El planeta asiste a una inmensa paradoja. Naciones Unidas, que representa a los gobiernos del mundo, lanza un mensaje aterrador: "La realidad es más dramática que nuestros pronósticos iniciales. El Acuerdo de París –que, subrayo yo, no es de cumplimiento real– ya no es suficiente".

Al mismo tiempo, y aquí está la paradoja, los gobiernos del G20, que representan el 85% del PBI mundial, desoyen a sus representantes en Naciones Unidas y firmaron en Buenos Aires un documento con solo dos puntos, insólitos, sobre el calentamiento global.

El primero, exigencia del negacionista Donald Trump, dice que Estados Unidos no avala el acuerdo de París. Puede hacerlo por su mezcla obscena de poderío, petulancia e ignorancia que no paga costos: "No le creo", responde a los científicos de su propio gobierno que alertan un futuro económico sombrío para el impacto del calentamiento global sobre territorio norteamericano. Y también porque abandona un compromiso, al de París, solo sostenido por palabras vacías, no por hechos.

El segundo ítem ecológico del documento del G20 ratifica que Trump no pague más costos que su ya consolidada imagen de bravucón: "Reafirmamos nuestro compromiso irreversible", dicen respecto al acuerdo de París, sin mención a cómo, cuándo y de qué manera cumplirán un papel pintado que se suma a una ristra vergonzosa de 25 años de inacción.

A las pruebas hay que remitirse. Naciones Unidas dice que para mantener el aumento de la temperatura de la Tierra por debajo de 1,5 grados, y evitar así la hecatombe planetaria, se debe reducir un 45% el consumo de combustibles fósiles en los próximos doce años.

Mientras, los gobiernos poderosos, con Trump y todos sus demás líderes, responden haciendo negocios: en 2017 los subsidios al petróleo, gas y carbón, fueron cinco veces superiores a los de las energías limpias.

Así es imposible.