En Europa la educación sexual es aceptada con la espontaneidad y la falta de solemnidad que la cuestión amerita. Padres y maestros trabajan a la par y aportan los elementos clave para evitar problemas en el mundo adolescente.

En la Argentina, hace 13 años se aprobó la Ley de Educación Sexual en las Escuelas de la ciudad de Buenos Aires. Geográficamente hablando, el ámbito de estudio es reducido porque en algunas provincias las carencias educativas son grandes y muchos docentes, especialmente, no tienen la preparación adecuada para dictar clases. Ahora, según los organismos de control porteños, la aplicación de la ley es "dispar", dado que los responsables de aplicar la norma tienen criterios, gustos y opiniones opuestas.

Se trata de la ley número 2.110, que establece la Educación Sexual Integral (ESI) en todos los niveles obligatorios y en todas las modalidades del sistema educativo público de gestión estatal y privada. Según datos del Programa de Salud Sexual de la ciudad de Buenos Aires, hay 1.800 nuevos diagnósticos de SIDA (HIV) por año, cuadros que habían desaparecido como la sífilis y otras enfermedades contagiosas, embarazos adolescentes, abortos ilegales e ignorancia respecto de los cuidados que los encuentros íntimos requieren. La educación podría haberlos evitado.

Pero la puesta en marcha de la ley es muy lenta y heterogénea y su cumplimiento es altamente dependiente de las decisiones que se toman en cada institución.

Anárquicamente, las autoridades oficiales han elaborado y distribuido materiales educativos cuyos principales ejes son el respeto por la diversidad, el cuidado del cuerpo, la equidad de género y la valoración de la afectividad. Se impone trabajar sobre algo muy importante, que es la conciencia sobre la propia intimidad que no puede ser vulnerada. En el nivel secundario la ley propicia el conocimiento sobre los cambios del cuerpo humano y la promoción de hábitos de cuidado de uno mismo, de los demás y de la salud en general.

Sin duda las primeras enseñanzas quedan en manos de los padres, especialmente cuando los niños comienzan a preguntar y requieren la verdad. La escuela -afirman algunos especialistas- podría complementar aquellas preguntas hogareñas con la enseñanza de la anatomía masculina y la femenina, por ejemplo, esencial para diferenciar los sexos y brindar un conocimiento más amplio. Sin embargo, hay otros técnicos y trabajos de investigación que se oponen a la enseñanza en la pre-pubertad al considerar que el desarrollo y crecimiento de la personalidad humana es muy variable.

La oposición de varios padres ha sido muy contundente en la Argentina. El movimiento "Con mis hijos no te metas" es una de las organizaciones que se resiste a la educación sexual en los colegios argentinos, en todos los niveles. Ellos se autodefinen como "ciudadanos responsables que buscan un desarrollo y crecimiento sano para sus hijos". Otro sector que no acepta la ley es la Red Federal de Familias, que se ocupó de lanzar la campaña "No autorizo".

En la vereda de enfrente, la Fundación Huésped tiene otra visión de la cuestión: "Es importante que chicos y chicas aprendan a conocer su propio cuerpo y asumir valores y actitudes responsables relacionadas con la sexualidad. Y conocer y respetar el derecho a la identidad, la no discriminación y el buen trato". La Fundación asimila ese conocimiento a un "derecho humano" que debe respetarse.

Todo ha quedado relegado a la decisión de cada centro educativo. La Auditoría General de la Ciudad (AGCBA) indica que "no existen instancias de coordinación entre las diferentes áreas del Ministerio de Educación para unificar objetivos y metas". Más: no se encuentra instituida un área específica dentro del Ministerio que se ocupe a fondo del tema. La Auditoría observó sobre 23 escuelas de nivel primario sólo ocho no incorporaron contenidos de la Educación Sexual en las planificaciones del área de Ciencias Sociales de sexto año.

En todo lo que tiene que ver con la educación secundaria, el sondeo incluyó 26 colegios. En seis no se incluyeron contenidos que fija la ley, que también se ocupa de imponer talleres de formación para padres, los que tampoco tuvieron concreción.

Aquello que es cotidiano y aceptable en el hemisferio norte resulta irresuelto en el hemisferio sur. Están en juego muchos prejuicios, desconocimientos, y muchos se consideran dueños de la verdad. La responsabilidad final es del Estado y de sus mecanismos de comunicación, no de los docentes. Si el Estado no mueve sus piezas de convencimiento, será imposible que la Ley de Educación Sexual pueda arraigarse.