Pocas veces la ciencia social encuentra la manifestación empírica de lo que Max Weber denominara un tipo ideal. El régimen de Chávez-Maduro es una de esas instancias. Se trata de un caso radical de implementación de las políticas económicas que Rudiger Dornbusch y Sebastián Edwards definieran como populistas: políticas redistributivas que terminan perjudicando a sus presuntos beneficiarios.

Este caso muestra su insostenibilidad, si son aplicadas de manera radical y consistente en el largo plazo. Chávez y Maduro, por un lado, incrementaron el gasto público, en el período expansivo del ciclo petrolero, hasta niveles insostenibles en la etapa contractiva que inevitablemente seguiría; y por el otro, generaron múltiples incentivos negativos para la inversión privada. La continuación de estas políticas, cuando cayeron los precios de las commodities, solo podía llevar a la catástrofe que estamos viendo: el PBI se contrajo a la mitad en los últimos cinco años; la producción petrolera, como consecuencia de la depredación y la politización de PDVSA, es el 40% de cuando Chávez llegó al Gobierno; la tasa de pobreza aumentó desde aproximadamente la mitad en el comienzo del período chavista hasta alrededor del 80% actual, según distintas estimaciones; y una inflación de entre 6 y 7 dígitos, resultado de la emisión descontrolada, no reducida a pesar de la caída violenta del producto y del ingreso por exportaciones a partir de 2014, cuando se desplomó el precio del petróleo.

La metáfora clásica de las tijeras abiertas que usara León Trotsky para describir la crisis de la NEP en Rusia puede ser útil para entender la inviabilidad de estas políticas, cuya clave es la brecha creciente entre sus componentes (indicador de lo cual es el déficit presupuestario, que se duplicó en los últimos cinco años y es ahora superior al 30%). Una de las hojas de la tijera fue, al compás del aumento del ingreso por exportaciones, la expansión del gasto, rígido hacia la baja en estos regímenes: los pobres, especialmente los urbanos, constituyen el núcleo duro de la base de Chávez-Maduro, y la redistribución de beneficios hacia ellos en la fase expansiva del ciclo es intocable, algo así como el tercer riel de la política populista. Esto marca una distinción importante entre estos populismos contemporáneos en América Latina, como los de Chávez-Maduro o Cristina Kirchner, y los clásicos, como el del peronismo de mediados del siglo XX, cuya base central de apoyo eran los trabajadores industriales: en esos regímenes la cuestión sería más manejable, por lo menos en el corto plazo. La transferencia hacia la industria de parte del ingreso por exportaciones incrementaba la producción manufacturera, y podrían haberse impulsado mejoras en la productividad. En cambio, los pobres urbanos, insertos en la economía informal o dependientes de planes sociales y empleo público de baja productividad, tienden a ser consumidores netos de ingreso fiscal.

Las oscilaciones cíclicas a las que están sujetas las commodities son una de las claves para entender el carácter autolimitante de estas políticas: una economía exportadora concentrada solo podría liberarse de sus efectos a través de la diversificación de las exportaciones, lo que requeriría el aumento de la inversión productiva en manufacturas y otras actividades internacionalmente competitivas, lo opuesto a la política de sustitución de importaciones y otras altamente proteccionistas características del populismo.

Hay otras razones por las que un régimen populista bloquea una salida de ese tipo. Se trata de la otra hoja de las tijeras: la inhibición de la inversión privada. Veamos cómo funcionó este mecanismo en el caso venezolano. Primero: el eclipse de la seguridad jurídica, que solo puede estar basada en un Poder Judicial independiente y neutral. Su demolición es un componente esencial de la democracia plebiscitaria, objetivo básico de los líderes populistas. El régimen subordinó la Justicia totalmente al Ejecutivo, y la politizó (Una viñeta ilustrativa: estando en Caracas, leí que el futuro Comandante Eterno se presentó en el recinto del Tribunal Supremo de Justicia, donde fue recibido por los jueces, que, al verlo, se pusieron de pie coreando consignas chavistas). Segundo: la confiscación en gran escala de empresas privadas, llevada a cabo sin programa aparente. Tercero, la retórica anticapitalista del régimen, y la violencia contra la oposición mediante grupos de choque, los "colectivos". Y cuarto: una de las híper-inflaciones más altas registradas en la historia, que imposibilita el cálculo económico. En esas condiciones, ¿quién iba a invertir en Venezuela?

Maduro y el círculo dirigente hubieran podido cambiar de curso antes de la catástrofe, como lo hicieron o procuraron hacerlo otros líderes populistas. El hecho de que no lo hubieran intentado refleja una extrema irracionalidad colectiva, cuyas causas plantean un interrogante fascinante para la ciencia social.

El autor es profesor de sociología y estudios internacionales (UCEMA y University of California, San Diego).