Un fantasma recorre el mundo: es el fantasma del voto emocional. Desde el Brexit a la elección de Donald Trump, del voto a Rodrigo Duterte en Filipinas al de Viktor Orbán en Hungría, de la elección en Italia a la de Brasil, todas están marcadas por esa característica. El voto bronca que castiga al establishment político está a la orden del día. La reciente elección en Andalucía se inscribe en esta tendencia que, por ahora, parece irreversible.

Los líderes que apelan a los sentimientos más negativos y primitivos que anidan en cada sociedad son retribuidos con el voto de una mayoría descontenta e insatisfecha con el sistema político. Una mayoría dispuesta a escuchar y seguir a quienes le digan lo que quiere oír, sea o no cierto. Es la era de la posverdad y de las fake news.

Siempre ha existido la tensión entre la "soberanía del pueblo" y la "soberanía de la razón" o, en palabras de Sartori, entre el gobierno de la opinión y el gobierno del saber. Pero esta tensión alcanza, en los tiempos que corren, límites hasta hace poco no imaginados.

El voto emocional es hijo de la crisis económica y social. En un estudio realizado por el renombrado politólogo Adam Przeworski junto a otros colegas se analizó una muestra de 135 países entre 1950 y 1999 para concluir que es muy raro encontrar democracia en países pobres. Por otra parte, el nazismo y el fascismo surgieron en países desarrollados cuando importantes sectores de la población quedaron sumidos en el desempleo y la miseria.

Las soluciones autoritarias surgen tan pronto la democracia deja de ser la solución mágica con la cual se come, se cura y se educa, como prometía Raúl Alfonsín. Es que para ello, además, se requiere de gobernantes que sepan hacerlo. Y la democracia no lo garantiza automáticamente.

En las naciones pobres o empobrecidas, la mayoría de la población tiene poco que perder. Más aún, si el autoritarismo promete alguna mejora en los ingresos de los sectores más postergados, mayor seguridad y menos corrupción, hay pocas razones para añorar la democracia. La demagogia verborrágica tiene mucho más atractivo que una democracia que no mejora la suerte de las mayorías.

El gran desafío para la democracia hoy es ser capaz de reducir y eliminar la pobreza, la inseguridad y la corrupción. Y esta batalla la democracia la está perdiendo en muchos lugares del planeta.

La democracia debe reinventarse. No basta que sea el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo. Hoy también se le exige que asegure el bienestar de dicho pueblo, su seguridad y destierre la corrupción de su seno. Solo así logrará sobrevivir.

El autor es profesor de la Universidad de Belgrano y de la UBA.