(Foto: Adrián Escandar)
(Foto: Adrián Escandar)

La mediocridad se ha instalado: es necesario gritar, insultar, denunciar, disfrazarse o escandalizar para llamar la atención y lograr la ansiada adhesión de los ciudadanos. Pero todo eso se evapora en minutos y es cuando nos damos cuenta de que todo sigue igual y es necesario pensar algunos problemas como el diseño de nuestras instituciones.

El futuro es esperanza, pero en Argentina suele repetir al pasado. Los procesos políticos nacen adultos con promesas institucionales, que van dejando de lado y evolucionando hacia la infancia. Los consensos iniciales se degradan paulatinamente en divisiones irreconciliables.

Los grandes temas como seguridad, educación, jubilados, exclusión social, cárceles o la infraestructura permanecen, se trasladan de año en año. El miedo nos paraliza, porque cada tanto hay una crisis derivada de esa falta de solución profunda. En los últimos cincuenta años hemos visto cómo las personas deben preocuparse más de los abruptos cambios de contexto que de sí mismos.

Debería ser distinto: conducir hacia el futuro sin mirar el espejo retrovisor y dejar de lado el miedo para sembrar esperanza, porque es la manera en que crecen las sociedades.

La filosofía nos presenta dos modelos, sobre los que venimos insistiendo en los últimos diez años.

El modelo "concentrado-descendiente" parte de que las decisiones fundamentales deben ser adoptadas por una autoridad y de ella descienden hacia los súbditos.

Considera que el mundo está poblado por sectores que luchan de modo irreductible y el acuerdo es considerado como una traición a las banderas que guían la batalla.

Ello produce una sociedad de opositores permanentes, y la solución del problema surge cuando una de las posiciones se impone a la otra. La tecnología actual ayuda a polarizar, porque todo nos lleva a relacionarnos con quienes piensan como nosotros y a ver lo que es similar a lo que ya vimos.

Pero la oposición no es simultánea sino sucesiva con lo cual se generan ciclos de cambios que hacen girar pendularmente las decisiones obstaculizando las políticas de Estado. El grupo que llega se legitima tomando distancia del que lo precedió y anunciando un nuevo periodo fundacional de la república.

La refundación constante genera un esquema de conducta procíclico que lleva a la reiteración de la crisis, porque todo lo que se hace de una manera, es destruido para volver a comenzar. Es como el mito de Sísifo que fue condenado a llevar una piedra hacia lo más alto de la montaña, y cuando llegaba, la piedra caía y todo volvía a comenzar.

En el modelo "descentralizado-ascendiente" las decisiones surgen de un acuerdo básico entre los ciudadanos que deciden vivir en sociedad y asciende hacia los órganos que ejercen la autoridad son sus delegados.

El cambio es inevitable, porque la aceleración tecnológica, el riesgo ambiental y la globalización hacen que sea imposible que una persona o un grupo puedan prever lo que va a pasar. Por eso es que se planifica con grandes anuncios y se fracasa con grandes silencios.

La gobernabilidad consiste en saber administrar la diversidad de factores que interactúan. La multiplicidad de nacionalidades, de creencias, de ideas políticas, de factores económicos, requieren flexibilidad y no rigidez.

El modelo "ascendiente" se basa en el consenso sobre principios básicos, dejando una gran flexibilidad para que los ciudadanos se adapten libremente a los cambios.

El consenso no consiste en que todos piensen como el que toma decisiones, ni que todos pensemos lo mismo. Se trata, en cambio, de que la decisión surja de un proceso donde todos interactúan.

Por eso, la reforma institucional de la gobernabilidad del siglo XXI requiere cambios.

El primero es promover la cooperación compleja, es decir, entre personas diferentes, creando lugares de encuentro de posiciones disímiles para que exista un entrecruzamiento prolongado en el tiempo donde el diálogo sustituya a la dialéctica.

El segundo es la descentralización de las instituciones para que haya multiplicidad de centros de decisión. En esta línea está el federalismo, las regiones, las agencias, las organizaciones intermedias. Es la enorme riqueza del capital humano en acción.

El tercero es entender que la ciudadanía del siglo XXI ya no es el ciudadano pasivo que sólo vota, sino que es activo, participa, tiene capacidad de vetar las iniciativas más esplendorosas que vengan de la autoridad central.

El cuarto es guiar mediante valores:

La libertad, para todos aquellos que viven condicionados por el poder que abusa o la discriminación

La igualdad, generando una ética de los vulnerables.

La solidaridad en el cuidado del bien común y la naturaleza

No es el miedo o la división lo que lleva al progreso, y por eso es la tarea de esta generación defender el estado de derecho y hacer  una inversión copernicana en el sistema institucional