Luego de una carrera diplomática de 34 años, que incluyó dos destinos en Alemania, tres años en Cuba, y dos años y medio en Finlandia, en julio de 2017 el actual canciller me ofreció mi primera jefatura de misión, Haití. Hice caso a tres cosas: una regla no escrita de los diplomáticos de carrera de aceptar todos los ofrecimientos, mi curiosidad profesional y que me lo ofrecía un canciller de la carrera diplomática, Jorge Faurie. La aceptación fue precedida de una breve misión en Puerto Príncipe de tres semanas, donde tuve una idea del país. La consulta con mi mujer, no exenta de reparos, dio resultado positivo. Hija de un diplomático alemán, me acompaña invariablemente hace 25 años.

Haití significa "país montañoso" y lo es. Posee una historia fascinante, un desarrollo cultural interesante y playas lindísimas. Las huellas del devastador terremoto del 12 de enero de 2010 aún se perciben en Puerto Príncipe. La mayor parte de la actividad se trasladó a Pétion-Ville, a 8 km, donde se hallan casi todas las embajadas, los bancos, los hoteles y los restaurantes.

El pueblo haitiano es expresivo, amable y muy digno, a pesar de sus grandes vulnerabilidades y problemas estructurales. Para analizarlos harían falta varias columnas. Como si no bastaran esas dificultades y el terremoto, en octubre de 2016, padeció los terribles efectos del huracán Matthew. Así que el país depende de la cooperación internacional. Casi todas las embajadas, con independencia de su tamaño, poseen algún proyecto concreto de cooperación para mejorar la infraestructura y fortalecer las instituciones. Hasta Panamá, el más pequeño de los ocho países latinoamericanos con embajada en Puerto Príncipe y receptor neto de cooperación, lanzó en los últimos años varios programas muy valorados por las autoridades locales.

Además del nutrido contingente de militares argentinos que prestó servicio en la prolongada Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH), que se retiró en octubre de 2017, y del hospital reubicable de la Fuerza Aérea Argentina, que no solo asistió a la MINUSTAH sino a la población en el terremoto y el huracán, nuestro país mantuvo un proyecto emblemático de cooperación durante 12 años, el Pro Huerta, de autoproducción familiar de alimentos frescos, integrado por ingenieros agrónomos del INTA y coordinado por la Dirección General de Cooperación Internacional de la Cancillería. El Ministerio de Desarrollo Social aportó las semillas y también se contó con asistencia del PNUD y de países como Brasil y España. El programa ha beneficiado a decenas de miles de familias y fue muy valorado por las autoridades haitianas. Además de los alimentos producidos, Pro Huerta contribuyó a la irrigación de agua, muy importante en Haití, y a afincar en el campo de un país agrícola a una población tentada de trasladarse a la capital.

Actualmente se analiza su relanzamiento bilateral, orientado al costado social y a la seguridad alimentaria de la primera infancia de Haití. Para ello, la ministra de Salud y Desarrollo Social de la Nación, Carolina Stanley, ha invitado a su par de Haití, Marie-Elise Brisson Gelin, a visitar Buenos Aires del 20 al 22 de marzo próximo. Durante esa semana se realizará en Buenos Aires la Segunda Conferencia Mundial de las Naciones Unidas sobre Cooperación Sur Sur, a la que asistirá la ministra visitante. Existen otros ámbitos de cooperación como los derechos humanos y la capacitación policial, que encara la provincia de Buenos Aires a través de la Escuela Juan Vucetich. La inseminación artificial de razas lecheras, la educación técnica en el agro y la capacitación deportiva son potenciales ámbitos de asistencia.

Pero Haití no es noticia en estos días por todo lo dicho. Agobiada por sus problemas estructurales, buena parte de su población, que acumula insatisfacciones de todo orden, es arrastrada a la protesta violenta desde el 7 de este mes. Conducen a ella problemas como el elevado costo de vida y el sonado caso de corrupción de PetroCaribe, que involucra miles de millones de dólares en el país más pobre de América. Pero los bloqueos y las barricadas no son absolutamente espontáneos, producto de la difícil situación. Políticos opositores impacientes e intereses determinados presionan hace meses para obtener la renuncia del Presidente, sin ofrecer alternativas personales ni programáticas. El jefe de Estado y el primer ministro han convocado al diálogo, pero se hacen oídos sordos a su iniciativa. La inseguridad de Haití, una de sus vulnerabilidades, compromete más seriamente la vida diaria para toda la población.

Haití merece ayuda no solo por ser un país hermano. Desde 1986, el país ha elegido la democracia pluralista con derechos individuales, libertad de prensa y mandatos acotados. Por eso solo, a mi juicio, merece mayor atención de la Argentina y de todos los países de la región que comparten los mismos valores y principios democráticos.

El autor es embajador de Argentina en Haití.