Eróstrato, un humilde pastor del Éfeso (Turquía), pasó a la Historia por la única acción notable que realizara en su vida: prenderle fuego al tempo de Artemisa, una de las siete maravillas del mundo antiguo. La construcción del tempo había llevado ciento veinte años y consumido el esfuerzo vital de varias generaciones. Su destrucción fue el acto criminal de uno solo y llevó, supongo, pocas horas. Torturado por orden del rey Artajerjes, Eróstrato confesó que el único motivo de su acto demencial había sido el deseo de adquirir una fama que sobreviviese a su muerte. Para impedirlo, después de hacerlo matar, Artajerjes dispuso terribles castigos para quien mencionara su nombre, pero perdió la batalla, como vemos.

Lo sucedido con Eróstrato no solo es una demostración de las enormes limitaciones de poderes políticos que se perciben absolutos sino que también aporta consistentes lecciones acerca de la ley de entropía, que no solo aplica al mundo físico sino al social. Destruir un trabajo de siglos y de miles de hombres cuesta pocas horas y el esfuerzo de uno solo. Por definición, construir es un proceso lento y difícil. Destruir lo construido, no. Desde luego, cuanto mayor es el poder tecnológico, mayor es el potencial destructivo de la entropía social.

La historia de Eróstrato pone en cuestión los dos principios que por milenios dieron sustento al progreso y a las ideas políticas basadas en él: el aumento del poder humano y su distribución masiva. El siglo XX y sus guerras y genocidios industriales lo demostraron conclusivamente, decretando la obsolescencia del progreso inevitable y automático; pero todo puede empeorar. En efecto, hace apenas cien años, la sola idea de que el poder de un solo hombre pudiera destruir la vida humana sobre la Tierra era impensable. Un siglo después, apenas un soplo en la Historia humana, ese hombre existe ya. Que ese señor haya sido elegido democráticamente por los ciudadanos de su país, Estados Unidos, para tomar decisiones que afectan la vida de siete mil millones de seres humanos pone en jaque el concepto mismo de democracia e invoca, como sostuvo Einstein después de Hiroshima y Nagasaki, la necesidad del control de las tecnologías de impacto mundial, a escala mundial. No es un problema de los Estados Unidos sino un producto inevitable de la obsolescencia del nacionalismo; esto es, de la idea de que un mundo en el cual las tecnologías destructivas alcanzan poderes planetarios puede ser razonablemente gobernado por doscientos estados independientes y soberanos. Tecnologías del siglo XXI e instituciones políticas del siglo XIX. ¿Qué puede salir mal?

El presente nos trae dos pésimas noticias. Primera, el presidente del país cuyo poder nuclear puede destruir la civilización tal como la conocemos es un "soberanista"; es decir: invoca el derecho absoluto de su país a hacer lo que le convenga sin tener en consideración ninguna limitación por parte de otros países ni, mucho menos, de agencias internacionales. Quien lo intente, será tachado por los soberanistas como Bolton de "globalista" y considerado enemigo público number one. Segunda mala noticia, ese mismo señor -Trump- acaba de retirar a su país del tratado sobre armas de corto y medio alcance (INF, por sus siglas en inglés); un acuerdo suscripto por Gorbachov y Reagan en 1987 que es considerado uno de los pilares de la seguridad mundial. La reacción de Mr. Putin -otro soberanista de la primera hora, mucho menos poderoso pero también mucho más inescrupuloso, libre de ataduras y astuto que Trump- no se hizo esperar: Rusia también desconoció el INF. Como resultado, la seguridad del mundo -especialmente, de Europa- retrocede 33 casillas hasta 1986. Chapeau.

Pero volvamos a Eróstrato. La cuestión es la siguiente: si el poder humano sigue ampliándose y distribuyéndose masivamente, y si ese proceso ha llevado a que exista ya un ser humano con poder de destrucción casi total, ¿cuánto tardará en aparecer el segundo, y luego el tercero, y luego el vigésimo noveno y el quincuagésimo cuarto? ¿Cuánto, por lo tanto, hasta que un moderno y delirante Eróstrato decida inmortalizar su nombre convirtiéndose en el ser humano más importante la Historia por un solo y único acto de destrucción? ¿No anticipa la aparición del coreano Kim Jong-un este problema? ¿Y qué sucederá cuando el aumento del dominio tecnológico y su masificación pongan armas de destrucción masiva -no necesariamente nucleares, no necesariamente de alcance planetario, pero de alto impacto- a disposición no solo de Estados terroristas sino de organizaciones terroristas? ¿Qué creemos que harán con ellas los muchachos que hoy degüellan periodistas en cámara o lanzan camiones por las ramblas por las que pasea la gente al atardecer?

