Las evidencias históricas nos dicen que los países que crecen económicamente, es decir, expanden de una manera firme y sostenida su producción y su empleo, lo hacen siempre impulsados por el esfuerzo de su propio ahorro interno, orientado a financiar las inversiones de carácter productivo, o sea, orientadas a aumentar la oferta de bienes y servicios producidos en el país.

Esto de ninguna manera significa que la inversión extranjera no sea también importante, aunque en mucha menor medida que la propia inversión nacional financiada por los recursos aportados por el ahorro interno. El papel de la inversión extranjera es complementario, pero nunca sustituto de la inversión financiada por el propio ahorro nacional. Casi siempre las inversiones generadas internamente en un país son mucho más importantes que las inversiones externas, cuya primacía históricamente se manifestó únicamente en países subdesarrollados y con grandes riquezas mineras, como algunos países africanos.

Hace ya años que Argentina no es un actor importante en el escenario latinoamericano de las inversiones extranjeras orientadas a la producción, es decir, que no hay una "gran lluvia de inversiones". Para tener una idea de la importancia en nuestro país de estas inversiones extranjeras, señalemos que, según las últimas estimaciones de la Comisión Económica para América Latina (Cepal), nuestras inversiones externas nos indican un nivel de 268 dólares anuales por habitante. Esto significa que nuestro nivel de inversiones externas por habitante se ubica en el promedio de toda la región.

En América Latina hay países que registran un nivel mayor de inversiones externas por habitante que nosotros, por ejemplo, estas inversiones extranjeras por habitante son en Panamá equivalentes a siete veces las nuestras; en Costa Rica son más del doble; en Chile son un 33% mayores; en Brasil, 27% más y en Colombia, 8% mayores.

No hay crecimiento económico sin inversión, y no hay inversión sin ahorro interno pero, atención, aquí entra a jugar negativamente el déficit fiscal, ya que por su propia naturaleza el déficit fiscal es ahorro negativo, es decir, mientras mayor sea el déficit fiscal, menos será el ahorro neto interno y, por ende, menos serán las inversiones. Es decir, con déficit fiscal excesivo y prolongado no puede haber un sostenido crecimiento económico, como hoy nos enseña la empobrecida Venezuela. El gran desafío que enfrentamos es como reducir nuestro enorme déficit fiscal, no será nada fácil, pero sin un amplio acuerdo político será prácticamente imposible.

El autor es miembro de la Academia Nacional de Educación.