(Manuel Cortina)
(Manuel Cortina)

En 2015 Argentina inició un cambio de signo político importante. El cambio debía dejar atrás años de aislamiento del mundo y de default. Veníamos con la confianza del mundo quebrada con un gobierno que durante 12 años había sido símbolo de corrupción en la región y el mundo. El cambio de signo político de la administración del presidente Mauricio Macri debía traducirse en un cambio del sistema político y del modo de vivir de los argentinos.

El desafío era generar un gran cambio cultural y dejar de ser el país de la promesa permanente para pasar a ser el país de las transformaciones concretas y duraderas. Empezar a crecer, desarrollarnos y darle entrada al futuro, a las políticas de Estado que vuelvan a colocar al país a la altura de sus posibilidades. Empezar a generar las condiciones para recuperar la previsibilidad y la certidumbre. Volver a ser un país próspero, confiable para el mundo y transparente.

El mundo político y de las finanzas desde el 2015 apostó por el cambio en la Argentina. Se entusiasmó con la esperanza de que la democracia más importante de la región volviera a la senda de las relaciones internacionales civilizadas y serias, dejando atrás años de populismo y demagogia. Es así como el mundo financiero ayudó a la Argentina, para salir del default y recobrar un normal desarrollo y desenvolvimiento en sus relaciones políticas y comerciales con el mundo.

Pero el mundo ha tomado nota de que no hicimos los deberes. Que no hicimos lo suficiente para generar cambios estructurales en la matriz económica, política, institucional y social del país. El Gobierno exhibió en el manejo de la crisis recibida una gran confusión sobre qué hacer con la economía, y eso determinó en estos tres años de gobierno del presidente Macri que los inversores estén escépticos, por no haberse producido en el país los cambios estructurales necesarios.

El Gobierno nunca tuvo un buen diagnóstico de la economía, ni tuvo por ende una buena conducción económica. Que no invertimos en obras vitales y medulares. Que no generamos una reforma política, fiscal y sindical como pide a gritos el país. Que no redujimos nuestro pesado y crónico déficit fiscal. Que no tenemos políticas de ahorro e inversión, incentivando a la actividad privada para producir y exportar de manera competitiva y simple.

La ayuda del mundo se gastó en intentar darle estabilidad política al Gobierno, sin cambiar la lógica gubernamental imperante. El agobio y la carga fiscal e impositiva a las empresas, los comercios y el ciudadano común son de las más altas del mundo. Como usuario, el ciudadano argentino acepta inconvenientes cada vez más grandes, y como contribuyente, cargas fiscales cada vez más pesadas. El deterioro de algunos de los onerosísimos servicios públicos hace que la situación para muchos ciudadanos sea muy pesada y difícil. Las protestas de los usuarios siguen siendo limitadas si se las compara con el servicio caro y malo que reciben. La gente se siente impotente ante las dificultades de la vida cotidiana y la pesadez de una burocracia que no se moderniza para hacerles la vida más sencilla a los ciudadanos.

Vivir en la Argentina es muy caro. Comprar una propiedad también es difícil para un trabajador. Entre la esperanza, aun así mantenida, y la realidad vivida, el contraste es brutal. Eso hace que mucha gente se encuentre más resignada que indignada. Ese desaliento no tiene nada de tranquilizador, está cercano a la desesperación, y algunos apuestan a que se transforme en rebelión o caos y poder volver atrás. Son los sectores políticos, gremiales y sindicales que no piensan en el país, sino en sus privilegios, sus intereses y sus posiciones. Apuestan al "cuanto peor, mejor".

El mundo ha tomado nota de toda esta realidad. El Gobierno, con sus errores y falta de pericia, ha generado su propio callejón sin salida y licuando su capital político transmitió a los mercados esta inseguridad que socava su estabilidad política. La sensación de debilidad engendra debilidad.

