(Presidencia)
(Presidencia)

Cambiemos se halla sumergido en una crisis de imprevisibles consecuencias. Un sector del radicalismo que acompañó y formó parte central del triunfo de Mauricio Macri hoy se manifiesta enojado con la conducción nacional del frente. Córdoba es el ejemplo más dramático de las desavenencias, pero no es el único ejemplo. Problemas en la Ciudad de Buenos Aires, en La Pampa, en Mendoza, en Chubut ponen en evidencia la crisis. No solo en el radicalismo hay desagrado, cuadros políticos más sesgados al peronismo como Nicolás Massot o Emilio Monzó se corren o los corren de sus funciones. El amplio abanico que conformó la alianza se está transformando en un cenáculo, justo en vísperas de las elecciones. Neuquén es una muestra de la contradicción ínsita al interior de Cambiemos.

¿La orientación política del Presidente tiene más que ver con el Movimiento Popular Neuquino, abierto al capital extranjero y amigo del sindicalismo, y que ganó las elecciones, o con el radicalismo que salió tercero y es insulso a la hora de llegar a la gente? ¿Con quién debió aliarse el PRO en esa provincia, entonces? Le cuesta mucho a Mauricio Macri llevar adelante políticas pro mercado de la mano del pueblo. Acompañó los 90 pero está imposibilitado de repetir la experiencia. El radicalismo en este punto central del dilema argentino es una piedra al cuello de Cambiemos.

Por otro lado, ¿cuál es la identidad político-cultural del PRO? En vísperas de Gualeguaychú dudó ir con los radicales o con peronistas federales. No es lo mismo la limonada que la chicha. Otra muestra de la confusión en la cual se halla sumido Cambiemos es que la fundación radical que participa en el debate y armado de políticas públicas del Gobierno se llama Leandro Alem.

Los radicales modernosos simpatizan más con Alem que con Hipólito Yrigoyen. Es evidente, el nombre así lo indica. ¿Es aséptica e indolora esta decisión? Pienso que no. Alem expresaba, en los orígenes del radicalismo, la visión cosmopolita, pro porteña y vanguardista de un partido que con Yrigoyen aspiraba a representar a las masas populares. Categoría que hoy no luce. Por otro lado, la diferencia central entre uno y otro de estos caudillos fundacionales, y esto sí los radicales y el común de la gente debiera saberlo, es que las conspiraciones radicales de 1890 y 1893 tenían para Irigoyen y para Alem un destino diferente. Para el primero la sanción de una ley electoral y alcanzar el poder por la vía institucional. Para Alem, la toma del poder por un golpe de mano. Lo había aprendido de Bartolomé Mitre. El golpismo liso y llano. Igual, ¡no se mortifiquen radicales!, al peronismo le ocurre algo similar. Llamar Cámpora a una agrupación autotitulada peronista forma parte de la misma farsa. Hoy a estas mentiras se la llama posverdad. No es otra cosa que la eterna tergiversación de nuestra historia.

¿Es el PRO un partido nacional?

El PRO nació en la Ciudad de Buenos Aires con el claro objetivo de alcanzar el Gobierno de la Ciudad. Constituido en origen por cuadros políticos porteños, en muchos casos sin actividad política partidaria previa, provenían de distintos sectores políticos, justicialistas, radicales, liberales, progresistas, conservadores (una rareza en la cosmopolita ciudad puerto), independientes, frondizistas. Algo los unificaba, ciertas simpatías por las políticas noventistas. Claro… sin corrupción. Pero también sin pueblo.

Constituido por militantes nóveles, como dijimos, provenientes de un vasto abanico ideológico, lograron ponerse de acuerdo en algo: encolumnarse detrás de Macri para desalojar del poder al kirchnerismo, que había cooptado a Ibarra, un progre proveniente del Partido Comunista y del Frepaso.

Luego de Cromañón, a los dos años para ser más precisos, Macri llegó al poder de la Ciudad. Cuando tuvo la oportunidad de establecer la diferencia, esto es, recortarse de la progresía urbana, se achicó. El asunto pasó por un conflicto en Educación. El ministro Mariano Narodowski presentó su renuncia y fue nombrado en esa cartera el escritor Abel Posse. Naturalmente la izquierda dura y la progresía kirchnerista, más los gremios docentes cortados por la misma tijera, se pusieron en movimiento para exigir la renuncia del escritor peronista. Macri cedió. Posse se fue. Esa decisión lo puso en manos del radicalismo.

Ante el estrepitoso fracaso del Gobierno de Cristina, Macri se presentó como una posibilidad creíble. Claro, para vencer a Cristina no era justo hacerlo con un Albert Schweitzer. Con Macri alcanzaba. Estableció un acuerdo con los radicales y hoy vastos sectores de este partido coinciden con el kirchnerismo de que Macri gobierna para los ricos. Los liberales, los conservadores y los radicales apegados a formas económicas y culturales modernas deberían rever su alianza con el PRO.

El autor es profesor de Historia y licenciado en Gestión Educativa.