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La ceremonia de apertura de la JMJ en Panamá

No vamos a comentar el extenso mensaje del Papa en la ceremonia de acogida y apertura del jueves pasado. Es muy claro y puede ser leído íntegro en muchos sitios web. Queremos desarrollar nuestra interpretación de su pensamiento de lo que sintetiza en el siguiente párrafo.

"Sabemos que el padre de la mentira, el demonio, siempre prefiere un pueblo dividido y peleado a un pueblo que aprende a trabajar juntos. Y este es un criterio para distinguir a la gente, los constructores de puentes y de muros, esos constructores de muros que dividen a la gente. ¿Ustedes qué quieren ser?". "¡Constructores de puentes!", responden los jóvenes.

Un muro espiritual entre el sí mismo y el otro

El ser revelándose contra Dios y su humanidad, a veces, construye un muro entre sí mismo y el otro. La negación del alter ego y del yo supremo constituyen el fracaso del ser. Esa actitud marca en el sujeto el rumbo de su propia destrucción, de la negatividad del ser. Pone el espíritu, los sentimientos y la inteligencia contra sí mismo. Lo hace al ceder el puente, que lo une inexorablemente al otro para ser, y construir en su lugar un muro. El desencuentro lo conduce a un proceso de disolución, a ser una sombra, un "ser deshabitado", "vacío". Con esto no queremos decir que el vacío no sea a veces necesario. ¿Cómo servirnos de un vaso para beber de lo contrario? También el puente necesita del espacio vacío para ser puente. Y el vacío existencial causado por el fracaso u otras circunstancias de la vida es también a veces necesario para fortalecer nuestra alma y nuestra fe. Pero lo que queremos señalar ahora es que en la lucha por dominar el espacio existencial, o hacemos caer el muro que nos aparta del otro, o nos negamos a nosotros mismos. Es cuando ese vacío es ocupado por el demonio, espíritu del mal o daimon.

Cuando el papa Francisco nos habla de los muros y los puentes lo hace desde una perspectiva espiritual y que incluye la salud psicológica y social. También se lo ha marcado antes a los clérigos y a quienes son misioneros de la Iglesia. Dijo hasta el cansancio que quiere una Iglesia "abierta" y "en salida". Salgamos de nuestro encierro, de nuestro ensimismamiento, en el afuera se encuentra nuestra riqueza y no en la vida egoísta y solitaria, porque hasta "para pensar hay que salir fuera de sí mismo", decía Miguel de Unamuno.

Se dirá que mi otro es mi madre, mis hermanos, mis amigos y vecinos, los compañeros de trabajo, los próximos, pero ¿los extranjeros que vienen pobres y andrajosos a asentarse en Quilmes o en La Matanza también son mi otro? ¿Debo tender puentes a ellos? ¿A los lejanos?

Ser puente y no muro

Así como con una construcción material el sitio se transforma en lugar dos personas que se reconocen como yo y tú, transforman a dos individuos en un encuentro interpersonal. El puente nace del amor como unidad del bien, la belleza y la verdad. El muro nace del ensimismamiento, del encierro, del alejamiento del otro, de la indiferencia, del no diálogo, del mal.

El mejor ejemplo de ser puente y no muro, la hallamos en la parábola del Buen Samaritano relatada en el Evangelio de Lucas 10, 25-37 que transcribimos:

"25 En esto se presentó un experto en la ley y, para poner a prueba a Jesús, le hizo esta pregunta:

—Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?

26 Jesús replicó:

—¿Qué está escrito en la ley? ¿Cómo la interpretas tú?

27 Como respuesta el hombre citó:

—'Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente' y: 'Ama a tu prójimo como a ti mismo'.

28 —Bien contestado —le dijo Jesús—. Haz eso y vivirás.

29 Pero él quería justificarse, así que le preguntó a Jesús:

—¿Y quién es mi prójimo?

30 Jesús respondió:

—Bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó, y cayó en manos de unos ladrones. Le quitaron la ropa, lo golpearon y se fueron, dejándolo medio muerto. 31 Resulta que viajaba por el mismo camino un sacerdote quien, al verlo, se desvió y siguió de largo. 32 Así también llegó a aquel lugar un levita y, al verlo, se desvió y siguió de largo. 33 Pero un samaritano que iba de viaje llegó adonde estaba el hombre y, viéndolo, se compadeció de él. 34 Se acercó, le curó las heridas con vino y aceite, y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento y lo cuidó. 35 Al día siguiente, sacó dos monedas de plata y se las dio al dueño del alojamiento. 'Cuídemelo —le dijo—, y lo que gaste usted de más, se lo pagaré cuando yo vuelva'. 36 ¿Cuál de estos tres piensas que demostró ser el prójimo del que cayó en manos de los ladrones?