Esto es lo que le pasó al Gobierno estos meses donde siempre corrieron la crisis de atrás. Los mercados lo notaron. Hay una fatiga y cansancio de los inversores con la Argentina. También podríamos decir cierta decepción. A mayor expectativa no correspondida, mayor es la frustración y el desencanto. Por eso, muchos fondos de inversores se fueron del país y retiraron sus dólares abruptamente, lo que ahondó la crisis económica y cambiaria, que hoy comienza a dar respiro y busca iniciar el camino lento de la recuperación.

La guerra comercial entre Estados Unidos y China, la devaluación del yen en Japón, del rublo en Rusia, y la crisis turca y la devaluación del rial en Irán, sumado a la inestabilidad política e institucional de Brasil, que es el país que más compra e importa productos argentinos, todo esto no contribuyó en un escenario de errores no forzados del Gobierno argentino en estos meses. A todo esto, como si fuera poco, la suba de la tasa de interés en Estados Unidos no ha contribuido a retener inversores y capitales, que viraron hacia Estados Unidos, quien actúa, cuando esto ocurre, como una aspiradora de recursos financieros del mundo.

La crisis cambiaria, con fuerte suba del dólar casi duplicando su valor con respeto al pesos en cinco meses, la gran deuda tomada por el país (Argentina, Nicaragua y Brasil, sacando a Venezuela, son los países que más se han endeudado) trazaron un panorama complejo. La deuda de Argentina es igual al 83% de su PBI y se torna inestable. Argentina, con 50% anual de inflación, es el país con la segunda inflación más alta del mundo, también luego de Venezuela, que no es parámetro de nada.

Por todas estas debilidades, el país debió recurrir en la urgencia al Fondo Monetario Internacional, quien por la decidida ayuda del Gobierno de Estados Unidos le dio al país el mayor préstamo de la historia del organismo: 55.000.000.000 millones de dólares. Ir al Fondo Monetario Internacional FMI es ir a buscar el orden del cual se carece. El FMI es como el adulto que cuida el comportamiento de los niños traviesos en el jardín de infante. Ayuda con reglas y condiciones sobre qué se puede hacer y qué no. Y estas condiciones no son negociables.

La reciente aprobación del presupuesto para el año 2019 en el Parlamento argentino y el espaldarazo del apoyo cerrado y decidido de Estados Unidos juegan a favor en un mensaje a los mercados y al mundo financiero de que el país no irá al default y podrá iniciar su despegue de la crisis. El apoyo del Gobierno de Estados Unidos al presidente Macri no tienen que ver con la expectativa que genera, sino más bien con el temor de que Argentina retome la senda del populismo y regrese al control del gobierno y del país la ex presidente Cristina Kirchner.

El panorama es el de un tránsito en un sendero muy estrecho hacia la estabilidad. El desafío del Gobierno hoy es ver si restaura la credibilidad. El tema, se entendió, no pasa por seguir subiendo impuestos, sino por ordenar y bajar el gasto. Podríamos decir que desde hace muy poco se está haciendo lo que se debía hacer.

En política, muchas veces, no se apoya por el convencimiento de lo que se apoya es bueno, sino porque lo que podría reemplazar a eso que gobierna es peor. Las malas de los otros, más que las buenas propias, definen la defensa de intereses y posiciones geopolíticas que son las que priman en estos escenarios.

La situación del país es muy frágil, de una gran endeblez y precariedad. Se viene un año 2019 que va a definir mucho en la Argentina. Es la política lo que está en juego. La economía que no despega, sigue a la política y sus avatares azarosos e imprevisibles. Pero los inversores no solo desconfían de la vuelta del populismo, ni de los yerros del Gobierno que no encuentra el rumbo del diseño de un modelo de un país, sino que también desconfían de la cultura económica argentina, que por un motivo u otro solamente disciplina las cuentas fiscales y ordena la casa después de una explosión.

