El presidente Mauricio Macri junto al ministro de Hacienda Nicolás Dujovne
El presidente Mauricio Macri junto al ministro de Hacienda Nicolás Dujovne

INFLACIÓN 

Si hubo un índice que sufrió el impacto devaluatorio fue el índice de inflación. El 47.6% de 2018 es el peor guarismo desde la hiperinflación. Un fracaso inocultable. Dicho esto, la inflación está bajando rápidamente: 6.5% en septiembre, 5.4% en octubre, 3.1% en noviembre y 2.6% en diciembre. Tan cierto como que el 38.7% de 2014 fue una cifra peor si se considera que la inflación estaba siendo reprimida por varias bombas de tiempo que le estallaron en la cara a Cambiemos: el cepo y el default, que hubo que levantar al precio de un 2016 recesivo; el atraso cambiario, que en 2014 era apenas 9% menor al de la Convertiblidad; y el atraso tarifario, cuyo costo fue perder el autoabastecimiento energético y vivir en medio de cortes permanentes. ¿Recayó el impacto devaluatorio sobre los más pobres y vulnerables como proclama el partido que se pretende propietario monopólico de la sensibilidad social? De ninguna manera. La caída de ingresos de 2018 se distribuyó equitativamente en el total de la población. El 10% más pobre sufrió un recorte del 5%; los siete deciles medios, entre el 7% y el 9%; y el 20% más rico, entre el 9% y el 11%. Por eso el GINI, principal indicador de la igualdad de ingresos, es prácticamente idéntico en el 2018 de los CEOs devoradores de niños pobres al del glorioso 2014 de la revolución imaginaria nac&pop (0.409 contra 0.412 según el CEDLAS).

Perfectamente justificados por la frustración, ni los lamentos populistas ni los quejidos liberalotes tienen soporte en cifras reales. Ni fundamentalistas del mercado ni el soviet amarillo; ni traición a los votantes ni preferencias indebidas en una democracia de verdad; Cambiemos gobierna para todos y por eso la Argentina está atravesando la recesión sin estallidos sociales ni persecuciones al éxito individual.

DEUDA 

Finalmente, el otro tema "maldito": la deuda. El kirchnerismo no dejó un país desendeudado, ni mucho menos. De hecho, durante los doce años de gloria K la deuda solamente bajó en 2005, gracias al pagadiós más grande de la historia de la humanidad organizado por Kirchner y Lavagna, cuyos herederos políticos se muestran hoy asombrados por lo difícil que resulta bajar el riesgo-país. Desde 2005, la deuda pública pasó de 154.270 a 240.665 millones de dólares, creciendo sistemáticamente a un ritmo de 9.000 millones de dólares anuales. Aun así, el porcentaje respecto al PIB (52%) era bastante bajo. Una deuda baja fue el único activo que, "gracias" a que Cristina decidió transferirle la carga de pagarle a los odiados buitres a su sucesor, los K dejaron en estado decente. A menos que se saque la vista del aspecto financiero de la deuda y se cuenten también los numerosos débitos concretos acumulados entre 2003 y 2015: 460.000 juicios jubilatorios con fallo favorable de la Corte Suprema que Cristina ignoró y que el gobierno de Cambiemos tuvo que enfrentar mediante la Reparación Histórica; más los USD 150.000 millones de inversiones necesarias para volver al autoabastecimiento energético y los incontables miles de millones imprescindibles para reconstruir la infraestructura que no reparamos ni ampliamos mientras votábamos el modelo de consumo sin inversión nac&pop.

La deuda ha subido, sí, pero no a niveles impagables si se sigue adelante con la reducción del gasto primario en curso. En 2019, las necesidades financieras brutas ascenderán a USD 27.900 millones y para afrontarlas se cuenta con financiamiento de USD 34.500 millones:  USD 22.800 millones del FMI, USD 4.600 millones de otros organismos internacionales y us$5.400 millones provenientes del ahorro de 2018. Su valor respecto al PBI a fines de 2018 (80% aprox.) es similar al de Brasil (78%) y bastante menor al de los países desarrollados. Claro que es menos sustentable que en estos, ya que en el primer mundo no hubo defaults proclamados al ritmo de la Marcha Peronista como en el 2002 de Rodríguez Saá, ni pesificaciones asimétricas y manotazos a los ahorros privados como en el 2002 de Duhalde, ni pagadiós 2005 como el de Kirchner-Lavagna, ni cepos cambiarios (2011) y defaults selectivos (2014) como los de Cristina.

