La conjunción entre el clima festivo y las tradicionales tensiones sociales características de las siempre intensas jornadas de diciembre parece disipar la centralidad del clima electoral, proponiendo una suerte de stand by previo a continuar o comenzar, dependiendo cada espacio político, las campañas que dirimirirán los principales cargos representativos en disputa: presidente de la Nación, gobernadores, intendentes y legisladores.

Aún son pocos los dirigentes y espacios que decidieron lanzar formalmente las campañas. Los espacios políticos nacionales más convocantes pospusieron el puntapié inicial de sus campañas hasta finalizadas las fiestas de fin de año. Queda claro que dicha decisión no corresponde solo a una excusa atada al calendario gregoriano, sino que tiene una relación directa con el inestable escenario electoral, en donde las candidaturas y los posicionamientos son aún inciertos. Las imágenes de los dirigentes sucumben con acontecimientos cotidianos, y las alianzas políticas y los armados electorales siguen en proceso de negociación permanente.

Sin embargo, y en un plano menos visible, están teniendo lugar múltiples movimientos en gran medida imperceptibles: presdigitadas jugadas propias de ajedrecistas con las que se intentan ganar posiciones mediante las provocaciones a los adversarios. El objetivo general de estas acciones tiene que ver con incentivar al oponente para que dé pasos en falsos.

La reacción visceral y, por ende, irracional, es lo que se busca desatar con este tipo de estímulos. ¿Por qué puede entenderse como un paso en falso? Reaccionar a provocaciones es sin dudas una actitud riesgosa, que deriva en asumir posiciones reactivas en un escenario en que siempre son recomendables las actitudes proactivas, en la puja central por definir el terreno de la contienda electoral. Más aún, en momentos en el que muchas estrategias electorales —implícita o explícitamente— ya comenzaron a implementarse y todo indica que irán incrementando su intensidad en los próximos meses.

Hay dos elementos que deben considerarse con suma cautela a la hora de reaccionar a una provocación. El primero es que, si el candidato reacciona, puede estar siendo funcional a la estrategia de su adversario, que lanza un ataque precisamente para buscar una respuesta que fortalece su propio posicionamiento. El segundo elemento a tener en cuenta es la cantidad de recursos —dinero, imagen, tiempo, esfuerzos organizativos— que debe destinarle el candidato y su equipo de campaña a contestar dichos ataques, en detrimento de seguir concentrado todos los efuerzos en los objetivos de su propia estrategia de campaña.

En este marco, podría decirse que si Cristina Fernández de Kirchner respondiese enfáticamente a algunas de las múltiples provocaciones que Cambiemos le ofrece en el escenario actual, no solo sería funcional a las perspectivas reeleccionistas de Mauricio Macri, alimentando la todavía funcional estrategia de polarización, sino que estaría resignando su propia estrategia de campaña en favor de la ideada en Balcarce 50.

En definitiva, no se trata de evitar las diatribas y dialécticas constitutivas de la política, sino de ser precavidos y evaluar los beneficios y los riesgos que conllevarían los cruces discursivos en el marco de las estrategias electorales.

El balance del 2018: de la crisis del dólar al G20

Si pusiésemos sobre la mesa la performance que, en términos de opinión pública, tuvo Cambiemos durante el 2018, resulta muy evidente que está muy lejos de ser un año de triunfos.

Sin embargo, y tras un año en el que la economía —específicamente tras lo sucedido con posterioridad a la corrida cambiaria disparada en el mes de abril— hizo sucumbir la imagen pública de Macri, la reciente cumbre del G20 parece haber abierto un nuevo escenario que de la mano de un leve repunte devuelve el optimismo a las huestes de un oficialismo que todavía confía en un proceso de reactivación económica promediando la campaña electoral del año próximo.

La lógica de un sector del Gobierno sobre la opinión pública es que esta tiene que ser un aliado fundamental, sobre todo en los tiempos electorales. Pero ni siquiera durante todo el año electoral, sino que alcanzaría apenas con que se acote su benevolencia a los 3 meses de campaña, más específicamente aún en el lapso que va entre los meses de agosto y octubre. De allí la esperanza que depositan algunos estrategas del oficialismo en una supuesta reactivación económica que podría manifestarse a partir de abril o mayo del 2019.

Lejos de la fortalecida posición con que el Presidente consagró el triunfo electoral del 2017, hoy su principal estrategia para aspirar a una reelección nacional consiste en apuntalar una serie de victorias locales en distritos como la provincia de Buenos Aires, Capital Federal, Jujuy, Mendoza, Corrientes —provincia que solo tiene elección legislativa—, entre otros distritos que celabrarán elecciones desdobladas o simultáneas con las nacionales.

Quizás una de las variables que más tranquiliza al Gobierno es que, si bien la imagen de Cristina suele repuntar cuando la de Macri decae, una serie de estudios cualitativos sobre el posible escenario de ballotage, difundidos en las últimas jornadas, arrojan que quien tiene mayores oportunidades de fortalecer un vínculo con el electorado "no convencido" es Cambiemos y no Unidad Ciudadana.

En otras palabras, si bien en la transición entre el 2017 y el 2018 Cambiemos abandonó la idea de un triunfo en primera vuelta, asimilando la posibilidad de que, incluso la ex mandataria pudiese ganar por uno o dos puntos de diferencia en octubre, la hipótesis de la victoria de Macri en ballotage se fortalece cada vez más.

Siguiendo este análisis, la estrategia de polarización múltiple —no solo que Macri polarice con Cristina, sino que también lo haga María Eugenia Vidal en el marco de una elección desdoblada— comienza a materializarse conforme nos acercamos a los tiempos de definiciones.

2019 y el eco de la campaña de 2015

El carácter cíclico de la historia parece cristalizarse en la Argentina electoral. Ecos de la campaña de 2015 resuenan así en la contienda de 2019: un escenario de tercios, con dos grandes bloques con altos porcentajes de votantes duros; y un tercio restante del padrón que se constiuye en la clave de bóveda para el triunfo.

En este marco, la madre de todas las batallas no es en octubre (elección general) sino en noviembre (ballotage). El kirchnerismo no logra consolidar un puñado de candidatos con el consenso necesario para competir en distritos claves como Buenos Aires, Santa Fe, Córdoba o Capital Federal. Cristina puede vanagloriarse de su piso electoral, pero es su techo el que amenaza con diluirle la posibilidad de ganar.

A todo ello se le suman las carencias de Macri, quien no solo no dispone de una carta fuerte en materia económica para mostrar de cara al inmintente proceso electoral, sino que además siente el desgaste de tres años de gestión y el peso de las promesas incumplidas y expectativas furstradas de la campaña anterior. Quizás la más lacerante para su discurso es el reciente dato de incremento de la pobreza que, pese al énfasis en el objetivo de la pobreza cero, da cuentas de que el 33,6% de los argentinos son pobres.

El receso electoral que seguramente tendrá lugar hasta mediados de enero puede ser la oportunidad para ultimar los ajustes restantes en las estrategias de campaña previo a que el calendario electoral comience definitivamente. En esta etapa de la contienda la precaución deberá ser la norma, ya que cualquier paso en falso podría tener un correlato negativo en el resultado final.

El autor es sociólogo, consultor político y autor de "Gustar, ganar y gobernar" (Aguilar, 2017).