37 —El que se compadeció de él —contestó el experto en la ley.

—Anda entonces y haz tú lo mismo —concluyó Jesús".

La realidad de los muros en el mundo actual

Desde el punto de vista arquitectónico el muro o muralla es una construcción que rodea las poblaciones. Eran frecuentes en la antigüedad. El principal motivo consistió en la defensa del enemigo, del extranjero, del de afuera. Como recordamos al explicar la palabra "prójimo", "lejano" o "extranjero" por oposición al próximo, familiar o vecino, el primero, hasta la resignificación que le da Jesucristo en la parábola referida, era considerado por los hebreos un enemigo. A veces, como es el caso de la Gran muralla China, era para proteger regiones, y en otros casos, como el muro de Berlín, levantado después de la Segunda Guerra Mundial y caído en 1989, para dividir naciones. Muchos de los viejos muros son hoy una atracción turística, otros siguen teniendo la función de impedir las relaciones cuando estas son muy conflictivas. Tal es el caso de los 3185 kilómetros que separan los Estados Unidos de México de los Estados Unidos de Norteamérica. Ahí hay un muro, a veces físico, a veces natural, a veces virtual, en parte precario y que hoy quiere ser reconstruido por Trump, pues según alega es vulnerado a diario por inmigrantes que van de países pobres del sur al país del norte. Sin embargo, los hay más vergonzantes todavía, como los que aíslan por tierra prácticamente todas las fronteras del Estado de Israel.

En la frontera norte con Líbano, en la de los Altos del Golán, al sur con Egipto; con Jordania, y el de hormigón en la frontera con el Estado de Palestina dotado de alambres de púas y torres de vigilancia al estilo de los de una cárcel de alta seguridad. En casos como este las murallas a veces sirven para apoderarse y dividir ilegalmente territorios ajenos como lo declararon la ONU y la Corte de Justicia de la Haya. También hay muros entre Corea del Sur y Corea del Norte; Macedonia y Grecia; 750 kilómetros de valla separan a la India de Pakistán; en Marruecos-España las vallas de Ceuta y Melilla han ido creciendo para impedir las inmigraciones; entre Hungría, Serbia, Croacia y Rumania el xenófobo presidente húngaro Viktor Orbán no cesa levantando vallas para que los que huyen de persecuciones o guerras del este no puedan pasar por su territorio hacia Europa. Enumeración no exhaustiva pero suficiente para confirmar que hay fronteras donde unos y otros se sacan chispas y que la íntegra armonía del mundo está lejos de lograrse todavía.

Los muros de la diferencia en América Latina

En Lima, Perú, denominan "El muro de la vergüenza" a los 10 kilómetros de muralla entre Pamplona Alta, barriadas de asentamientos o chabolas, y Las Casuarinas, barrios acomodados de esa ciudad. En Santiago, Chile, el barrio elegante Lo Barnechea y los barrios pobres o challampas de La Hermita estuvieron a punto de ser separados por un muro de cemento. Después de un largo debate se resolvió reemplazarlo por una reja. Algunas favelas de Río de Janeiro están siendo contenidas por paredones. Por razones diversas en el Conurbano de Buenos Aires, donde hay cientos de villas miserias o barriadas pobres, unas cien mil familias acomodadas ponen el "adentro" y el "afuera" de su hábitat en cientos de barrios cerrados o countries, rodeados por una alambrada o muros de cemento. Aunque no haya una diferencia sustantiva de estos con quienes habitan en edificios cerrados y rigurosamente vigilados de la ciudad, en el caso de los primeros hay, además de la muralla, un alejarse de la vida ciudadana.

Estos muros denominados "de la vergüenza" o de la "diferencia" bien podrían ser llamados "muros de la indiferencia", cuando son construidos por aquellos que —como el sacerdote y el levita— no quieren ver la necesidad del caído.

Otros puentes y otros muros

Discurrimos sobre los muros y los puentes materiales y espirituales a los que aludió en su mensaje del jueves pasado el Santo Padre ante la juventud. Claro que Francisco aludió también a los puentes que les permite encontrarse a jóvenes que participan viajando desde diversos continentes y países, segmentos sociales, culturas y orígenes étnicos. Sin embargo, el tema es muy vasto dentro de su propio pensamiento. Y para agotarlo habría que hablar, por ejemplo, de los muros y los puentes entre el pasado y el presente, entre las religiones, los puentes entre las culturas, entre los diversos pensamientos o desarrollos doctrinarios, entre la ética, la religión, la ciencia, la técnica y un abanico de relaciones riquísimo e interminable.