El aumento real de la deuda durante el gobierno de Cambiemos ha sido de unos 86.500 millones de dólares, de los cuales USD 15.000 millones se dedicaron al pago de los holdouts que Cristina nos legó y unos USD 5.000 en otras deudas heredadas, con el CIADI y con las empresas del sistema energético. Otros USD 40.000 millones han ido parar "al colchón"; es decir a las reservas del Banco Central, que pasaron de USD 26.000 millones a USD 66.000 millones.

En resumen, sin contar el pago de buena parte de la deuda jubilatoria, de infraestructura y de energía que el Gobierno está llevando adelante, el aumento de la deuda es de unos USD 40.000 millones en tres años; cifra ligeramente superior a la del endeudamiento anual promedio de la última década K, llevado a cabo mientras se descapitalizaba y vaciaba el país.

Además, la deuda se está haciendo más y más sustentable -como demuestra la disminución del riesgo-país- porque con el esfuerzo del gobierno y de los ciudadanos la Argentina ha sobrecumplido la meta fiscal de 2018, reduciendo la deuda de corto plazo un 14% y un 30% en términos de la deuda exigible. Algo pocas veces visto sin catástrofe social ni dictadura militar, el déficit primario 2018 (2,4% del PIB) representa una reducción de 1,4 puntos respecto a 2017 y de 3 puntos respecto a 2015. También el gasto primario ha bajado: 2 puntos en términos del PIB en un año y 4 puntos respecto a 2015.

El gasto público de 2018 fue el más bajo desde 2009 sin que por ello se afectase a las provincias -que pasaron masivamente del déficit al superávit- ni se recortase el gasto en jubilaciones y programas sociales, que crecieron 0,4 puntos del PIB desde 2015. Compárense estos resultados con el manoteo K de las reservas del Banco Central, los fondos de la ANSES, y los activos del Banco Nación y el PAMI, saqueados por el kirchnerismo para financiar el desmadre del gasto público. Motivo por el cual el Tesoro multiplicó por 24 su deuda con organismos públicos; que pasó de USD 6.000 millones en 2004 a USD 146.000 millones en 2015.

Pese a los malos resultados obtenidos en términos de deuda e inflación, muchos signos positivos abren camino a la esperanza. El Ferrocarril Belgrano ha multiplicado por 2.6 su volumen de carga; la Revolución de los Aviones ha hecho que en 2018 volaran 33% más pasajeros que en 2015, aumentando las conexiones internas un 63% y triplicando las internacionales; Aerolíneas transporta 30% más de pasajeros que en 2015 y agregó 39 nuevas rutas; Vaca Muerta ha estallado, aumentando su producción de petróleo 16.9% y 13.3% la de gas; y las energías renovables han crecido 5,7% este año, con picos de 66% en solar y 41% en eólica.

Más importante, en medio de un panorama de corto plazo preocupante pero no catastrófico, la Argentina está cerrando los cinco déficits que durante setenta años la han condenado al fracaso: el fiscal, el comercial, el de infraestructura, el de energía y el más importante: el institucional. El récord histórico de corruptos en prisión y las imágenes de los principales empresarios del país desfilando por Tribunales sin privilegios familiares ni distinciones por fortuna acumulada son una señal poderosa: se acabó el club de la obra pública y el cartel de los medicamentos, y el Estado gasta hasta un 50% menos por kilómetro de ruta construida y por cada medicina para el PAMI. De allí sale la mayor parte de las resistencias. No solo de una pauta publicitaria que se ha reducido 70% en tres años sino también de poderes corporativos a los que les fue muy bien mientras al país le iba muy mal.

Lo dicho. El 2018 fue un año malo, pero no catastrófico ni diferente a otros que atravesamos hace no tanto tiempo sin tanto clamor perioNístico. El momento es difícil y hay poco para festejar, pero un gobierno es más que su ministerio de Economía. Aun en Economía el panorama es una combinación de malas noticias en el corto plazo, razonables perspectivas en el mediano y muy buenas posibilidades de aquí a un par de años. Al revés de lo de siempre en un país habituado a reventar la tarjeta hasta darse de frente contra una pared.

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