Formar en estrategia y geopolítica para la defensa nacional

Por Juan José Borrell

Tucídides, avezado estratego del siglo V a.C. y autor del clásico Historia de la Guerra del Peloponeso, donde narra los acontecimientos con un fin didáctico y programático, sentencia: "Cuando los hombres entran en guerra, comienzan por la acción, lo que debería ser su último recurso, pero cuando se encuentran con la desgracia, entonces ya recurren a las palabras".

El reciente anuncio desde la cartera de Defensa de elaboración de un proyecto de ley para la creación de un contingente de reservistas civiles viene a sumarse al abanico de discursos e insípidas promesas que tienen como marco la nueva Directiva de Política de Defensa Nacional (DPDN) aprobada por Decreto 703/2018 del PEN.

La misma DPDN discursivamente es un avance respecto a los decretos derogados de 2009 y 2014 de la nefasta administración anterior en materia de Defensa. Sin embargo el evidente voluntarismo que trasunta el documento, a caballo del proceso en marcha de "reconversión de las Fuerzas Armadas", apenas disimulan el alarmante continuismo de todas las gestiones de gobierno. La sumatoria de palabras vacuas parece confirmar -amargamente claro- la imperecedera enseñanza del genial jefe militar griego, ¿seremos entonces un pueblo en desgracia?

Un riguroso análisis excedería ampliamente el espacio de estas líneas, pero lo que innegablemente sale ya a la luz quitando el maquillaje retórico es el insustancial híbrido que ha devenido la cuestión Defensa argentina: las austeras medidas buscan remendar más que regenerar, reciclar forzadamente retazos bajo discursos de buenismo internacionalista y una mentalidad en extremo frugal para lo que implica las condiciones óptimas para la Defensa de un país que tiene la octava superficie territorial del planeta.

El fundamento pivote, la mentada "modernización", es un cosmético salto hacia adelante que toma algunos elementos del paradigma de la denominada Guerra de Cuarta Generación (omitiendo otros que serían más realistas) cuando en verdad al sistema de Defensa se lo restringió a desmantelar una eficiente y productiva infraestructura propia de Segunda Generación, y que desarrollos o adquisiciones de Tercera Generación se desactiven o queden obsoletos sin renovarse. Del modelo soberano de industria nacional pasamos a la pudorosa compra al menudeo de material de segunda mano sin capacidad disuasiva. No es nuevo que nos sintamos posmodernos sin haber pasado por todos los escalones de la modernidad. Al fin y al cabo, Argentina ¿no es el país donde se concebía que "es lo mismo producir caramelos que acero"?, según afirmaba un secretario de Comercio de la Nación.

Poder asumirlo sería la clave inicial para una regeneración de la Defensa Nacional. ¿Cuál es el necesario paso siguiente? La respuesta es de carácter epistemológico-educativo: la producción original de conocimiento y la formación en áreas neurálgicas como la estrategia y la geopolítica. Ésta última entendida como la interacción compleja entre las configuraciones geográfico-espaciales y los procesos que comprenden factores de poder, la cual es tributaria de la estrategia, definida como la planificación para la prosecución de los intereses vitales de un país, la que a su vez es determinada en el más alto nivel de la política de un Estado.

Es decir, en una secuencia lógica la alta política define el qué, la estrategia el cómo, y la geopolítica el dónde y con quiénes. Son en síntesis las dimensiones trascendentales que sirven de trasfondo para la dirección de los asuntos de gobierno, sea la política exterior, los acuerdos diplomáticos y de comercio internacional, la política económica, la doctrina y equipamiento militar, la infraestructura de transporte y de comunicación interna, la producción científico-tecnológica, el sistema educativo e industrias culturales, todas las políticas domésticas y hasta la ayuda humanitaria.

Sin una estrategia y una geopolítica propia cualquier actividad de un país queda aislada y huérfana, se transforma en un mero fin en sí mismo, un juego de ciegos y sordos carente de coherencia y orientación. Son en esencia las que sirven para definir qué país queremos y hacia dónde vamos.

