Los libros en papel tienen competidores y el viejo sistema de "fotocopias" siguen produciendo daño económico a los editores. Lo mismo que el e-book, pero en menor proporción.

Desde la década del treinta hasta los años sesenta la industria editorial argentina fue un faro de cultura a nivel del nuevo continente y de parte de Europa. Los sesenta fueron pródigos en otras áreas de la creación también. Paralelamente daba sorpresas agradables la industria editorial mexicana Fueron exiliados españoles, corridos por la guerra civil, los que elevaron la calidad de los catálogos. Quizás por eso es un homenaje a aquel pasado que sea invitada a la Feria del Libro la Ciudad de Barcelona, sede de importantes editoriales.