Termina un año en el cual el loop de la decadencia parecía seguir su curso como hace 43 años, sin que podamos encontrar el piso sobre el cual detenernos. Afortunadamente no fue así, estamos encontrando dónde afirmarnos.

No es desde la política ni la economía desde donde apareció esta salida al aburrido proceso de decadencia en la cual la dictadura militar nos introdujo y la democracia no supo ver la vía de escape. En realidad, no solo no la vio, sino que nos fue quitando hasta la confianza en las instituciones, base para constituir una nación.

Leo artículos diversos en los cuales se reparten culpas a Cristina Kirchner o a Mauricio Macri, al peronismo o al antiperonismo, al estatismo o al neoliberalismo, al populismo o al liberalismo y otras antinomias más, abundan y no resuelven el dilema.

Pues bien, no lo encontraran ahí. En todos los países exitosos del mundo se discuten y se enfrentan sectores de la política y de los intereses con base en esas contradicciones, pero eso no les impide desarrollarse y generar bienestar en sus pueblos.

Cuando saltó la causa de los cuadernos, nos empezamos a dar cuenta de que el desarrollo de esa investigación cruzó transversalmente a toda la sociedad y a todo el arco político. Fue el factor desencadenante para que aparecieran, junto con los políticos de todos los gobiernos, empresarios, jueces y funcionarios de todo tipo y color como parte de un conglomerado de actores que protagonizaron nuestro fracaso. Otros jueces se fueron animando, en el ámbito nacional y también en las provincias.

Y fundamentalmente, los empresarios, los reclamantes de siempre, los cómplices permanentes del dinero negro de la política. Claro, no todos, pero muchos e importantes.

Luego llegó la final de la Copa Libertadores con el super partido entre River y Boca. Y todos los argentinos vimos arriba de la mesa, sin posibilidad de ocultar nada, cómo fronterizos de las llamadas barras bravas, policías, políticos y hombres de la Justicia mostraron al mundo el fracaso en la organización de un espectáculo. Quedó al descubierto que para que existan barras bravas se requieren policías corruptos, para que subsistan dirigentes deportivos se necesitan políticos corruptos, y que todos juntos llevaran al fracaso un simple espectáculo.

Si queremos encontrar explicación al riesgo país, esta es la explicación. Al inversor poco le interesa quién es el culpable, le interesa si hay riesgo o no y los argentinos no dudamos que lo hay. Solo discutimos quién es el culpable.

Esto quiere decir que antes, mucho antes de discutir la inflación, el déficit, la deuda externa, la promoción, los subsidios, las tasas de interés, etcétera, debemos entender que en un país con su dirigencia comprometida en la corrupción el debate debe centrarse en esa cuestión. Lo demás es inocuo e inútil.

Con la dictadura, Argentina perdió el rumbo, se apropiaron de empresas a la fuerza, secuestraron mujeres embarazadas, mataron a las madres y vendieron los bebés. Corrompieron al sindicalismo, a los jueces, destruyeron valores morales y éticos.

La democracia, en lugar de llamar a la unidad nacional para recuperar un Estado que esté al servicio del pueblo y trazar un plan a largo plazo, se trenzó en una pelea de gallinero entre partidos políticos tan destruidos que ni siquiera pudieron organizar la resistencia a los militares insubordinados.

Lanzaron planes de asistencia social que, en lugar de beneficiar a los asistidos, los encarceló en la jaula de las dádivas y la cultura del anti-trabajo. Esos planes comenzaron siendo ochocientos mil y llegan hoy a superar los 15 millones. En lugar de competir por generar empleos, se compite por entregar planes sociales. Dicho así parece estúpido, pero esa es la base de nuestra decadencia.

¿Eso significa suprimirlos? No estoy demente, para nada, eso significa reunir a aquellos que están fuera de la montaña de la corrupción y planificar el país que queremos, definir qué vamos a producir, adónde vamos a promover actividades productivas para dotar a esos lugares con los servicios públicos necesarios y con las viviendas apropiadas.

Planteado así parece un canto de sirena, pero no, hay muchos argentinos dispuestos a romper con las antinomias que ocultan a los delincuentes que nos gobernaron.

Ya ni siquiera interesa si se dicen liberales, peronistas, radicales, socialistas o comunistas, de River o de Boca. Solo interesa que tengan moral y ética suficiente para poner como objetivo el desarrollo nacional. Todos deberían partir de la base de que no existe país desarrollado con bajos salarios, ponerse de acuerdo en que no se puede defender o subsidiar a ningún sector que no aporte riqueza para el país. Cada peso de subsidio o cada arancel de protección debería estar acompañado de un compromiso de bien común, y no propio.

En ese marco, cada convenio laboral tendría como objetivo el bien del conjunto. De nada sirve que un sector se privilegie para que otro se perjudique. Eso es anti-nación. Cada empleo público debe ser estudiado por su capacidad de devolver cada peso gastado en él a la sociedad que sirve. Al docente habrá que garantizarle un salario más que digno, atado a algún parámetro que lo garantice. Luego de esto se le deberá exigir el sacrificio, la dedicación y la capacitación que asegure el éxito de una tarea que es, sin duda, la de mayor importancia para el futuro de todos.

Y así podríamos seguir enumerando sector por sector, pero con un denominador común: cada idea, cada propuesta, deberá tener un solo objetivo, el bien común.

Claro, esto parece imposible, seguramente muchos pensarán que todo esto solo se podrá lograr después de que toquemos fondo. La verdad, no lo sé, hay algo que me da esperanza. La capacidad de los jóvenes de ignorar esta política inútil y corrupta para ir construyendo vasos comunicantes que les permitan soldar una sociedad más sana, que tenga dirigencia más altruista.

No estoy loco al sentirme conmovido por lo sucedido a partir de la denuncia de Thelma. Escucho a muchos bien intencionados en repensarse a sí mismos, de rearmarse ante una denuncia que, en sí misma, ya poco interesa pero que abrió la jaula y permitió que se debatiera uno de los cimientos de nuestra cultura. El machismo y la actitud cómplice de mujeres con esa cultura.

Por eso sumo, Bonadío más Thelma, más allá del curso de la vida de ellos mismos, nos mostraron un camino, que permitirá la reconstrucción de un contrato social sin hipocresías.

Siempre recordaré a Mandela, el hombre que hasta destruyó a su propia familia que lo impulsaba al revanchismo, y que fue capaz de convocar a una nación a su reencuentro.

Gracias, Claudio. Gracias, Thelma.

El autor es ex presidente de la Empresa Social de Energía de la Provincia de Buenos Aires (Eseba), ex presidente de Asociación de Distribuidoras de Energía Eléctrica de la República Argentina (Adeera).