John Maynard Keynes decía que en el largo plazo estaremos todos muertos. De este modo pretendía controvertir algunas concepciones de los economistas clásicos, que miraban hacia el futuro desde grandes líneas que, con el correr del tiempo, generarían positivos resultados de modo más o menos espontáneo.

A la máxima keynesiana normalmente se afiliaría la mayoría de los ciudadanos, que mira su situación de hoy y no está dispuesto a esperar resultados que pueden verlos sus hijos y no él. El deber del gobernante es administrar este sentimiento, convencer de que solo el largo plazo permite que reformas estructurales arrojen frutos pero, al mismo tiempo, nunca desprenderse de la coyuntura, porque ésta puede ponerse en contradicción con lo que estamos soñando para adelante.

Pese a lo que habitualmente se dice para maldecir de la política y de los políticos, en los tiempos recientes nuestro país ha hecho notables experiencias de largo plazo como fueron la ley de forestación y la ley de zonas francas de nuestra primera Presidencia. La forestación tuvo opositores folclóricos, como los diputados canarios que sostenían que los eucaliptos iban a destruir la fruticultura por la expansión de las cotorras. Cundía el escepticismo por la demora que tendrían los árboles en crecer, pero así se elevaron y un día se llegó a la etapa industrial. Hoy es común decir que es "una política de Estado", pero no lo fue, al punto que el Frente Amplio votó en contra el tratado de garantía recíproca de inversiones con Finlandia, que hacía posible la primera planta de celulosa. Cuando el Frente Amplio llegó al gobierno en Uruguay, el Dr. Vázquez tuvo el mérito —que le reconozco— de cambiar la posición de su colectividad, sumarse a la ley batllista y llegar hasta otorgarle a los finlandeses ventajas tan enormes que aún siguen siendo en parte desconocidas.

Esa mirada a largo plazo es la que tenemos que retomar en Uruguay, para encarar esas reformas que son urgentes porque demorar en su cambio nos llevarán a mediano plazo al desastre.

El ejemplo mayor es la seguridad social. El gobierno dice todos los días que hay que reequilibrar el sistema, que está desfinanciado y que el próximo gobierno deberá hacerlo. Lo que intentan ocultar es que lo desfinanciaron ellos con una mala ley de 2008 y una peor aplicación de ella. No hay opción, debe encararse y el próximo gobierno lo hará, seguramente con polémicas, porque quienes crearon la enfermedad ya nos imaginamos que cuestionarán los remedios, no siempre agradables. Es una reforma urgente, entonces, pero cuyos resultados se verán a mediano plazo.

Algo parecido ocurre con la educación, que hay que darla vuelta, comenzando por la formación de los docentes, la recuperación de la comunidad educativa, el fortalecimiento de las autoridades intermedias y el cambio a fondo de programas y métodos. Hay que empezar cuanto antes, pero sabiendo que los resultados solo se verán a partir del gobierno que vendrá.

El desafío es administrar las expectativas. La ciudadanía quiere cambios ya y así debe ser, pero los resultados requerirán su tiempo. No obstante ello, el mero clima de cambio, la recuperación del optimismo creativo, la sensación real de que se está construyendo un mejor futuro, serán un aliciente fundamental.

Si se produce la deseada alternancia, no podemos caer en la trampa optimista de Macri, quien imaginó resultados inmediatos por su sola presencia. Pero tampoco renunciar a comenzar esas reformas que a mediano plazo cambiarán la vida. Saber hacia dónde se marcha es fundamental en todos los órdenes de la vida. Y eso es lo que tenemos que afirmar y difundir. Saber hacia dónde se va. Esta es la bisagra que articula el corto y el mediano plazo, el inicio transformador y la conciencia de que se arrancó hacia un destino algo lejano pero cierto y conocido