Masacre de ezeiza- 20 junio 1973-Rregreso Juan Domingo Peron-Jose Rucci

[N. del E: “¿En qué momento se jodió Argentina?” es una serie de reflexiones a cargo de los más reconocidos pensadores de nuestro país que Infobae publicará todos los domingos durante el mes de diciembrep]

Responder a la consigna “¿En qué momento se jodió Argentina?”, tal como está formulada, supone imaginar una historia contrafáctica: cómo habrían sido las cosas si ese “momento” no hubiese acontecido. Pero las sociedades y la historia son emergentes de demasiadas variables como para poder señalar un índice unívoco. De allí que señalaré a lo sumo algunos acontecimientos en los cuales emergió una verdad no considerada en el saber o discurso vigente.

Podríamos comenzar mucho antes del “Hacete amigo del juez”, uno de los consejos del Viejo Vizcacha en el poema nacional escrito por el prófugo José Hernández en 1872. Esa retórica literaria encarna muchos de los vicios nacionales: el nepotismo, la desobediencia a la ley rayana en la anomia, la impunidad. Podríamos proseguir con otros acontecimientos escogidos arbitrariamente en un orden nunca exhaustivo. Y para acotar los acontecimientos a mis recuerdos, mencionaré el asesinato de Pedro Eugenio Aramburu en 1970. El sangriento retorno de Juan D. Perón a Ezeiza, protegido de la lluvia con un paraguas por un José Ignacio Rucci asesinado tiempo después. La retirada de la Plaza de Mayo de los jóvenes “imberbes”. Los tanques de los militares un 24 de marzo precedidos por un esperanzador “¿Cuándo vendrán los militares?” (sin imaginar siquiera que esos militares inaugurarían un sistema atroz, muy distinto del onganiato). La lucha armada que precedió a ese marzo fatídico que concluyó con el vitoreo a un Leopoldo Galtieri que envió a una guerra absurda a jóvenes mártires rápidamente olvidados…

El sueño de la democracia no bastó. Los cartoneros del 2001 fueron el testimonio viviente de promesas incumplidas por un sindicalismo enriquecido. El peronismo como una hidra con múltiples cabezas que se regeneran y cuya forma de hacer política sigue envenenando a los otros partidos que, pese a sus aspiraciones, no logran imitarlo en el grado de excelencia alcanzado en sus prácticas de corrupción política y degradación ética.

“¿En qué momento (se terminó de joder) la Argentina?”: cuando la palabra se tornó un instrumento perverso para seducir votantes y la política, un medio de vida altamente rentable. Cuando se construyó un sistema de apropiación política del Estado para fines particulares, valiéndose del amiguismo para capturar un Estado convertido en un “botín”. Cuando se compraron votos con planes que llenaron el país de chicos con barrigas vacías. Chicos con hambre y resentimiento. Con paco y con balas.

Pese a que en la Argentina todavía vivimos conjugando el tiempo pasado, el advenimiento de internet y las redes sociales que nacieron de esa suerte de reinvención del fuego inauguraron la posibilidad de cuestionar el presente a través de la democratización de la palabra. Sin embargo, el hecho de que la palabra ya no sea privativa de las élites obliga a un uso responsable: todas las actividades están atravesadas por el lenguaje, al que se supone veraz. La palabra empeñada, en particular, no es la mera permanencia de una cosa más del mundo, como decimos de un roble que persiste de pie. Por el contrario, es el testimonio de la constancia y la perseverancia de quien la pronuncia. E implica la obligación ética de corresponder a la confianza que un otro depositó en nosotros, gestando la congruencia entre el decir la verdad y conducirse de acuerdo con esa verdad.

En contrapartida, faltar a una promesa no solo es una traición a la palabra empeñada, sino que, además, dado que la promesa es una institución del lenguaje, dicha traición implica desalentar cualquier tipo de relación de cooperación en la sociedad. Y es un hecho irrefutable que nuestra situación empeora infinitamente cuando las intenciones ajenas no son las que inocentemente esperamos: toda vez que confiamos en la palabra del otro nos volvemos vulnerables. Porque creemos algo equivocadamente y actuamos, en consecuencia, también equivocadamente. Pues una vez convertidos en una presa fácil, corremos el peligro de ser perjudicados o traicionados en nuestra buena fe.

Se puede aducir que intentar recuperar una política orientada por la ética es un voluntarismo estéril, cuando no ingenuo. Que es imposible reconciliar la política con la ética. Y que ese es un síntoma de la antipolítica. Pero adviértase que señalar la corrupción de la política no implica hacer antipolítica. En todo caso, son quienes ejercen o avalan esa corrupción los que practican la antipolítica, privilegiando los intereses de unos pocos sobre el interés común, destruyendo la política y desacreditando el ejercicio del poder público. Solo a través de una rectificación ética de la política se garantizará la gobernanza, esto es, la posibilidad de acuerdos entre gobernantes y gobernados para construir las instituciones y las normas necesarias para generar oportunidades y solucionar los problemas de los ciudadanos.

Por cierto, conferirle cierto valor social al intercambio verbal supone la aceptación de algunas reglas básicas, entre ellas, la de depositar un voto de confianza en una dirigencia que debe responder a dicho voto. No solo para ganar credibilidad, sino lisa y llanamente porque hoy es posible la verificación de datos de los políticos. Solo mediante la contrastación del discurso con los hechos, la política puede ser entendida más que como una competencia retórica vacía de contenido, como una experiencia comunitaria donde la palabra —con su elemento performativo— inaugura un compromiso a futuro. Extirpando, en ese horizonte lejano pero no utópico, el paco y las balas.

La autora es doctora en Filosofía (UBA) y directora de las diplomaturas a distancia en Bioética Clínica, Ética de la Investigación y Reproducción Asistida, de la Universidad Isalud.