(Foto: Meridith Kohut)
(Foto: Meridith Kohut)

La crisis en Venezuela obliga a rever la necesidad de las utopías. Heinz Dieterich afirma que Hugo Chávez se apropió del término "socialismo del siglo XXI" en el discurso pronunciado en el Foro Social Mundial de Porto Alegre, en 2005. Dieterich escribió el libro El Socialismo del Siglo XXI en 2002, a partir de los escritos de Karl Marx para explicar el colapso de la Unión Soviética y plantear una nueva alternativa al capitalismo. La construcción de un sistema ideal fue siempre una obsesión para los filósofos; para los políticos, una herramienta para captar la imaginación y obtener el control del Estado.

La Revolución rusa respondió a ese patrón. El objetivo era reemplazar el régimen zarista por un gobierno de obreros y campesinos para eliminar la propiedad privada y construir una sociedad igualitaria. El sueño terminó con la muerte de Joseph Stalin, en 1952, y el Informe de Nikita Krushev al XX Congreso del Partido Comunista describiendo los horrores de la persecución política, la pobreza, los campos de concentración y los asesinatos indiscriminados contra los opositores, muchos de ellos líderes de la Revolución. La Revolución china conducida por Mao Zedong también terminó cuando falleció, en 1976, y el Partido Comunista barrió con sus teorías para comenzar con Deng Xiaoping a recorrer la apertura de la economía, promover las inversiones externas y la privatización de empresas públicas. El nuevo eslogan del Partido Comunista Chino para conservar el poder es "socialismo con características chinas"; la llegada al paraíso está prevista en el 2050. Pol Pot también captó la ilusión con su proyecto de sociedad agraria para reconstruir el imperio Khmer que imperó en esa región en los siglos IX al XV. Lenin, Mao y Pol Pot son hoy recuerdos no gratos.

El fracaso del comunismo y del socialismo creó un vacío en la intelectualidad que durante años creyó en el axioma marxista que definía al capitalismo como un sistema explotador éticamente inaceptable porque la plusvalía creada por los trabajadores era apropiada por la burguesía. La Revolución cubana reemplazó por un tiempo ese vacío hasta que resultó imposible justificar la perpetuidad en el poder de los hermanos Castro. El socialismo del siglo XXI de Hugo Chávez vino a llenar ese vacío erigiendo un nuevo delirio sobre las posibilidades de reemplazar el capitalismo por un sistema sin pobreza y con mayor igualdad. La experiencia bolivariana fue recogida como una esperanza por intelectuales no solo de América Latina sino también de Europa.

Heinz Dieterich aportó algunas definiciones que iniciaron la discusión sobre el proceso y contenido del sistema que reemplazaría al capitalismo. Según Dieterich, la tecnología provee los instrumentos para crear un sistema de producción diferente al socialismo real, donde las remuneraciones serían fijadas según el trabajo invertido para la fabricación de los productos, incluidos aquellos utilizados en el comercio internacional. Según sus palabras: "Vivimos en un sistema tecnológico-informático; las condiciones objetivas son mil veces mejores que antes para construir el socialismo". Esta teoría del valor eliminaría la distribución desigual a nivel nacional y también a nivel internacional.

Otras corrientes refutan el criterio tecnológico de Dieterich y ponen el énfasis en la reformulación de las instituciones para alentar la participación directa de la población en las decisiones, una mayor intervención del Estado para contribuir a la eliminación de la pobreza y la descentralización del poder. La participación directa en contraposición a la delegación cautivó a variados políticos europeos que cuestionan la burocratización de la política incluyendo la santificación de la violencia.

La experiencia enseña que las utopías para recrear el paraíso en la Tierra han terminado mal. Los intentos de doblegar a las personas para encasillarlas en un sistema han conducido al totalitarismo y un aumento de la pobreza. Ahora se critica al socialismo real para diferenciarse del pasado. Pero la fallida experiencia del socialismo del siglo XXI parece confirmar que la discusión no pasa por imaginar cómo sería el paraíso, siempre con la anuencia del papa Francisco, sino por corregir las distorsiones de lo ya existente.

El autor es diplomático y analista internacional.