Placa en homenaje a Rivadavia, colocada por los empleados municipales en 1910, en el frente de la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Placa en homenaje a Rivadavia, colocada por los empleados municipales en 1910, en el frente de la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

La Ciudad de Buenos Aires posee innumerables curiosidades históricas. Es posible encontrar desde esquinas donde "dialogan" próceres antagónicos en lo ideológico, hasta dudosas consideraciones históricas. En ese universo, por ejemplo, en Palermo, Sarmiento y Bullrich "se acercan" a la quinta de Juan Manuel de Rosas, San Martín y Mitre "se cruzan" en el microcentro financiero de la ciudad y Moreno y Saavedra "se cortan (confrontan)" en Balvanera. En toda esa contaminación emanada por el tránsito, en típica ruta del turista, cerca de la Plaza de Mayo, enfrente del patio del Cabildo y en lo alto de la pared sur del histórico edificio del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, en un mármol puede leerse: "A Bernardino Rivadavia, estadista genial".

Bernardino Rivadavia ejerció el cargo de Ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores en el mandato del general Martín Rodríguez; posteriormente, entre febrero de 1826 y junio de 1827, se transformó en el primer Jefe de Estado de las Provincias Unidas del Río de la Plata (del territorio unificado). Los historiadores heterodoxos recuerdan a su fugaz gestión como "la feliz experiencia", señalando a Rivadavia como "españolista", amigo de los británicos (y portugueses) deseosos por avanzar sobre el Río de la Plata, impulsor de la Ley de 1822 que autorizó al Estado a endeudarse en el exterior (los antecedentes embrionarios de la recurrente deuda externa argentina), ideólogo del empréstito negociado en 1824 con la Casa Baring Brothers de Londres y promotor de la Ley de Enfiteusis.

Durante el Gobierno de Martín Rodriguez, mediante la intermediación de "ilustres conocidos", Rivadavia gestionó activamente un préstamo por £ 1.000.000 en la Casa Baring Brothers de Londres. Sin entrar demasiado en detalles por cuestiones de extensión, la deuda tenía por objeto financiar la fundación de pueblos en la frontera con "el indio", la creación de un Banco Nacional y la construcción de una red de agua en la ciudad y un puerto. Del monto total de la deuda nominal contraída, se recibió alrededor £ 552.000 (el 55% del total), mayormente en letras de cambio para utilizar en comercios de propiedad de ciudadanos británicos afincados en Buenos Aires y de criollos que participaron activamente en el trámite del empréstito. ¿Dónde quedó el 45% restante? En la Casa Baring bajo la forma de descuentos y pagos adelantados, comisiones de intermediarios, gastos de representación de ciertos personajes (los que "casualmente" estaban negociando en Londres un préstamo para el Gobierno de Perú) y otros conceptos no aclarados.

La Ciudad de Buenos Aires es posible encontrar esquinas y barrios donde “dialogan” próceres antagónicos

De ese modo, el entonces ministro Rivadavia, el mismo que el pueblo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires homenajea diariamente a metros del inicio de la honorable Avenida de Mayo (el recuerdo latente de la gesta de 1810), se endeudó por ese total, recibió una parte de esos fondos de la manera ya mencionada, hipotecó tierras públicas de la Provincia de Buenos Aires (cuya venta estaba prohibida por ley) y permitió que se financiaran aventuras bélicas y actividades especulativas promovidas por terratenientes y financistas. Tal como lo señaló el historiador Harry Ferns, estudioso de las relaciones entre la Argentina y Gran Bretaña durante el siglo XIX: "Fue Rivadavia quien buscó a los capitalistas y no éstos los que se impusieron a la Argentina" (Ferns, 1960). Treinta y cinco años después de la firma de aquel programa financiero (a fines del decenio de 1850), el stock de esa deuda se había multiplicado por 2,5 con respecto al valor nominal original (£ 2.500.000) y se encontraba prácticamente en cesación de pagos (default). Aunque hay cierto debate al respecto, la deuda "se honró" a principios del siglo XX por una cifra cercana a £ 45 (por libra recibida en aquel entonces).

Como se señaló previamente, las tierras públicas constituidas en garantía para sellar el acuerdo estaban impedidas para la venta. Mediante la aprobación de la Ley de Enfiteusis, Rivadavia logró que las mismas se pudieran transferir a la órbita privada (se podían reclamar inmensas extensiones de tierra de manera legal). A cambio de un canon anual de entre 4% y 8% del valor de la propiedad, el interesado mínimamente accedía a arrendar media legua. Curiosidades: 1) la Ley de Enfiteusis no imponía límites máximos a solicitar y 2) el valor del canon era actualizado por un comité integrado mayoritariamente por terratenientes. La ausencia de topes en las extensiones a requerir y la regulación de arrendamientos a precios irrisorios por la tenencia perpetua de esas propiedades ubicadas en zonas preciadas de la provincia de Buenos Aires, constituyeron uno de los más contundentes antecedentes históricos de transferencia de riquezas y desgajamiento del patrimonio público (mediante prácticas financieras más elegantes y sutiles, esta metodología se replicaría durante el siglo XX). Intereses incompatibles con la necesidad de una equilibrada ética pública, posibilitaron que latifundistas, políticos, militares y comerciantes agigantaran febrilmente sus fortunas y colocaran sus apellidos en lo más alto de la escala social decimonónica (esto aún se visualiza). Según David Rock: "La enfiteusis permitió a los especuladores obtener tierras a largo plazo sin costos; no pagar ningún precio de compra y prácticamente ningún arrendamiento; sencillamente registrar sus peticiones" (Rock, 1985). Entre los beneficiarios, los nombres se repiten en esa época y aún se evocan en calles, plazas, avenidas e, incluso, nombres de pueblos del Interior del país.

Argentina recibió poco más de la mitad del monto acordado por el gobierno de Rivadavia con el prestamista Baring

La vida y obra del primer presidente argentino, las vicisitudes internas y externas de la década de 1820, la explosiva movilidad social ocurrida en esos tiempos por ciudadanos influyentes y la inacabada nobleza del Estado Nacional como agente proveedor de recursos sociales, deben ser objeto de permanente estudio (y recuerdo) en la Argentina. Especialmente, en escenarios como el actual, donde crece la preocupación por las consecuencias del endeudamiento externo, se advierte acerca de un potencial problema financiero del Estado nacional en 2020, aumenta el spread de riesgo soberano y se duda sobre el trasfondo ético del individuo (tanto en lo público, como en lo privado y en ambos lados al mismo tiempo).

Para finalizar, recuérdese que hasta los últimos días de su vida, Rivadavia exhortó que sus restos mortales nunca volvieran a Buenos Aires (quizás por haber sido expulsado cuando intentó regresar en 1834). Sin embargo, tras detectar las magras condiciones de su sepulcro en Cádiz, la Sociedad de Beneficencia (creada por el mismo Rivadavia en 1823) los repatrió y depositó en el Cementerio de la Recoleta en 1857. Pero, como una ironía más del destino, desde 1932 descansan en el mausoleo de la Plaza Miserere (la Plaza Once) a aproximadamente 10 mil kilómetros del lugar donde el "estadista genial" lo hubiera deseado.

El autor es economista. Profesor de la Universidad de Buenos Aires. Twitter: @gperilli