Niños que hablan solos mientras juegan frente al televisor, adolescentes que caminan con los auriculares puestos, chiquitos de pocos años que se alimentan mirando una pantalla y, en todas las edades, el celular presente día y noche.

Están aisladamente conectados, con muchos vínculos en las redes, pero con grandes dificultades para interactuar con alguien.

¿Debería conmover el corazón de los adultos? La filosofía y las neurociencias nos dicen que debemos prestar atención en varios aspectos.

Por un lado, la información que se recibe de manera constante es excesiva, deja de ser útil; la memoria se vuelve innecesaria y sustituida por internet.

La adicción reemplaza al espíritu crítico y se asume que todo lo que aparece en el mundo digital es lo que se debe hacer. De este modo, cada uno se plantea objetivos de manera incesante, pero, como no alcanza el tiempo o el dinero, surge la culpa por no poder alcanzarlos. Es la explotación de sí mismo, la sociedad del cansancio por el agotamiento del yo.

Hay conciencia de que hace daño comer todo el día sin parar, pero no se presta atención al hecho de que se alimenta el cerebro día y noche sin darle descanso. Ello produce una narrativa autónoma de la mente que no se detiene: se almuerza pensando en otra cosa, se mira sin ver, se duerme sin descansar. Las ideas van de tema en tema, como un gorrión que salta de rama en rama, sin control, aun cuando exista otra persona enfrente que quiera decir algo. El análisis reflexivo de la realidad es reemplazado por el eco de sí mismo.

Por otro lado, está el tema de la privacidad, porque todo está registrado en algún lugar de internet. Las fotos, los videos, los datos personales, las páginas web que se visitan, las películas que se miran, los grupos en las redes, el dinero que se gasta y en qué se consume. Todo eso puede generar problemas en el futuro.

Una persona podría ser rechazada en un trabajo a partir de su historial personal en la web o pagar un seguro más caro porque, según su código genético o su historia clínica, que están en la web, saben que tuvo o tendrá alguna enfermedad.

En su vida adulta podría ser criticado por una foto suya, posteada en su adolescencia cuando cometió excesos y se emborrachó, o por alguna opinión a la ligera publicada en redes cuando era joven y no tenía conciencia de lo determinante de su reputación en la web.

Si miró algunas películas o navegó algún sitio web, le llegará información similar porque un algoritmo detectará sus gustos e inclinaciones. Podrán conocer toda su vida económica y sus gustos en el consumo porque todos sus datos estarán disponibles en un simple clic.

Cuando camine por las ciudades, estará completamente filmado, y se sabrá qué hizo, a quién visitó y sus gustos en turismo. Será un habitante de la transparencia, porque todo se sabrá, y aumentará el sentimiento de estar permanentemente vigilado, así como la sensación de que no hay espacio interior.

Pasará de ser un ciudadano que elige a sus representantes a ser un sujeto que es elegido para ser orientado a votar o pensar de determinada manera.

En el siglo XX había pensadores como Orwell y Huxley que advirtieron sobre una sociedad controlada. Hoy leemos a filósofos como Byung Chul Han que dicen que nosotros damos nuestros datos para que nos controlen y nos generen una ansiedad permanente. Niños que son proyectos, adultos en perpetuo rendimiento y una sociedad cansada.

Es posible que alguien ignore estos temas porque le parecen abstractos, pero hay que leer a los filósofos porque suelen anticiparse a lo que ocurre. Gran parte de lo que señalan está ocurriendo, y el debate ya tiene entidad económica y social.

No cabe duda de que la revolución tecnológica ha permitido generar grandes avances en el mundo y su contribución al desarrollo de la sociedad ha sido fundamental, pero debería pensarse en una legislación y políticas públicas consensuadas, porque estamos en presencia de un riesgo masivo, sobre todo para los niños y para el futuro del país.