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Marginalidad juvenil, fútbol y política confluyen en un círculo explosivo que explica el episodio del último fin de semana en torno del estadio Monumental. Hilvanémoslas en su círculo explicativo.

La gran mayoría de sus protagonistas proceden de una exclusión espesa consolidada a lo largo de nuestros extravíos colectivos de las últimas tres décadas. Son jóvenes no solo pobres sino desafiliados bien representativos de los denominados “ni ni” (ni trabajan ni estudian). Pertenecen a familias disociadas en cuyo seno han padecido castigos brutales, abusos diversos y expulsiones reiteradas. Encuentran, por lo tanto, en la banda barrial un lugar de pertenencia sin el cual la vida podría resultar insoportable.

El fútbol, esa pasión colectiva de las barriadas populares, los condujo desde niños a formar un equipo para jugar en las ligas locales merced a entrenadores vecinos de algún club de potrero. Sin embargo, la mayoría suele “caerse” de las competencias por los efectos del consumo temprano de drogas y de alcohol. Los esfuerzos de los referentes deportivos resultan inútiles; aunque eso no deja de suscitarles un conflicto doloroso que se plasma en culpa y resentimiento.

Algunos logran incorporarse como “soldaditos” de algún “transa” allí en donde el narcomenudeo es fluido. Otros prefieren la changa temporaria y al solo efecto de comprarse “zapas”, “gorras” y celulares casi siempre “choreados”. Su horizonte adquisitivo concluye en la moto, a veces de propiedad colectiva, útil para el robo descuidista cuando la “merca” cortada y la “birra” escasean.

La banda confiere una fraternidad a veces juramentada mediante rituales de profanación corporal para acendrar el “aguante” ante eventuales detenciones o raptos de otras rivales. Se profesa respecto de estas últimas un odio visceral que a veces suscita la disputa de territorios mediante guerras de piedras y de tiros. Si pertenecen a la tropa de un narco, los enfrentamientos suelen concluir con la muerte de decenas que pueblan las sepulturas de los cementerios públicos.

Su ornamentación evoca su trayectoria vital identificada con la pasión y la locura: botellas de cerveza, porros, motos y pistolas de juguete conviven con imágenes del Gauchito Gil o San La Muerte, evocando los contornos de religiosidades en los que el bien y el mal coexisten en la zona gris de los códigos marginales. Otro de sus emblemas distintivos son los colores del club de sus amores. Ello nos conduce al nivel del fútbol profesional.

La identidad deportiva suele servir para afianzar las lealtades allí en donde un referente de alguna barra los afilia a un club local o nacional. Los primeros suelen ser filiales de los segundos. La violencia entonces se canaliza en una institución que deviene en una causa existencial de caracteres también cuasi religiosos.

Ingresan como “militantes” que se especializan en la estrategia del dominio territorial propio o de la invasión del ajeno. El capo local suele ubicarse en la segunda o tercera línea nacional que paga diversos servicios en dinero o en especie bajo la forma de alcohol, drogas, viajes y entradas a utilizar o revender. Los más osados se tornan famosos y ascienden en el cursus honorum de las barras que incluyen la especialización en delitos diversos. Una vez posicionados, entran en contacto con la política.

Esta los requiere como fuerzas de reserva en marchas y manifestaciones. A veces, logran para ellos y los suyos planes reforzados por recursos adicionales a raíz de movilizaciones de envergadura extraordinaria en donde deben desplegar sus saberes de pelea callejera que conjugan con el robo de vehículos o el saqueo de locales comerciales. La línea ideológica de los referentes utiliza oportunamente su resentimiento e implacabilidad.

Durante los últimos veinte años, un sector significativo de la dirigencia ha retornado a algunos de los valores más siniestros de la cultura política del siglo pasado difundidos desde distintas usinas intelectuales. Su discurso deviene en relato: el “enemigo”, responsable de la “entrega” del país y por ende de su miseria, permanece agazapado detrás de las instituciones y de la despreciable moderación republicana.

Su “descubrimiento” ha atizado pasiones identificadas con los valores de los revolucionarios de los 70. Signo de los tiempos, los militantes que dicen heredarlos solo los actúan como simulacro. No así los barras bravas, a quienes se ponderó como modelo de ciudadanía encuadrándolos y nutriéndolos de pingues recursos.

Se cierra entonces nuestro círculo explicativo de este episodio dramático por su magnitud pero no demasiado distinto a otros análogos durante los últimos años; y no solamente en el plano deportivo.

Un elemento adicional lo termina de soldar: la crisis intra e interjurisdiccional del Estado patente en su impotencia profesional para contener el vandalismo, y en su renuncia imperdonable a una de sus tareas emblemáticas durante más de cien años: educar universalmente a una ciudadanía culta y civilizada.

El autor es profesor de Historia, investigador y escritor. Es miembro del Club Político Argentino.