(Archivo General de la Nación)
(Archivo General de la Nación)

[N. del E: "¿En qué momento se jodió Argentina?" es una serie de reflexiones a cargo de los más reconocidos pensadores de nuestro país que Infobae publicará todos los domingos]

La Argentina está empantanada en un proceso de inconcebible decadencia. En medio de la frustración general, los dirigentes no logran encontrar un rumbo que ponga fin a este estado de cosas. A la decadencia moral de los grupos dirigentes se suma una inútil confrontación social que frena nuestro encuentro con el futuro.

Somos una sociedad dividida, enfrentada por antagonismos que no logramos superar —ni a veces entender— ante una desilusión popular que se expande. Enfrentamos una dramática situación que amenaza hacernos perder el tren del siglo XXI, desaprovechando los recursos intelectuales y científicos que nos sobran como nación. De no cambiar, la inercia de la repetición nos llevará al borde de un lugar desde donde será muy difícil volver. Quizás habremos clausurado la patria que fue el sueño fundador de las generaciones que nos precedieron. Algunas de las causas pueden enunciarse del siguiente modo:

1. Somos un país sin objetivos nacionales. La Argentina se ha transformado en un país impotente para elegir objetivos nacionales en función de sus intereses. Los grupos dirigentes han ensayado políticas de los más diversos contenidos sin alcanzar logros duraderos. Acosada por demasiados conflictos y antagonismos, la Argentina navega sin rumbo en el contexto del complejo e incierto mundo de la actualidad.

2. La deserción moral, una causa profunda. La deserción ética, sobre todo de los grupos dirigentes de la sociedad, no solamente ha impedido concebir la Justicia y la verdad como patrones de convivencia, sino que ha creado un espacio de impunidad, facilitando todo tipo de delitos e infracciones contra la sociedad y el erario público. La ausencia de principios éticos en la conciencia de los gobernantes hace imposible trabajar para el bien común y realizar así la finalidad de la política.

3. Arcaico funcionamiento de las instituciones. Existe una permanente manipulación de los poderes del Estado para lograr una irreverente supremacía de los intereses de los gobernantes o favorecer a grupos económicos, quebrando una de las bases implícitas del pacto constitucional. El Poder Ejecutivo nacional ha construido una hegemonía que lo transforma en el centro de las decisiones, avasallando las funciones parlamentarias, sometiendo las autonomías provinciales y aun influyendo en la voluntad de los jueces. Se habla de un híper-presidencialismo. Desde 1983 se dictaron más de mil DNU, es decir, más de dos por mes sin que haya guerra o desastre ecológico.

4. El Estado como botín. El Estado es abordado por el poder de turno que lo utiliza como un botín de guerra para distribuir prebendas, consolidar privilegios, y aprovecharse de la utilización patrimonial de los bienes públicos y designar empleados públicos que es una facultad discrecional. También para satisfacer el poder y la codicia que son una adicción frecuente en los gobernantes.

5. Emergencia e inestabilidad. La sociedad argentina está sometida a una permanente inestabilidad jurídica producto de que cada gobierno viene a modificar lo que hizo el anterior o a hacer frente a una declarada emergencia —ficticia o inventada— que lo justifica todo. Cada gobierno se percibe a sí mismo como restaurador de las injusticias o de concepciones equivocadas de los gobernantes que lo precedieron.

6. Olvido del bien común. El bien común se ha alejado del centro de las propuestas gubernamentales, mientras los intereses sectoriales han acaparado el espacio público transformándose en la principal oferta política a la sociedad. El objetivo del bien común ha sido reemplazado por la administración de "las cosas". En general los gobernantes están más atentos a satisfacer los intereses de la tecnoestructura globalizada, los compromisos con los bonistas extranjeros o los intereses de los grupos privilegiados, que en cumplir con los derechos o las garantías que puedan merecer los sectores trabajadores o de menores ingresos, o las empresas nacionales.

