Un G20 marcado por la crisis del multilateralismo

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Este G20 la va a tener difícil: desde su creación el mundo no ha estado tan fracturado como en nuestros días. El único semejante fue en 2008, con la crisis financiera solo comparable a la de 1929, y el G20 aportó a poner orden en un mundo donde todos estábamos pisándonos los pies.

Esto es malo para un organismo como el G20, que debe coordinar conductas de largo plazo y fijar tendencias que todos podamos seguir. Esto se complica cuando un Donald Trump se levanta para patear tableros todos los días y Vladimir Putin fogonea la histórica tendencia rusa de avanzar sobre su vecindario: ninguno de los dos quiere compromisos multilaterales y reglas que maniaten visiones como la de America First. China, con su astucia proverbial, va tejiendo acuerdos comerciales por medio planeta, subida a la ambulancia que recoge a los heridos por la demolición que provocan los otros dos. De todas maneras, el mundo se encamina a un G2 de China y Estados Unidos por encima del G20.

El multilateralismo surgido al mismo tiempo que la globalización no solo sufre los embates de Trump y Putin: en todo Occidente campea una creciente pérdida de confianza en el sistema democrático republicano y cada día más gente reclama gobiernos electos pero autoritarios, como Trump, Putin o Jair Bolsonaro. Y ya se sabe, ellos prefieren un mundo del "arréglense como puedan" y usted mande, obedezca o hágase a un costado.

Es por todo esto que no debiéramos esperar un G20 extraordinariamente productivo. Cuando no hay consensos en los grandes temas, las delegaciones tienden a redactar el documento final descendiendo en la agenda hacia temas de menor peso pero que recojan mayor coincidencia. Así, medio ambiente o proteccionismo muy probablemente aparezcan, si eso, bastante lavados y pasen al frente educación, agricultura, acero o empleo. Importantes, aunque no del tope.

De todos modos, imposibilitada o complicada para fijar tendencias y largos plazos, toda reunión del G20 conlleva un beneficio colateral nada despreciable, como es la posibilidad que tienen los primeros mandatarios de encontrarse, profundizar o iniciar la relación personal y destrabar alguna negociación o iniciar una nueva. Así, Trump y Putin tendrían el tema de los misiles intercontinentales, Trump y Xi Jinping al menos una tregua comercial, Trump y Andrés Peña Nieto la firma de un nuevo NAFTA, Recep Erdogan y el príncipe saudí por el asesinato de un periodista y, last but not least, nuestro presidente Mauricio Macri con Theresa May, felizmente incluyendo el tema Malvinas y nuevas conexiones aéreas que, en mi opinión, no me parecen del todo satisfactorias. Además, otras reuniones bilaterales, que seguramente incluirán el aumento de los cupos de compra de carne argentina por parte de China y Estados Unidos y la reapertura en Japón, o las inversiones chinas y rusas en infraestructura de nuestro país, incluyendo el boom de Vaca Muerta. Argentina puede salir muy beneficiada de estos encuentros.

¿Qué espera el mundo de nosotros? Lo mismo que cuando corrieron el riesgo de invitarnos a ser miembros, en 1999: que cumplamos un papel activo y generador de diálogos y coincidencias cuanto se pueda, como anfitriones responsables de la comunidad internacional. No encuentro razones para pensar que el gobierno no lo haga bien. Si sale bien, como creo que saldrá, el desempeño argentino en este G20, recibiremos aplausos, palmadas en la espalda y algún negocio puntual.

Pero ojalá que no recaigamos en el arraigado tic argentino de esperar que, haciendo bien un papel internacional, podemos sentarnos a esperar que vengan de afuera a solucionar nuestros problemas, la última vez con la frustrada expectativa de la lluvia de inversiones. Tenemos que entender que el mundo puede muy bien aplaudir nuestras buenas intenciones, pero no ayudan a quienes no se ayudan. Les gusta nuestra política exterior —tan semejante a la de los noventa— pero miran nuestra realidad interna y prefieren esperar. La mejor política exterior es una buena política interior, porque los países son afuera lo que primero sean adentro.

El autor es ex vicecanciller de Guido Di Tella.

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