La deuda social exige creatividad y diseño de políticas serias. El 32% de pobres es una cifra que habla por sí sola. Un pobre en la Argentina, con la potencialidad productiva de un país que produce alimentos para diez veces su población, es hoy una vergüenza inexplicable. Se desconfía de nuestra cultura económica porque no aprendemos y necesitamos del la crisis o de la calamidad para ordenarnos, ajustarnos y concientizarnos de la necesidad de cambiar. Podemos exportar mucho y bien, y no solo carnes y cereales o frutas, sino también tecnología de avanzada, servicios financieros y de servicios, litio, cobre, gas, petróleo, acero y hasta uranio enriquecido para fines tecnológicos y de investigación. Además, con la reserva de Vaca Muerta en el sur del país, Argentina pasó a tener la segunda reserva mundial de petróleo y gas no convencional, lo cual en breve nos colocará, no ya como un país con petróleo, sino como un país petrolero, que en años podría ingresar a la Organización de Países Productores de Petróleo (OPPP).

La situación es de gran complejidad en el corto plazo, pero, a la vez, de gran oportunidad para adelante, sin somos capaces los argentinos de recorrer el camino virtuoso del crecimiento y desarrollo sustentable y sostenido, y abandonamos nuestra tendencia cíclica de emprender carreras hacia ninguna parte.

No debemos resignarnos a aquello que muchos creen como probable y es el hecho de que no seremos un país normal por muchos años en materia económica, por el efecto que tiene en la conciencia colectiva varias hiperinflaciones, el default del año 2002 y 70 años de un mayor protagonismo del Estado en la economía, que han colocado a la gente en una crisis existencial interminable.

¿Cuándo un país está en crisis? Primero, cuando su sociedad se ha olvidado de vivir a la altura de sus posibilidades. Y segundo, cuando el país se empobrece y con él su gente. La pobreza se define por la situación presente de un país, por la comparación entre la condición en que viven sus ciudadanos y las aspiraciones que la sociedad alimento en ellos. Por esos dos grandes aspectos es que estamos en crisis como sociedad. La respuesta y salida no debe esperarse que provenga solo de la política, de afuera, o de arriba, o desde el Gobierno; es la sociedad argentina la que debe ponerse a la altura de sus posibilidades y tomar el desafío de concretar el gran país que puede ser si confiamos en nosotros mismos.

No son tiempos de invertir en Argentina, pero sí Argentina es un país para invertir. Hay que esperar que los acontecimientos vuelvan a mostrar las oportunidades que están esperando su concreción. Las ganancias del mercado interno, aun con los altos costos impositivos y laborales, hacen que, en esa perspectiva, el país albergue un sinfín de oportunidades para emprendedores y hacedores.

Incluso en la dificultad, Argentina no tiene problemas ni conflictos raciales, religiosos, ni culturales y conviven en el país todos los credos y pensamientos del mundo. Argentina es, en ese aspecto, uno de los países más cosmopolitas, abiertos, flexibles, tolerantes y pacifistas del mundo, donde se albergan, como luego de la Primera y Segunda Guerra Mundial, todos los ciudadanos del mundo que desean un porvenir al sur del mundo y lejos de los recurrentes conflictos que la humanidad crea en el tiempo en las distintas regiones del mundo. Argentina ha sido y sigue siendo el lugar donde los ciudadanos del mundo llegan a destiempo de sus crisis, sus padecimientos, sus persecuciones o sus desventuras para remediar urgidos sus vidas y reparar aquí los estragos humanos y sociales provocados en el mundo.

Creo en el país de las oportunidades que permiten el desarrollo y evolución de todos. El país que genera futuro, bienestar, educación y progreso. El panorama no es sencillo ni alentador en el corto plazo, pero la potencialidad del país y sus recursos humanos son, a la vez, la esperanza para que podamos comenzar a transitar el camino de la recuperación y el crecimiento económico sostenido que brinde desarrollo duradero.

El autor es dirigente UCR – CABA.