(Maximiliano Luna)
(Maximiliano Luna)

[N. del E: "¿En qué momento se jodió Argentina?" es una serie de reflexiones a cargo de los más reconocidos pensadores de nuestro país que Infobae publicará todos los domingos]

La Argentina es hija del delirio. Los problemas congénitos de esta lejana colonia fueron previos, incluso, al momento de su nacimiento como república. La Argentina aún no había terminado de independizarse, cuando las discusiones por el modo de gobierno que habríamos de darnos alcanzaron la forma de la locura. Nuestro país no nació como una república; al contrario, fuimos una república como una suerte de solución de compromiso entre dos posiciones descabelladas. Por una parte estaban quienes, como San Martín, proponían la restitución de un Imperio inca; es decir, que los colonos españoles, los criollos y los descendientes de los pueblos originarios de todas las latitudes se sometieran a los dictados monárquicos de un emperador del Altiplano. Resulta difícil imaginar una Argentina regida por el calendario inca, observante de la religión de Viracocha y entregada a sacrificios humanos, práctica inherente a la cosmovisión incaica.

La segunda posición, tan demencial como la anterior, proponía la inauguración de una monarquía constitucional bajo el imperio de un rey traído de Europa. Aunque parezca increíble, no se trataba de una discusión de sobremesa entre borrachos. Tan seria era la moción que Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia emprendieron un quijotesco viaje al Viejo Mundo con el delirante propósito de convencer a algún europeo con sangre azul de que se dignara a gobernar a los salvajes que habían hecho una revolución y no sabían qué hacer con ella. No fuimos una monarquía gracias a los carnales accesos de Belgrano, quien se encandiló con el soberano trasero de una francesa —el único soberano que consiguió— llamada Mademoiselle Pichegru y, envuelto en llamas, se encerró en una habitación con ella, mientras Rivadavia le tocaba la puerta y le recordaba el propósito del viaje.

Esos eran los extremos de la discusión: ser un reino incaico o una monarquía europeizante. De la primera, claramente, tomamos la práctica de los sacrificios humanos y de la segunda, la tendencia a obedecer ciegamente a un líder. Una mezcla que explica el volumen de nuestras sucesivas masacres: fanatismo ciego, cierta tendencia a inmolarnos en la piedra de los sacrificios y el desapego absoluto a las leyes republicanas.

La república no nació de una legítima voluntad de equilibrio, sino como resultado fallido de una negociación entre posiciones irracionales. La única, verdadera y ancestral grieta de los argentinos siempre se debatió entre dos términos irreconciliables: civilización y barbarie, antinomia esta que le dio difusión al Facundo de Sarmiento, acaso la obra que mejor representa a la Argentina.

La historia de las tragedias nacionales no se comprende desde la lente difusa de la ideología. Las dos grandes concepciones siguen siendo las mismas y se distinguen cada vez con mayor claridad: civilización, de un lado y barbarie, del otro. Podemos encolumnar los acontecimientos históricos en estas dos grandes concepciones.

La Mazorca de Rosas, un pseudoemperador con delirios napoleónicos, en cuyos patíbulos fueron sacrificados cientos de argentinos; el fracaso de Sarmiento para unificar el país, tras entregarse a la misma barbarie de sus enemigos, a causa de su imposibilidad de ver en el gaucho y el indio parte de la identidad nacional; el golpe de Uriburu que inauguró el militarismo más bárbaro durante gran parte del siglo XX; el golpe militar del 43, uno de cuyos principales cerebros fue el entonces coronel Juan Domingo Perón; la quema de iglesias y bibliotecas durante el segundo gobierno de Perón; el bombardeo asesino de Plaza de Mayo por aviones de la Marina; el golpe del 55 y los fusilamientos; la Noche de los Bastones Largos, el derrocamiento de Illia, el de Frondizi; el surgimiento de Montoneros, el ERP, las bombas, los secuestros y los asesinatos a manos de la organizaciones armadas; la Triple A, Ezeiza, el golpe del 76, Galtieri, el alzamiento carapintada, los que empujaron a Alfonsín al abismo y lo obligaron a entregar el poder antes de tiempo, la voladura de Río Tercero, el asesinato de José Luis Cabezas, el golpe a Fernando de la Rúa a manos del peronismo, los muertos en los incidentes de 2001, la canibalización de cinco presidentes en una semana, el asesinato del fiscal Alberto Nisman, las piedras que destrozaron la Plaza Congreso, los recientes atentados anarquistas, la mentira del secuestro y la desaparición de Santiago Maldonado son, apenas, unos pocos ítems que llenan la columna de la barbarie argentina durante los siglo XX y XXI.

La civilización, en cambio, es parte de esa tarea épica e inconclusa que inició la generación de 80. El Teatro Colón, el Palacio del Congreso, el de los Tribunales y la Avenida de Mayo fueron la consumación de la república, como la Acrópolis a la civilización griega. Son el testimonio vivo y doloroso de lo que podía haber sido la Argentina. Esa generación que construyó más escuelas públicas que en toda la historia anterior y posterior, escuelas que eran verdaderos palacios para que estudiaran los hijos de los trabajadores, de los ricos y de los pobres, todos igualados por el guardapolvo blanco. Esa generación que puso en práctica la ley de educación laica, gratuita y obligatoria, que levantó hospitales públicos como catedrales y que hoy observamos con nostalgia arqueológica. Esa Argentina enterrada es la que hoy, cien años después, quiere volver al camino de la civilización que nunca debió haber abandonado.

El autor es escritor. Su último libro es "El equilibrista" (Planeta).