[N. del E: "¿En qué momento se jodió Argentina?" es una serie de reflexiones a cargo de los más reconocidos pensadores de nuestro país que Infobae publicará todos los domingos]

Ahora entiendo a Adolfo Bioy Casares. En una entrevista, en el inicio de la democratización, sentenció: "Los hombres hablan de historia, las mujeres de filosofía". Reconozco que los años traen algunas cosas buenas, como la perspectiva, ese poder mirar hacia atrás, con distancia, el significado de la palabra respeto, pero mi curiosidad e interés, ahora, están puestos en la condición humana, lo que somos, lo que fuimos capaces de hacer, o lo que no pudimos evitar.

Tal vez porque mi vida personal se confunde con la vida de la historia trágica de nuestro país, no me alcanza ni el tiempo ni la energía para ir a los confines de la historia cuando aquí no más, a la vuelta del calendario, aparece lo que para mí nos marcó a fuego, el autoritarismo. Ese chaleco de fuerza que maniató la evolución normal de una sociedad, dinamizada por la libertad. A la par, impidió que adquiriéramos la responsabilidad, inherente al privilegio de vivir en libertad. El que a lo largo de tanto tiempo y varias generaciones se haya vivido con miedo, se nos dijera cómo pensar, cómo vivir, cómo actuar, no corrimos el riesgo de hacernos cargo de nosotros mismos ni desarrollamos responsabilidad con los otros. Con razón se argumentará que ya tenemos 35 años de democracia, que juzgamos y condenamos el terrorismo de Estado, que el mayor consenso al que hayamos llegado jamás como sociedad fue el "Nunca Mas", que ya no hay prohibiciones ni censuras. Entonces, qué explica la permanencia de una cultura de control, de prejuicios y juicios condenatorios, de mirar lo que los otros hacen y dicen, de crueldad en la crítica, de odios en los comentarios. Al final de cuentas, la desconfianza que como un veneno corroe la convivencia.

"¡Uy, por esto me matan!" escucho por doquier entre los que opinan, escriben, dan clases, y desnuda mejor que nada el patrullaje ideológico, los que se arrogan una verdad y nos controlan al resto. ¿Qué nos ha pasado para que entre nosotros decir lo que se piensa se convierta antes en un acto de coraje que una expresión de honestidad? Reconozco y celebro que ya haya varias generaciones nacidas y educadas en libertad. Cambiamos, sí. Siempre somos los primeros en adaptar y adoptar las modas globales, sin embargo, no innovamos. No somos nuevos de verdad. Si no, cómo explicar que muchos de esos jóvenes descreen de lo que no reconocen como privilegio, la libertad democrática que les estuvo vedada a tantas generaciones. Borrachos de ideología, nos resulta más fácil repetir lemas que mirar de frente a los problemas. Hablamos de cifras, de números, de dinero. Nunca de personas. Sin poder reconocer el grado de soberbia que significa diseñar una sociedad a la medida de una imposición ni admitir las pesadillas totalitarias en las que desembocaron las concepciones autoritarias. Eso sí, historia innegable.

A riesgo de equivocarme, reconozco la ausencia de valores compartidos. Hubo tiempos en los que en las reuniones de amigos solía preguntar: "¿Qué valores nos identifican como argentinos?". Fuera de la amistad y la familia, nunca encontrábamos virtudes morales, esas que necesitamos para domar lo que los seres humanos somos capaces de hacer. El mejor ejemplo, los derechos humanos, nacidos como principios sobre la crueldad, ya sea el nazismo o el terrorismo de Estado, pero que enseñan lo que negamos, nacemos iguales y debemos respetarnos. A todos nos lastima por igual la humillación, la indiferencia, la prepotencia, el engaño y la mentira. ¿Enseña la escuela a ponernos en la piel del otro, el que sufre, al que le falta? Es probable que sí, pero, también, sobrevive el adoctrinamiento, las explicaciones dogmáticas que simplifican la vida entre buenos y malos, sin que se desarrolle lo que nos falta, responsabilidad con los otros y nosotros mismos. ¿No será que, en realidad, le tememos a la vida, única, contradictoria, diversa, impredecible, que no se reduce a las recetas políticas ni dogmáticas? Preguntas que me hago todo el tiempo, frente a esa marca de identidad, una sociedad movida a muertes, a duelos, con víctimas que al reclamar justicia abren espacios de reconocimiento, desde el dolor, nunca desde la alegría de la vida vivida con respeto y benevolencia.

Como no creo en el fatalismo del "somos así" y la dignidad es la que define la naturaleza humana, rechazo la victimización y confío profundamente en los mejores rasgos del ser humano, la bondad, la generosidad, la amistad, su capacidad de resiliencia y el mejor orgullo, el que busca superarse con humildad. Vivo con esperanza este tiempo de sinceramiento en el que aparecen todas nuestras miserias y fracasos. Solo resta que pongamos manos a la obra si efectivamente queremos cambiar y levantar nuestro país de los escombros, sabiendo que es más difícil construir que tirar abajo un edificio. Poner las culpas afuera que reconocer la parte de responsabilidad que cada uno de nosotros tuvo en ese cuesta abajo en la rodada.

Al invocar en el inicio a Bioy Casares, en el final, recuerdo también a Jorge Luis Borges que en una entrevista observó: "Regreso de Japón y no me preguntan cómo son los japoneses. Me preguntan '¿Cómo nos ven a los argentinos?'". Esa necesidad de legitimidad externa que el tango expresa como metáfora, una danza de destreza para un tercero que mira. Sin embargo, al menos, hemos avanzado: ahora estamos desnudos ante nosotros mismos y nos indagamos sobre cómo nos vemos. Ojalá, esta vez, no rompamos el espejo y seamos capaces de vestirnos con nuestras mejores ropas. Sin disfraces.

La autora es directora del Observatorio de Derechos Humanos del H. Senado de la Nación.