La acumulación y sobrecarga de demandas sociales sin respuestas, existentes en los sistemas políticos contemporáneos, comienzan a materializarse. Tanto en el desarrollado norte global como en nuestro sur, puede observarse el surgimiento y la instalación, de forma competitiva, de liderazgos con rasgos de tipo autoritarios. Es decir, son los pueblos quienes, vía electoral, les brindan apoyo a líderes que se presentan como fuertes críticos del sistema, lo ponen en duda y explotan el enojo de las mayorías.

Jair Bolsonaro en Brasil, Vladimir Putin en Rusia, Rodrigo Duterte en Filipinas, Recep Erdogan en Turquía, Abdel al-Sisi en Egipto, Viktor Orbán en Hungría, los Le Pen en Francia, el partido griego Amanecer Dorado, Vox en España, la Liga Norte y la Casa Pound en Italia, la Alternativa para Alemania de Frauke Petry y Alexander Gauland, Jimmie Åkesson en Suecia, Jaroslaw Kaczynski en Polonia, Robinson en Inglaterra, Geert Wilders en Holanda, el Partido de la Libertad de Austria de Hofer y Strache, el liderazgo de Timo Soini en el partido Verdaderos Finlandeses y Pinto Coelho del Partido Nacional Renovador en Portugal, por nombrar algunos.

La estrategia de estos liderazgos consiste, no en resolver, sino en reforzar cierto desencanto de la gente con las formas y los valores tradicionales de la democracia, con el respeto hacia las minorías, hacia el pluralismo y el diálogo multicultural. En tal sentido presentan una característica inédita que los distingue de sus antepasados, y se refiere a que estos nuevos líderes intentan abiertamente relativizar la distinción entre autoritarismo y democracia, subestimando (ridiculizando en algunos casos) la importancia de los límites impuestos por el constitucionalismo moderno al ejercicio del poder.

De este modo la sociedad enojada comienza entonces a avanzar electoralmente por sobre la democracia misma, legitimando discursos de odio, racistas, xenófobos y homofóbicos, lo cual nos indica que la actual crisis de la democracia no es, específica o únicamente, una crisis de la democracia como sistema político, sino una crisis cultural. Es decir, estamos delante de una crisis mucho más seria y profunda de lo que aparenta, pues aquello que estaría emergiendo es el viejo estatus preconstitucional de la institucionalización política como instrumento de ordenación social y las democracias modernas —cuyo antídoto ante estos fenómenos son las Constituciones y el derecho internacional de los derechos humanos— no consiguen detenerlo, pues, por el contrario, el fenómeno se replica globalmente, incluso, en países con fuerte tradición (cultura) y compromiso constitucional.

Bajo estas consideraciones el interrogante que se plantea es el siguiente: ¿Vamos directo hacia autoritarismos globales surgidos por vías electorales?

Desde la perspectiva planteada ese es el rumbo que estaría tomado la historia. Ahora bien, si hacemos el esfuerzo de comprender y asumir esta realidad, nos urge entones reorganizar (fortalecer) las democracias constitucionales, es decir, lo más democrático es reconocer que el sistema institucional —pensado en y para el siglo XIX— está agotado y quedó chico para los problemas y los desafíos que plantea nuestro tiempo, caracterizado por sociedades heterogéneas, vertiginosas, multiculturales, obligadas (además) a interactuar y construir vínculos no humanos (robótica e inteligencia artificial), con canales de comunicación y construcción de sentido ni siquiera imaginables en el siglo XIX (internet y redes sociales).

Dicho de otro modo, si no admitimos que —más allá de las reformas conocidas— la matriz del entramado institucional y burocrático actual responde en esencia a un esquema de pensamiento justificado por los desafíos, los problemas y los interrogantes planteados por una sociedad prácticamente rural, con una estratificación social binaria y dificultades (simplonas) propias del siglo XIX, torcer el rumbo de la historia será tan difícil como pretender girar un transatlántico en cinco minutos. No habrá forma racional y ordenada de hacerlo, y lo único que quedará como respuesta será la reorganización a partir del trauma.

El mundo lo sabe, pues ya lo vivió en las primeras décadas del siglo XX, período en que comenzaron a surgir, con fuerte apoyo de mayorías, discursos políticos xenófobos y racistas, lo cual nos condujo en línea recta hacia los totalitarismos que azotaron Europa durante la primera parte del siglo pasado: fascismo y nazismo por citar los más conocidos.

Así llegamos al trauma de la Segunda Guerra, luego de la cual recuperamos el valor de lo humano y nos volvimos a ordenar. Pareciera que la humanidad pierde la memoria por ciclos. El problema entonces no es jurídico ni político, es de conciencia; se trata finalmente de no subestimar la historia y, fundamentalmente, de aprender de ella.

El autor es doctor en Ciencias Jurídicas. Especialista en Constitucionalismo. Profesor de Derecho Constitucional (UBA) y Derecho Político (Universidad de San Isidro-Placido Marín).