(@CubaMINED)
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La educación en Cuba es muy inclusiva, pero siempre y en cuando no tengas pensamiento crítico, porque en tal caso te echan. Eso fue lo que aprendieron Dalila Rodríguez y Karla Pérez cuando empezaron a pensar por fuera del adoctrinamiento castrista. Una como docente y la otra como alumna, fueron expulsadas del sistema educativo por cometer un crimen que un totalitarismo nunca puede permitir: pensar distinto.

Karla Pérez ahora vive en Costa Rica, extraña a su hermana, sus padres y sus amigos. Es de entender, solo tenía 19 años cuando tuvo que abandonar Cuba tras ser echada de la Universidad Central Marta Abreu de Las Villas (y también de todo el sistema universitario), por simplemente militar en el movimiento opositor Somos+. Empezar de cero en otro país era su única oportunidad para continuar con su pasión, que es el periodismo.

Aún recuerda cómo fue que la expulsaron. A Karla la sacaron del aula y le hicieron un interrogatorio de tres horas donde le daban dos opciones: colaborar o ser una criminal. Poco importaba la defensa que Karla pudiera dar, porque el resultado del juicio sumario ya estaba definido desde hacía mucho tiempo. Ella era una contrarrevolucionaria, ella era el enemigo.

La filología es la ciencia que se dedica al estudio de los textos escritos, y de la cultura en que se dieron, para lograr captar su sentido original. No es una disciplina sencilla, los alumnos deben aprender profundos conocimientos de lengua, historia, psicología y arte. Quien los enseñaba en la misma universidad a la que asistía Karla era Dalila Rodríguez.

El caso de Dalila va más allá, porque no la expulsaron por ser una militante activa de la oposición, sino que solo bastó con ser amiga del activista Mario Félix Lleonart e hija del defensor de los derechos religiosos en Cuba, Leonardo Rodríguez Alonso. Las palabras que usó el régimen para justificar su despido es que tenía actitudes que se apartaban de "lo social y lo ético". Parece chiste, pero no lo es. Dalila ya no puede dar clases en ningún lugar de la isla.

Se hace muy común escuchar que se justifique este estilo de acciones del gobierno cubano bajo la consigna de "pero Cuba es muy país muy especial". Y realmente que lo es, porque un país que decomisa la entrada de libros que promuevan el respeto por la libertad y los derechos humanos no tiene nada de ordinario. Temen que en la sociedad haya una libre circulación de ideas, por eso en su vuelta a Cuba el pasado 6 de abril al historiador y activista político cubano Manuel Cuesta Morúa le retuvieron todo tipo de libros que no se acomodaban al relato castrista.

La excusa esta vez fue que se trataba de publicaciones "contrarias al orden, a la seguridad nacional y a las costumbres o moral socialista". Entre los libros se encontraba Patricio Aylwin Azócar Funerales de Estado (2017), una obra que testimonia el funeral del primer presidente chileno tras el regreso de la democracia, en 1990. Ni eso escapa a las rígidas manos de la censura cubana.

Vale la pena preguntarse entonces si realmente la educación en Cuba es buena, cuando ni siquiera permiten que tanto los alumnos como los profesores piensen por sí mismos. Adoctrinar no es educar.

El autor es asistente de investigación en CADAL.