Los movimientos sociales no son ajenos a las leyes de la naturaleza. Por alguna razón que no podemos explicar, pero sí describir, encontramos que existe una fuerza natural que lleva el péndulo al centro cuando los compartimientos humanos se radicalizan. El medio ambiente reacciona de una manera similar: cuando el ser humano incide bruscamente, la naturaleza, halla mecanismos para reordenar el ecosistema (C.S. Holling, Adaptive environmental assessment and management, John Wiley & Sons, 1978.).

Ese fenómeno que podría ser caracterizado como el "mecanismo ecológico social de reacomodamiento" tiene incidencia directa en el trato entre los hombres y las mujeres. Esto es así, al percatarnos de que si bien la relación adecuada y decorosa entre mujeres y varones perdió su norte de larga data, también es cierto que la sociedad está encontrando respuestas para poner las cosas en su justo equilibrio.

En las condiciones señaladas, abrevo que la atracción sexual es la fuerza mas avasalladora de la naturaleza. El deseo de engendrar, de propagar los propios genes, es el impulso más potente de la naturaleza. Tal como ha dicho Sherwin B. Nuland: "Caen los imperios, se escriben grandes sinfonías y, detrás de todo eso, hay un solo instinto que exige satisfacción". Bill Bryson. Eso no significa que los seres humanos no tengan la capacidad de controlar sus impulsos. Lo que significa que es imperativo, especialmente para los varones por su generalizada superioridad física, actuar con decoro y respeto con las mujeres y ser plenamente conscientes del irrestricto tributo que se le debe al prójimo respecto de su integridad física y sentimental.

La intrínseca racionalidad humana permitió el control de los impulsos mediante el acuerdo social de reglas de comportamiento. Pero se advierte que en tiempos recientes se desarrolló un mecanismo de elusión sustentado en la jocosidad y frivolidad del trato que derivaron en un abuso de confianza en la relación humana. Olvidándose así el ser humano la regla liminal que impone el respeto hacia el otro y evitar ocasionarle un daño gratuito.

La Biblia en el libro Génesis cita y condena dos casos de acoso sexual: El primero de Dina, la hija de Jacob, por parte de Sikem hijo de Hamor; y el segundo caso, fue el de José, hijo de Jacob , quien luego seria el príncipe de Egipto, por parte de su patrona, la esposa del ministro Potifar. Ambos acosos agravados por causa de relación de poder del acosado por sobre el acosador, uno por ser mas fuerte físicamente y la otra por poseer derechos sobre el acosado, que era su esclavo. En ambos casos las normas de recato antes del acoso fueron trangredidas: José fue víctima del acoso de la esposa de Potifar cuando, como lo relata la Biblia, quedaron solos en la casa ellos dos sin otra compañía. Y Dina, cuando se adentró sola, por curiosidad, en una zona de pervertidos y promiscuos confiando solo en ella (Génesis 23).

Ciertamente, no podemos dejar de relacionarlos entre varones y mujeres, pero debemos hacerlo con códigos de respeto que más allá de las malas o buenas intenciones, no ofendan ni apabullen al prójimo, no lo hagan sentir presionado o acosado y no provoquen estímulos que sea difícil después ejercer el autocontrol.

En ese sentido, la ausencia de reglas de cortesía genera inconvenientes, de un lado, para lograr el acercamiento necesario para la introducción del vínculo y, del otro, para controlar nuestras propias debilidades y por sobre todo para no pecar de indecorosos o acosadores.

Aplicando estos principios a la situación comentada debo hacer notar la riqueza de la ley judía en relación al trato entre hombres y mujeres. El Talmud establece leyes de relación social que van desde el saludo, las miradas hasta como debe conversarse. Especifica el libro sagrado que el diálogo entre el varón y la mujer que no son esposos debe ser discreto y reducido a lo elemental y necesario.

No me escapa que las normas de recato son cuestionadas por algunas personas por considerarlas retrogradas y dignas de personas que no pueden reprimir sus impulsos naturales. Entre algunos de los feligreses de mi religión existe el cuestionamiento a la norma talmúdica que dispone que no resulta permitido permanecer en una sala a solas con una persona del sexo opuesto (en realidad la mayoría ignora o desconoce esa norma), o bien la regla de que no se puede besar a otra persona para saludar si no es su pareja oficial.

Sin ánimo de imponer las reglas que debo rigurosamente observar, no puede dejar de considerarse la importancia de acordar mínimos estándares de comportamientos que ayuden a evitar malos entendidos y refrenen los impulsos naturales. Mutatis mutandis, así como nadie pide que se respete las reglas protocolares del arte de comer, no es menos cierto que todos acordaríamos en la necesidad de hacerlo sin hablar con la boca llena.

Los movimientos sociales recientes dan cuenta que alumbra un nuevo y viejo paradigma. Tal cual exhorta el Talmud de larga data, las sociedades deben establecer códigos de conducta en la relación entre las personas de distinto sexo para evitar situaciones que luego serán motivo de arrepentimiento.

El respeto y el recato han caído en desuso y hoy la naturaleza se hace escuchar a través de una convocatoria a la decencia y los buenos modales por parte de las victimas de acoso.

Ojala aprendamos la lección.

* El autor es Gran Rabino de la comunidad sefaradí de la Ciudad de Buenos Aires y presidente de Memoria Mundial, una organización para la juventud