Al igual que sucede en Estados Unidos y en muchos países de Europa, América Latina de un momento a otro, casi sin darse cuenta, ingresó en un draconiano proceso de crisis política que dista en demasía con las situaciones de inestabilidad del siglo pasado. Hoy día, salvo excepciones condenadas por la mayoría del sistema político, la región dejó atrás golpes de Estado. Sin embargo, sufre cambios temerarios que no hay que subestimar. Dotar de legitimidad democrática a sectores extremistas puede transformarse en un túnel sin salida.

El último caso conocido por todos se dio en Brasil con el triunfo de Jair Bolsonaro, pero para entender ese y tantos otros resultados, que hace algunos años hubieran sido inesperados, hay que retroceder en el tiempo. El reconocido politólogo italiano Giovanni Sartori decía: "El único modo de resolver los problemas es conociéndolos". Nuestro sistema político debe tomar nota de cuáles son esos problemas, realizar un diagnóstico adecuado y sacar a las democracias de la terapia intensiva.

Si uno mirara desde un lugar donde no estuviera condicionado por ninguna opinión preexistente, rápidamente se preguntaría: ¿Cómo llegamos a esto? A modo de síntesis comprensiva no hay que mirar al votante, que es quien hoy en día elige a los extremos, como el culpable. El voto no se define por un único componente, aunque, en general, prevalezca la cuestión emocional. Una persona a la hora de elegir atraviesa diferentes procesos que la llevan a tomar la decisión definitiva. Por eso, las causas hay que buscarlas en el sistema político y no en los ciudadanos, que, sea por la razón que sea, son víctimas de quienes conducen dicho sistema.

La respuesta sencilla, y sin un análisis profundo de estas primeras líneas, podría ser que los espacios de extremos son claros y no dejan lugar a la duda a la hora de presentar sus plataformas políticas. Es cierto, pero eso sería observar una foto de la problemática y no la película completa. El malestar del ciudadano con el sistema político es previo al momento de la votación. La decisión que toma en los comicios es la consecuencia de un hartazgo de años.

Basta con desmenuzar lo que sucedió en Brasil. Tras ocho años de gobierno de Lula da Silva y una mejora destacable en los índices socioeconómicos, el país más importante de Sudamérica ingresó en un período de inestabilidad política que culminó hace algunos meses con la elección del ya mencionado Jair Bolsonaro. Entre la salida de Lula en 2011 y la elección del año pasado hubo múltiples denuncias de corrupción que terminaron con el Gobierno de Dilma Rousseff y la asunción de un también cuestionado Michel Temer.

El ciudadano brasileño no encontró respuestas a sus problemas cotidianos en ninguno de los partidos tradicionales que históricamente forman la política de su país. La consecuencia de esto fue volcarse en un candidato que se paró bien a un extremo del espectro ideológico y supo entusiasmar al votante desencantado con el sistema. Las causas pueden variar de acuerdo con la coyuntura de cada país, pero los resultados finales son similares.

Otro componente a tener en cuenta es la polarización. Nuestro sistema político regional en los últimos años eligió como una forma de construcción política a este concepto, que no hace otra que dañar a la democracia. La Argentina, al igual que muchos países de la región, hoy todavía convive con la lógica pueblo-élite o el nosotros-ellos que pregona Ernesto Laclau. Esto puede tener un beneficio electoral, pero a largo plazo divide, enfrenta y opone a los diferentes actores, que deberían —aun con sus diferencias— trabajar en conjunto por y para el bien común. En escenarios polarizados donde apenas existen dos opciones válidas opuestas y no hay lugar para espacios de centro, frente al descontento con ellas, solo pueden surgir nuevas fuerzas que se paren en los extremos de las opciones que ya existen. Irrumpen con un discurso impío y de alto impacto como la solución a todos nuestros problemas.

Quien se ocupó principalmente de instalar en América Latina el concepto de la polarización fue el populismo (Chávez y Kirchner, entre otros) al que fue sometida la región en los últimos 20 años. Penetró de manera perspicaz, inteligente, con un relato idílico que tomaron muchos, luego de una tormentosa década de los 90. El fracaso de un modelo determinado, sea cual sea, dispara inexorablemente consecuencias de todo tipo. Puntualizando en las políticas, cabe resaltar que el populismo de los 2000 en adelante no hubiera existido con un consenso de Washington exitoso. La misma lógica se aplica para la política de los extremos ante el colapso los líderes paternalistas y mesiánicos.

Nuestro sistema democrático debe volver a construir de una manera plural, con un horizonte acordado entre las distintas fuerzas políticas, fronteras para dentro de un país como en política exterior. La región convive con instancias diplomáticas en demasía donde se podrían converger propuestas e intereses para abordar las problemáticas de manera democrática, respetando a las instituciones y teniendo al ciudadano como eje principal.

Una figura que está muy debilitada frente a la opinión pública y su recuperación forma parte de este gran reto es el Parlamento. Desde allí se dan los debates más plurales de una sociedad. Y, además, es el poder del Estado desde donde cualquier espacio del sistema político puede aportar soluciones. Quienes tienen la responsabilidad de legislar conviven con la necesidad de alcanzar acuerdos y consensos. Precisamente, lo que hoy en día se necesita para recuperar el centro político.

El desafío es dejar atrás la mezquindad, la vocación de poder y ofrecer alternativas reales y acordes a este siglo, para que quienes acuden a las urnas vuelvan a confiar en opciones con programas claros y no en personajes que apenas se aprovechan del descontento generalizado.

El autor es licenciado en Comunicación y consultor político. Este artículo obtuvo el primer premio en el concurso de artículos breves "¿Por qué votan a los extremos? ¿Cómo fortalecer el centro político?", organizado por Diálogo Político en 2019.