Lo complejo en la Argentina es precisamente su puesta en práctica. Existen sólidos institutos de alta formación en Defensa Nacional y en estrategia y geopolítica, pero quienes en las últimas décadas han debido planificar, legislar, supervisar, asesorar y/o ejecutar en el nivel superior de la República, han carecido de la formación para la comprensión profunda de estas dimensiones vitales. Así, en el ámbito de la defensa como en otros, el inmediatismo de cada coyuntura es disfrazado con una vacía verborragia que oficia de simulacro. El cortoplacismo atado al reloj de las promesas de campaña electoral de por sí anula la capacidad de comprender el carácter crisógeno de tendencias geopolíticas pesadas y proyectar en el largo plazo.

Para lo cual también, cierta torre de marfil académica de nativos arropados de cosmopolitismo a la moda resulta funcional impostando enfoques ajenos, justas causas exóticas y amenazas sin raíz local. No es casual que el último referente de un pensamiento geoestratégico original -y no meramente geográfico o internacionalista- sea el Gral. Juan Enrique Guglialmelli con sus trabajos desde el año 1969 hasta su deceso en 1983.

A la inversa, toda potencia de primer y segundo orden que comprende la función central de la estrategia y la geopolítica, ejecuta sus propias políticas de defensa, tiene la capacidad de definir su propia doctrina en relación con sus intereses vitales según un orden de prioridades, demarca los espacios posibles de proyección de poder, identifica sus propias amenazas y riesgos, y también dispone los medios para afrontarlas. Lo que es más, algunas potencias logran incluso exportar sus cosmovisiones a países periféricos y débiles para que las adopten como suyas, así funcionalmente invisibilizan amenazas reales y atribuyen entidad a falsos monstruos a conjurar.

De aquí que, por ejemplo, los nativos de un país con la octava superficie a nivel mundial que ha quedado casi sin Fuerza Aérea pueden creer que uno de sus dilemas prioritarios es el cambio climático. Tampoco tienen capacidad de control y dominio de la casi totalidad de su espacio marítimo, una extensión de aproximadamente 1.800.000 km² y más de 5.000 km de frontera con enormes reservas de hidrocarburos y recursos ictícolas codiciados por grandes potencias extra regionales -donde vale recordar desapareció un submarino de la Armada-, pero desde el nivel gubernamental aseguran que los conflictos convencionales son cosa del pasado. Vaticinan erróneamente que el futuro será exclusivamente de las guerras asimétricas, que una mal entendida "tropa ligera" es la proporción justa para 2.800.000 km² con intención de proyección al continente antártico y al Atlántico sur circundante. Elevan los riesgos procedentes del ciberespacio al mismo nivel de jerarquía que los de naturaleza clásica, pero no señalan amenazas latentes concretas y evidentes como las de tipo biológico o las inmigraciones masivas procedentes de otros continentes.

Todo ello quizás sea un reflejo sintomático de una sociedad sin conciencia del espacio que elige sus representantes. Si al fin y al cabo la mitad de la población argentina vive amuchada en su región ecuménica con epicentro en una megalópolis y cuatro grandes urbes, y su mayor dilema de seguridad es no ser arrastrada bajo la línea de la pobreza además de la criminalidad rampante, ¿cuál es el sentido geoestratégico que adquiere un territorio semivacío de 1.000.000 km² como la península Patagónica? ¿Cuál es el dilema si la superpotencia china instaló una base espacial militar a cambio de seguir comprando porotos de soja, despojos de pollo y maní?

En definitiva, se debería reconocer la vital importancia de la Defensa Nacional, otorgándole un significativo incremento del presupuesto, pero particularmente dándole gravitación y sentido desde un pensamiento estratégico y geopolítico propio. Al menos de esa manera las palabras dichas no serían vanas sino que con un fin trascendente para el país, y comenzaríamos a revertir la trágica sentencia de Tucídides.

*Juan José Borrell es Profesor Titular de Geopolítica en nivel posgrado en la Universidad de la Defensa Nacional (ESG, UNDEF)

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