Los ricos buenos y la viuda pobre

En el Evangelio de hoy (Lc 21,1-4) también hay un contraste entre los ricos "que entregaban sus ofrendas " y una viuda pobre que entregaba dos monedas, dijo Francisco el lunes 27 de este mes en la capilla de Santa Marta ante una treintena de fieles. Estos ricos son diferentes del rico Epulón: "no son malos", resaltó el Papa. "Parece ser gente buena que va al templo y ofrenda"." Es, por lo tanto, un contraste diferente. Pero Jesús les dice a quienes lo acompañan que la viuda tiró más que nadie porque dio "todo lo que tenía para vivir". "La viuda, el huérfano y el emigrante, el extranjero, eran los más pobres de la vida de Israel" nos recordó el Papa, hasta el punto que, cuando querían hablar de los más pobres, se remitían a ellos. Esta mujer "dio lo poco que tenía para vivir" porque confiaba en Dios, era una mujer de las bienaventuranzas, era muy generosa: "Da todo porque el Señor es más que todo. El mensaje de este pasaje del Evangelio —evidencia el Papa— es una invitación a la generosidad".

La generosidad nace de la confianza en Dios

El Papa a esta altura pide que tomemos el ejemplo de esa viuda, de su generosidad y hace "una llamada a la generosidad. Y la generosidad es algo cotidiano, es algo en lo que debemos pensar: ¿cómo puedo ser más generoso, con los pobres, con los necesitados? ¿Cómo puedo ayudar más?".

—Pero usted sabe, Padre, que estamos a punto de llegar a fin de mes.

—¿Pero te sobran algunas monedas? Piensa, puedes ser generoso con ellas… piensa.

Un viaje a nuestras habitaciones

"Las pequeñas cosas: hagamos un viaje a nuestras habitaciones, por ejemplo, un viaje a nuestro guardarropa. ¿Cuántos pares de zapatos tengo? Uno, dos, tres, cuatro, quince, veinte… cada uno lo puede decir. Un poco demasiado… Conocí a un monseñor que tenía 40. Pero si tienes tantos zapatos, da la mitad. ¿Cuántas prendas que no uso o uso una vez al año? Es una manera de ser generosos, de dar lo que tenemos, de compartir".

La enfermedad del consumismo

El Papa cuenta, además, que conoció a una mujer que, cuando iba al supermercado a comprar, siempre compraba para los pobres el 10% de lo que gastaba: daba el diezmo a los pobres, subraya de nuevo Francisco.

"Nosotros podemos hacer milagros con generosidad. La generosidad de las cosas pequeñas, pocas cosas. Tal vez no hacemos esto porque no nos viene a la mente. El mensaje del Evangelio nos hace pensar: ¿cómo puedo ser más generoso? Un poco más, no tanto.

—Es verdad, Padre, es así, pero, no sé por qué, siempre hay miedo.

Pero hay otra enfermedad, que es la enfermedad contra la generosidad, hoy: la enfermedad del consumismo. Siempre comprar cosas, tener y tener".

"Una gran enfermedad, [esto] del consumismo, ¡hoy! No digo que todos hagamos esto, no. Pero el consumismo, gastar más de lo necesario, la falta de austeridad en la vida: es enemigo de la generosidad".

La mundanidad

La mundanidad es la falta de espíritu, esa manera de vivir que se mueve dentro de las categorías de lo inmediato, lo pasajero, lo temporal y lo finito, que busca la comodidad y huye de las dificultades. Se trata de un vivir inauténtico que no pone atención a las exigencias de la existencia en el pasar del tiempo. Vivir la religión de una manera mundana es vivirla de modo inadecuado decía Kierkegaard, el gran filósofo de la existencia, quien atribuía la mundanidad a la falta de espíritu. Es la fuga o abandono del espíritu, camino más grave que el propio del pagano.

"Y la generosidad material, pensar en los pobres. 'Yo puedo dar esto para que coman, para que se vistan', estas cosas tienen otra consecuencia: ensancha el corazón y te lleva a la magnanimidad" dice el Papa.

La generosidad lleva a la magnanimidad

Se trata, por tanto, de tener un corazón magnánimo por donde todos entran. "Los ricos que dieron el dinero eran buenos; la anciana era santa", señala el Papa, que, en conclusión, nos exhorta a seguir el camino de la generosidad, empezando por "una inspección en casa", es decir, pensando en "lo que no me es útil a mí, lo que será útil a otro, por un poco de austeridad". Debemos rezar al Señor "para que nos libere" de ese mal tan peligroso que es el consumismo, que nos hace esclavos, una dependencia del gasto: "Es una enfermedad psiquiátrica". Exhorta: "Pidamos por esta gracia del Señor: la generosidad, que ensancha nuestros corazones y nos lleva a la magnanimidad".

