(Télam)
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La sanción de la ley n° 27449, conocida como ley Micaela, que obliga a la totalidad de funcionarios y empleados, sin distinción de grados o jerarquías, de los tres departamentos que integran la división del mosaico constitucional, no ha sido más que oportuna, en cuanto a entrada en vigencia, merced a que lo ha hecho en una fecha muy preciada tanto para los hombres como las mujeres como es el 8 de marzo, que se conmemora el trascendente Día Internacional de la Mujer.

Se ha observado de manera primorosa que dicha iniciativa ha sido receptada desde la vertiente docente; diversos organismos, tanto públicos como privados, están intentando darle una novedosa anatomía al flamante marco normativo.

Sin pretensión de exhaustividad, habida cuenta de que son diversos los proyectos en tal sentido, solo a modo de ejemplo, podemos destacar que, en uno de los riñones de la administración de Justicia, la Unión de Empleados Judiciales de la Nación ya ha delineado un interesante sendero por la cual el 6 de marzo del 2018, de manera más que inmediata con la conmemoración aludida, se ha de dictar un curso cuatrimestral denominado "Perspectiva de Género en la Justicia". El curso se ha desarrollar en la sede de la Corte Suprema de Justicia de la Nación y ha de contar con la colaboración desinteresada y valiosa de profesionales reconocidos no solo por el volumen de sus conocimientos o laudos académicos, sino por su marcado compromiso en aras de que abdique el "techo de cristal· que impide el progreso del sexo femenino.

Nos parece que el fiel cumplimiento a los alcances de la ley Micaela, en comunión con la celebración del Día Internacional de la Mujer, concurren hacia un saludable punto de convergencia, ya que toda faena que se efectúe, en aras de empavesar una adecuada política de género, nos nutre de una herramienta más para combatir las estructuras patriarcales.

La lucha contra el patriarcado debe ser lenta, sostenida en el tiempo y con una prolífica familia de interacciones, la cual debe desembocar en una verdadera política anidada desde el interior del Estado, con independencia del gobierno de turno, para que las generaciones futuras cosechen esa siembra. Estimar que, de la noche a la mañana, se puede conducir hacia el sarcófago al patriarcado no solo emula senderos que se bifurcan por su opacidad, sino que, además, se sostiene en una alternativa lógicamente falaz.

Destacamos una vez más que los cambios sociales y culturales se dan en procesos que demandan tiempos que nos trascienden. La naturaleza es más sabia de lo que se cree; poco a poco lo perdemos todo, perdemos a los familiares, a los amigos y, por nuestra propia esencia, estamos solo en tránsito por la vida terrena. Como decía Juan XXIII, el Papa bueno, del cielo venimos y al cielo regresamos, en la tierra solo estamos de paso. Por ello la inversión de hoy, con una visión de largo plazo, será una recompensa cuyos frutos recogerán nuestros hijos o nietos. El tiempo no lo podemos someter, pero sí está en nuestras manos perseverar unidos los objetivos del bien común para las generaciones venideras.

Sin concederle a la profundización académica las llaves a todos los problemas que genera la violencia sexista, estimamos que esta permite avizorar una luz al final del túnel. Es un compromiso, un desafío o una empresa común de todos —hombre y mujeres— encolumnarnos hacia la eliminación de cualquier forma de discriminación de la mujer y capacitarnos con perspectiva de género, a la vez que el 8 de marzo próximo no debe ser una conmemoración sectaria sino un puente que convoque a ambos sexos como una forma de unión que nos dirija sin equívocos hacia la fraternidad.

El autor es juez de Cámara por ante el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional n° 4. Doctor en Derecho Penal y Ciencias Penales, doctorando en Ciencia Política. Docente de grado y posgrado en la Universidad del Museo Social Argentino y la Universidad de Belgrano.