Pero el problema es mucho mayor. No solo abarca las tecnologías creadas para destruir, como la bomba atómica, sino las creadas "para el bien" pero cuyos efectos son -o pueden ser- ambiguos y disruptivos. Cuando se llegue al conocimiento necesario para clonar a un ser humano, revertir el proceso de envejecimiento, ampliar el nivel de almacenamiento y procesamiento cerebral mediante el implante de dispositivos cibernéticos, etc. -todos ellos logros tecnológicos que estamos cerca de alcanzar- ¿quién regulará su aplicación? ¿Estarán a disposición solamente de quiénes puedan pagar por ellos? ¿Quién se hará cargo del enorme impacto global de su uso; por ejemplo: del crecimiento descontrolado de la población global? ¿No estamos, como teme Yuval Harari, ante la perspectiva de transformar la actual división social en una grieta biológica que partiría a la humanidad en una elite hiperinteligente y una masa inutilizable para la producción, y por lo tanto, socialmente irrelevante y descartable?

¿A dónde nos lleva el antiguo paradigma de mayor poder y mayor distribución del poder que fue la base del progreso milenios en el marco de tecnologías ambiguas que pueden usarse tanto para la creación como para la destrucción y de una aceleración del avance tecnológico de consecuencias impredecibles? ¿De qué poder dispondrán los primeros (un Estado nacional o un miembro del GAFA -Google, Apple, Facebook, Amazon) que logren desarrollar una Inteligencia Artificial exponencialmente superior a la humana? Y si se decidiera -en nombre de la limitación de estos riesgos difícilmente manejables, de la supervivencia del mundo como lo conocemos y de la democracia- que algún tipo de regulación es necesaria en estos temas y otros -como el empleo masivo de los robots y algoritmos que están reemplazando el trabajo humano-; ¿quién estaría capacitado para tomar esas decisiones y de aplicarlas en un ámbito significativo, los Estados nacionales creados en el siglo XIX? ¿Serviría de algo -digamos- la prohibición de la clonación humana, de la reversión del envejecimiento o de los implantes cerebrales en el territorio de un solo país? ¿Cuánto les costaría a los ciudadanos de los países donde gobiernan los soberanistas acceder a esos procedimientos tomando, simplemente, un avión?

En un mundo donde se multiplican los paraísos fiscales, ¿no asistiríamos inmediatamente a la aparición de Estados-pirata en los que podrían aplicarse las tecnologías prohibidas en los otros? ¿Cuántos conflictos internacionales se desatarían y a dónde irían a parar las concepciones territorialistas de los soberanistas en un mundo hoy en trance de desmaterialización y virtualización? Finalmente, dado que se trata de decisiones cuyo impacto afecta a todos los seres humanos y cuyo ámbito de regulación es necesariamente global, ¿no implican la necesidad de un federalismo de escala mundial en el que los países sean soberanos internamente pero deban compartir con los otros las decisiones de escala global? ¿Y no obliga esto a la paulatina creación de instituciones democráticas en los que todos los seres humanos puedan participar; es decir: de una democracia global?

Desde el inicio de la Modernidad, por lo menos, los seres humanos hemos temido la pérdida de control sobre nuestras creaciones. El aprendiz de brujo de Goethe (1797) y el Frankenstein de Mary Shelley expresaron en el terreno artístico estos justificados pavores. La tradición de Eróstrato se ha perpetuado, desde entonces, gracias a dementes como Hitler para los cuales sus ambiciones son más importantes que cualquier otra consideración, y de delirantes a los que solo les importa pasar a la Historia, como Mark David Chapman, asesino de John Lennon. El erostratismo -la decisión de poner nuestra persona y sus objetivos por encima de cualquier otro principio o valor- es, lamentablemente, uno de los aspectos inmodificables de la personalidad de algunos seres humanos. El problema concreto es qué hacemos ante esto en un universo de poderes humanos exponencialmente crecientes y extendidos. Y apenas se lo mira, la opción ineludible parece ser entre lo que los Bolton denominan despectivamente "globalismo" y el caos.

En Ten Global Laws on Globalization (2002), publicado en español como La Modernidad global (Sudamericana, 2011) escribí sobre estos temas; más específicamente, sobre la asincronía entre la aceleración del cambio tecnológico y la lentísima evolución de las instituciones políticas, y sus dramáticas consecuencias, y describí la crisis de control de la tecnología como una de las cinco crisis (junto a la económica, la ecológica, la demográfica y la de control del monopolio de la violencia) desatadas por una globalización tecno-económica sin adecuado correlato político-institucional. Lo sucedido esta semana entre Trump y Putin en el campo de la proliferación nuclear es una potente alarma que no puede ser ignorada. No existe democracia verdadera si los seres humanos no somos capaces de manejar nuestras creaciones ni cuando un potencial Eróstrato puede decidir el destino de la humanidad.