Somos lo que damos

Visto el mensaje del papa Francisco y ahondando en este Evangelio de San Lucas, la observación de Jesús a sus discípulos, en este y otros relatos evangélicos, nos hace pensar en la relación entre ser, tener y dar. La que entablamos nosotros con las cosas y cómo influye lo material y lo inmaterial en nosotros cuando lo tenemos y cuando lo damos. Piénsese en un empresario que otorga créditos para construir a gente pobre con muy bajos intereses o en un maestro que enseña en la Escuela de Puerta de Hierro a sus alumnos que dos más dos es igual a cuatro o el que da ropa, comida o trabajo. La magnanimidad es el estado de gracia del ser que da, el que da es un ser "grande" (magno, de magnus, 'grande' y animus, 'alma', 'espíritu'). En cambio, el que solo da lo superfluo, la sobra, es un ser superfluo, insignificante y el que teniendo todo no da nada es la nada misma, no existe.

La invitación papal y el G20

Trajimos las palabras del Santo Padre en la misa del lunes pasado en Santa Marta, a la que concurrimos, en la que recordó la actitud de la viuda que en el templo ofrendó todo lo que tenía y la de los ricos que en la misma ocasión donaron "lo que correspondía". Cuántas veces escuchamos: "¿Cuánto hay que poner?". ¿Podemos hacer una traslación de lo que hace notar Jesús a sus discípulos a la realidad del mundo actual y la instancia del G20 en nuestra ciudad?

Al foro interreligioso del G20 en Buenos Aires

En su mensaje al Foro Interreligioso del G20 en Buenos Aires del 26 al 28 de septiembre 2018, el Papa les dice no a la dominación, no a la uniformidad hegemónica, no al pensamiento único, no a la mundanidad, no al consumismo.

Esa no es la bella globalización de la unidad de todas las naciones, cada una con sus propias costumbres pero unidas.

El pensamiento único que consiste en la primacía de la acumulación sobre la solidaridad, del consumismo por sobre las necesidades esenciales del prójimo, de las reglas de la ganancia sobre la justicia distributiva.

El Papa reitera el mensaje salvífico de Jesucristo

Jesucristo vino a anunciar el reino de Dios en el mundo, al puro mundo, al mundo despiadado e injusto. A partir de entonces se inició el ascenso y el descenso de las almas por vía de la fe. Mirado desde el punto de vista histórico, el pueblo de Dios se extendió por toda la Tierra. Hoy la Santa Madre Iglesia vuelve a las enseñanzas del Evangelio y entre ellas sigue recordando el ejemplo de aquella viuda que ofrendaba su vida privada para el bien del prójimo.

Cobra así una dramática actualidad el mensaje de Jesucristo en medio de la desigualdad y el trato entre todos los seres que ofende a Dios en el teatro universal del siglo XXI.

Por ello, dice el Papa en la exhortación apostólica Evangelii Gaudium, es lógico que nos preocupemos por todas las especies, pero "especialmente deberían exasperarnos las enormes inequidades que existen entre nosotros, porque seguimos tolerando que unos se consideren más dignos que otros. Dejamos de advertir que algunos se arrastran en una degradante miseria, sin posibilidades reales de superación, mientras otros ni siquiera saben qué hacer con lo que poseen, ostentan vanidosamente una supuesta superioridad y dejan tras de sí un nivel de desperdicio que sería imposible generalizar sin destrozar el planeta. Seguimos admitiendo en la práctica que unos se sientan más humanos que otros, como si hubieran nacido con mayores derechos" (nº 90).

Entre viaje y viaje

Sería darle una muy buena noticia al mundo si todos, pero en especial los que son ricos, aceptamos la invitación del Santo Padre y decidimos, entre viaje y viaje, por amor al prójimo, hacer una visita a nuestro guardarropa.

A los miembros del G20

Señores del G20, con todo respeto me permito recordarles lo que decía el gran filósofo español Pedro Laín Entralgo en el final de su obra maestra sobre la otredad. "Quien no ha sembrado amor, ¿puede acaso aspirar a cosecharlo? Bajo el resentimiento, la violencia y el crimen, cualquier mirada perspicaz y libre descubrirá sin esfuerzo una sed inmensa de fraternidad e igualdad más reales que verbales, una vehemente necesidad planetaria de convivencia verdaderamente humana. Millones y millones de hombres no toleran ya ser simples 'instrumentos', y aspiran a ser 'personas' en el doble orden del hecho y el derecho. Quien hoy no lo vea así, no entiende el tiempo en que vive (Teoría y realidad del otro, Ediciones de Occidente, Madrid, 1968).

El autor es abogado laboralista, docente.