La pugna estratégica entre Estados Unidos y China se desarrolla básicamente en tres campos: comercial, cibernético y espacial. El primero es el más evidente porque produce efectos más claros en el corto plazo. Donald Trump ha desatado el conflicto y lleva ventaja, más allá de que no haya logrado reducir el déficit de la base comercial estadounidense. Pero esta ventaja se traduce en una reducción del crecimiento chino, que puede estar precipitando una baja global, que también afecta a los Estados Unidos.

Mientras Estados Unidos llega a Marte, China lo hace a la Luna, donde un astronauta estadounidense llegó hace ya medio siglo. Además, el primero tiene una creciente inversión privada en su programa espacial, lo que aumenta considerablemente los recursos, algo que China todavía no tiene.

Por último, está la carrera por dominar la tecnología de internet y fenómenos como la ciberguerra. La ventaja de Sillicon Valley es muy importante, pero la potencia asiática ha logrado tomar algunos atajos y tiene ventaja en cuanto a la tecnología de control de los sistemas. La reciente detención en Canadá de una ejecutiva de la empresa china Huawei, a pedido del Gobierno estadounidense, se inscribe en esta pugna. Es la más importante mirando el largo plazo y la renovación de la carrera espacial incentivada por la posibilidad de la explotación de los minerales que conocemos y no conocemos, y la proyección todavía confusa de la soberanía nacional a este ámbito. En diciembre, una nave de la NASA aterrizó en Marte, con el objetivo de investigar qué recursos naturales hay, evaluar la posibilidad de su explotación y de vida humana, entre otros objetivos.

Al mismo tiempo, un satélite chino avanzó en pos de alunizaje en la "parte oscura de la Luna", que no ha sido explorada. Pero en este ámbito la ventaja estadounidense es muy grande. La reciente creación del Comando Aeroespacial de los Estados Unidos se inscribe en esta pugna.

Vinculados con la puja en el campo cibernético coexisten cuatro modelos de internet, los que se relacionan con actores geopolíticos. Wendy Hall, profesora de Informática de la Universidad de Southampton, los define así: el primero es el "internet abierto" de Silicon Valley, que busca la descentralización, la apertura y la libertad que esta permite; el segundo es impulsado por la Unión Europea, también llamado "internet burgués", que busca la regulación del anterior, que se evite el "trolleo" y las "fake news" y que además pague impuestos, como los que acaba de imponer Francia a las grandes empresas tecnológicas estadounidenses; el tercero es el "internet comercial", que tiene el apoyo de la administración Trump y legisladores de Washington, que valoran la innovación y la explotación del "big data", no temen al oligopolio y rechazan el modelo de Sillicon Valley de libertad absoluta; el cuarto es el "internet autoritario", el cual defiende China, utilizando la tecnología de monitoreo y la influencia en la interacción social, con el fin de manejar la seguridad, la cohesión social, la salud y el bienestar de la población. A ellos se agrega el "internet parásito", que suele manifestarse en la "piratería anárquica" aliada del nacionalismo extremo, que busca propagar la desconfianza. El modelo estadounidense favorece al interés privado y el chino al público, siendo este último una alternativa que buscan cada vez más gobiernos.

Las empresas tecnológicas estadounidenses están recurriendo cada vez más a argumentos nacionalistas para refutar críticas y frenar proyectos de regulación. Durante el año que finaliza, Mark Zuckerberg y otros líderes de compañías tecnológicas estadounidenses se han defendido de cuestionamientos e intentos de control, argumentando que si los perjudican "estarían entregando el futuro a China". De acuerdo con su razonamiento, el Gobierno chino respalda a sus empresas tecnológicas, porque sabe que la competencia es global y la quiere ganar. Sostienen que 8 de las 20 empresas más grandes del mundo ya son chinas. Que Estados Unidos impulse divisiones y regulaciones, en lugar de hacer lo posible para subsidiar y proteger a sus empresas, favorece a su oponente. Quienes rechazan los argumentos de Zuckerberg y sus colegas responden con el resultado de la puja que en los años setenta se desató en materia tecnológica entre Washington y Tokio. El primero se impuso sin interferir en sus compañías privadas, mientras que el segundo fue derrotado aunque el gobierno apoyaba a sus empresas.

El caso Huawei ha puesto en evidencia el temor de los gobiernos de las grandes potencias a perder el control en materia de tecnologías sensibles. Ello aumenta cada vez más las políticas de control para evitar que las grandes empresas tecnológicas queden bajo control extranjero. Un informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) sostiene que en 2001 solo el 20% de las transacciones de empresas fueron revisadas por los gobiernos y, en cambio, en 2019 serán la mitad. Ante todo, los gobiernos ponen trabas a las acciones que pueden implicar el "robo de tecnología". Lo que en pasado era la restricción por razones estratégicas a que los extranjeros tomen el control de empresas militares se ha ampliado hoy a otros sectores, comenzando por el tecnológico.

El documento de la misma organización sobre la intervención estatal en las industrias vinculadas con la seguridad nacional y el orden público dice que en poco tiempo se pasó de impulsar la baja de aranceles a imponer importantes restricciones. Para 2019, el 40% de las grandes empresas de tecnología del medio centenar de países que integran la OCDE habrán adoptado medidas de control acerca de su nacionalidad. La Casa Blanca tiene un claro propósito: mantener la posición de Estados Unidos como superpotencia tecnológica y ello está también por detrás de la guerra comercial. Huawei preocupa en Washington por sus relaciones con los servicios de inteligencia chinos y por su éxito como fabricante de equipos de telecomunicaciones y ello puede anticipar un futuro en el cual China puede competirle con éxito.

En conclusión: la pugna estratégica entre Estados Unidos y China se desarrolla en tres campos: la llamada guerra comercial, la pugna por el control del mundo de la tecnología y la carrera espacial; al mismo tiempo coexisten cuatro modelos de internet: el de Silicon Valley que defiende la libertad total, el europeo que busca la regulación, el de Estados Unidos con enfoque comercial y el chino de sesgo autoritario. Por su parte, las empresas tecnológicas estadounidenses reclaman medidas de protección, con argumentos nacionalistas para no ser superadas por China y también está en juego el control nacional de las empresas de alta tecnología, poniéndose cada vez más restricciones a que capitales extranjeros tomen su control.

El autor es director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría.