El Poder Ejecutivo nacional ha presentado un proyecto tendiente a endurecer el castigo a los delitos cometidos dentro o en los alrededores de los espectáculos futbolísticos y acelerar la investigación y el procedimiento penal en esos casos.

El proyecto modifica el que ya había presentado el Poder Ejecutivo hace dos años y que no había tenido sanción parlamentaria, lo que indica que en Cambiemos la preocupación por este tipo de conductas no es nueva. Hay que entender de una buena vez que los barras bravas no son hinchas de clubes de fútbol, sino lisa y llanamente delincuentes que integran organizaciones mafiosas, muchas de ellas vinculadas con dirigentes del fútbol y algunos sectores de la política y el sindicalismo. Una de las mayores aberraciones de los 12 años de populismo autoritario fue el elogio de esos forajidos por parte de la entonces Presidente de la Nación, que los idealizó e impulsó una asociación que los unía con el apoyo del Estado, Hinchadas Unidas Argentinas.

Es lógico que tantos años de desvaríos hayan creado una situación que es difícil de superar con la celeridad que todos desearíamos, pero el Gobierno nacional, el porteño y el de la provincia de Buenos Aires están dando pasos significativos para combatir a todas las mafias, incluida la que por estas horas protagoniza la agenda pública.

El fútbol es un deporte hermosísimo y la Argentina, en la que su popularidad es extraordinaria, puede jactarse de ser una cantera de jugadores brillantes. Pero no debemos tolerar más que grupos violentos y corruptos impidan el disfrute familiar de ese espectáculo tan arraigado entre nosotros. Es una tarea que excede a las autoridades, porque la hostilidad entre hinchadas adversas ha derivado en una cultura del odio que entre todos debemos desterrar.

Como en tantos aspectos, en este la Argentina fue decayendo con los años. A nadie se le hubiera ocurrido hace cuatro o cinco décadas que los visitantes no pudieran concurrir a los partidos de sus equipos. Y hubiera sido inimaginable el espectáculo que se veía hasta hace poco, cuando todavía no se había prohibido la concurrencia de visitantes, de barras escoltadas hasta los estadios por la policía. Tampoco habría sido concebible que un partido entre Boca y River, por importante que fuera, no pudiera disputarse normalmente, ni que una final sudamericana se debiera jugar en Madrid.

Hemos ido insensiblemente naturalizando la violencia. Lo que debía ser el partido del siglo se convirtió en el papelón del siglo. Es probable que haya habido deficiencias en el operativo de seguridad. Pero las causas son más profundas. No hay seguridad que se pueda garantizar al 100% cuando la violencia se ha instalado de manera tan profunda.

Hay en esto dos tesis extremas: se trata de grupos minúsculos, los de las barras bravas, enquistados dentro de una enorme mayoría de ciudadanos pacíficos; es un problema de todos los argentinos, que encuentra en el fútbol una ocasión particular de manifestarse y magnificarse.

Yo me encuentro en una posición intermedia. Sin dudas, hay grupos de barras que son directamente delincuentes, que viven de la extorsión y de la violencia organizada. Pero hay muchos otros hinchas que, sin ser como ellos, los toleran y, aunque no necesariamente llegan a la violencia física, no trepidan en esgrimir constantemente una violencia verbal desenfrenada, que ubica a los demás equipos e hinchas de otros clubes como enemigos.

Se suele cantar contra la policía como institución, como cara visible de la ley. Es, en definitiva, la ley el enemigo. Es la anomia tan brillantemente descrita por Carlos Nino en Un país al margen de la ley.

Estamos dando pasos significativos para superar la ilegalidad. La lucha contra el narcotráfico, por ejemplo, fue mencionada por Mauricio Macri desde el inicio como uno de los objetivos principales de su gobierno. Y cada día nos enteramos de exitoso operativos en ese combate. Pero la lucha cultural es más ardua y mucho más lenta. Requerirá de años de aprendizaje.

No hay caminos mágicos. Hay que actuar con la ley en la mano, con prudencia pero también con firmeza. Lo he dicho muchas veces: hemos pasado de la fuerza sin ley de la dictadura a la ley sin fuerza. Solo una democracia fuerte nos permitirá vivir en paz y libertad.

El autor es diputado nacional por CABA (Cambiemos- PRO).