Nancy Pelosi, líder demócrata en la Cámara de Representantes (AFP)
Nancy Pelosi, líder demócrata en la Cámara de Representantes (AFP)

La elección de Nancy Pelosi como Speaker of the House (el equivalente a nuestro presidente de la Cámara de Diputados) en reemplazo del republicano Paul Ryan es un dato político que debería seguirse con atención, respecto de lo que puede ser el clima político de los Estados Unidos de aquí a la próxima elección presidencial, en noviembre de 2020.

Pelosi, quien ya ocupó ese puesto entre 2007 y 2011, es una californiana de 78 años, con padre (también político) de ascendencia italiana —Thomas D'Alessandro— y a su vez casada con Paul Pelosi, de la misma ascendencia. Es una militante del feminismo y del aborto, y se ha opuesto tenazmente a las políticas de Donald Trump en general y particularmente en el caso de la inmigración.

Haberla elegido para el lugar que ocupa, el tercer escalón de la sucesión presidencial (detrás del vicepresidente y del presidente pro tempore del Senado) es toda una señal del endurecimiento que los demócratas piensan imprimirle a su relación con el Presidente.

Será muy difícil que alguna legislación consensuada pueda surgir con un Poder Ejecutivo a cargo de Trump, un Senado que aún le responde al Partido Republicano y una Cámara de representantes presidida por Pelosi, gracias a la mayoría demócrata que en esa Cámara surgió luego de la elección de noviembre de 2018.

La señal no puede ser más clara porque el partido de Jefferson, de Roosevelt, de los Kennedy, de Clinton y de Obama, tenía otras opciones si hubieran querido enviar un mensaje encriptado de diálogo y convivencia. La elección de Pelosi es poco menos que una declaración de guerra a lo que piensa el Presidente.

No hay casi nada en el arco político norteamericano que quede más distante que Trump y Pelosi. La posibilidad de que ambos lleguen a un consenso en algo es prácticamente nula.

Pelosi representa el ala más liberal (en el sentido norteamericano) del Partido Demócrata y Trump representa un populismo de derecha tan anticuado como resultan las posturas de Pelosi en el otro extremo. Se trata, en otras palabras, de la discusión entre dos dinosaurios enquistados en clichés viejos, uno creyendo que el carbón debe volver a ser una fuente de energía y el otro creyendo que mujeres mostrando sus pechos representan la idea de la liberalización femenina. Prehistoria pura, en ambos casos.

Con personajes así en la cima de la discusión política de la primera potencia mundial no puede esperarse mucho. Al contrario, lo que puede esperarse no es bueno; ni para los Estados Unidos ni para el mundo.

La nueva Speaker se opuso fuertemente en 2005 —cuando George W. Bush ganó la reelección— a que el presidente presentara un programa de reformas al sistema previsional para que los trabajadores pudieran derivar parte de sus fondos jubilatorios a inversiones en acciones y bonos. Bush había presentado la idea porque el sistema previsional norteamericano, como el de la mayoría de los países del mundo, no es sustentable en el tiempo, dado que, con el avance de la ciencia y el alargamiento de la vida, la proporción de mantenimiento de trabajadores activos por trabajadores pasivos resulta cada vez más insostenible.

Oposiciones de esta naturaleza son constantes en Pelosi. Es decir, para ella la demostración empírica de que un tren va a chocar de frente contra un paredón no es suficiente evidencia para hacerla torcer sus posturas del populismo liberal (una vez más en el sentido norteamericano de la palabra).

Los demócratas tenían otras opciones menos extremas que Pelosi, como, entre otros, John Carney, John Larson o Mike Thompson, con menos antecedentes que la ahora Speaker, pero más negociadores a la hora de un eventual cruce con el Presidente. Pero su predilección por la representante del 12° distrito electoral de California marca claramente el rumbo que le darán a su relación con Trump.

De esto no pueden esperarse otra cosa más que chispas, sarcasmos de ambos lados, insultos, negaciones y una atmósfera francamente discordante. El clima político norteamericano se va a enrarecer más de lo que estaba. La diagonal del diálogo, que es la base del consenso, va a ser difícil con Pelosi. Si bien Trump no es una garantía de civismo, una elección más pensada podría haber hecho transcurrir este tiempo de transición hasta noviembre de 2020, en una senda de mayores aproximaciones.

Aquí estaremos frente a dos pesos pesados, anclados en la historia vieja de eslóganes perimidos, tratando de imponer cada una su visión jurásica de la realidad. Ninguno vencerá y el sistema político norteamericano saldrá perdiendo en un momento en que el mundo lo precisa como un faro incólume más que como desvalorizados fuegos de artificio.