7. Una economía sin reglas. Durante los primeros treinta años de democracia, nuestra inflación promedio fue del 54%, la más alta del mundo, aproximadamente 7.000.000 por ciento. Crecimos solamente el 1,6% per cápita, lo que representa menos que la media mundial y del promedio de América Latina. No se trata solo del fracaso de la política económica sino del fracaso de un sistema de gestión pública. Carecemos de reglas estables, de una estrategia de desarrollo nacional, no se valora el esfuerzo productivo, hay una falta de confianza en la ciencia y tecnología. Hay una continuada práctica de "prueba y error", pero sin autocrítica.

8. El grave deterioro social. El deterioro social tanto en lo que hace a la salud, educación o niveles de pobreza, constituye un grave retroceso respecto al progreso social que hace sesenta años ya nos colocaba en un lugar de privilegio en el escenario mundial. De un país integrado hemos pasado a una sociedad fragmentada, entre ricos y pobres, con un desempleo en aumento, una creciente inseguridad para familias y jóvenes, y un sistema educativo que reproduce la desigualdad, discriminando contra la educación pública. En el año 2016 había 234 mil alumnos menos en las escuelas públicas que en 2003. En la prueba PISA de la OCDE, la Argentina está en el lugar 58 sobre 65 países. Una república excluyente, dominada por el dinero y asfixiada por la pérdida de antiguos ideales, ha dejado a muchas familias argentinas en la soledad y el desamparo. Las ha empujado hacia un exilio de la nacionalidad, carentes de los servicios más elementales de la vida civilizada, de la seguridad que otorga el trabajo regular, del goce de la propiedad, de la riqueza que brinda al corazón el conocimiento y de la cultura que las hace protagonistas de un orden político. Una sociedad sin educación y salud no puede progresar.

9. Desvalorización del rol de la política. Se ha perdido en nuestro país el entusiasmo que en épocas pasadas movilizó a la juventud en pro de sus sueños o ideales políticos. Las elecciones se han transformado en compulsas para seleccionar al grupo que se acaparará del Estado. La vida y la cultura, los ideales espirituales o sociales del ser humano, han sido reemplazados por las exigencias económicas y las necesidades del mundo de los negocios o el dinero. Poco a poco hemos dejado de ser una comunidad y nos hemos transformado en una sociedad de mercado, donde la dignidad humana, la patria o la nación no tienen más valor que ser una rémora frente al mundo de los intereses económicos globales que son, en definitiva, los que decidirán lo que el pueblo argentino debe pretender. La desvalorización que ha sufrido la actividad política es una amenaza seria para la vigencia de la autonomía de la democracia, y sobre todo de la libertad de la persona frente a las estructura tecnoeconómicas globalizadas.

10. La desunión nacional. Una permanente discordia interior, ya señalada por Joaquín V. González en 1910, en su Juicio del Siglo, ha impedido lograr consensos sobre las políticas a largo plazo. Este síndrome de la discordia se manifiesta también en el rechazo o la negación del otro. Existe en la sociedad argentina el síndrome de un constante antagonismo entre sectores sociales o la lucha de opuestos.

Finalmente, creo que es posible afirmar que la clave para superar el antagonismo y encontrar temas para la unión nacional, para asentar el consenso sobre políticas públicas a largo plazo, es volver a rescatar las grandes motivaciones de nuestros ideales fundacionales.

Cualquiera sea el resultado de las elecciones de 2019, las principales fuerzas políticas deberían empezar por definir consensuadamente políticas públicas para la pobreza, la educación y el medio ambiente. La unión nacional es el primer paso de cualquier proyecto a largo plazo para la Argentina.

El autor es abogado (UBA) y doctor por la Universidad de París, Sorbona. Ingresó por concurso en el Servicio Exterior de la Nación, con misiones en ONU, FMI, OEA, Onudi, la Conferencia Mundial de Derechos Humanos, entre otros. Fue embajador y secretario de Estado de Relaciones Exteriores.