(Foto: Presidencia)
(Foto: Presidencia)

Buenos Aires se convertirá esta semana en escenario de uno de los acontecimientos diplomáticos de más alto perfil a nivel mundial. Un hecho histórico para nuestro país, que oficiará de anfitrión de los líderes de las 20 principales economías del mundo, y una ocasión única para el Gobierno de Mauricio Macri, que buscará consolidar la imagen de la Argentina como "mediador de buena fe", en palabras del Presidente. Es decir, como un socio confiable, que busca acercar posiciones en un contexto de gran incertidumbre sobre las reglas de juego del sistema internacional.

Ejercer la presidencia del G20 representa una gran oportunidad para nuestro país. Ser anfitriones supone la posibilidad de poner en la agenda global temas de particular interés nacional y de las potencias emergentes. El presidente Macri tiene un doble desafío: debe demostrar la capacidad de la Argentina de ejercer influencia sobre la agenda global y de lograr consensos entre los diversos intereses del resto de miembros del grupo. El hecho de que la Argentina ejerza su influencia desde una postura de rule-taker (aquellos que acatan las reglas) y no de rule-maker (aquellos que hacen o cuestionan las reglas) debería facilitarle al Gobierno su capacidad de mediar y acercar posiciones entre aquellos en disputa. Sin embargo, el contexto político actual, tanto global como regional, es sumamente incierto.

En el ámbito global, nos encontramos ante un orden internacional en transición, caracterizado por la crisis del multilateralismo, el auge e impacto de las nuevas tecnologías, los efectos de la globalización desmedida y el cuestionamiento a las instituciones, los principios, las reglas y los valores que lo guían. Cuestionamientos que ya no provienen exclusivamente de países emergentes, sino fundamentalmente de aquellas potencias que en su momento impulsaron ese mismo orden, como es el caso de Estados Unidos. Estos fenómenos, entre otros, explican el surgimiento de movimientos anti-establishment, que ante la indiferencia que sienten por parte de las élites políticas buscan fuerzas alternativas, tales como Donald Trump en Estados Unidos o desafiar el orden existente, como es el caso de Brexit en Reino Unido. Nos encontramos ante un panorama en el cual el presidente norteamericano cuestiona los acuerdos ya establecidos, aboga por reformularlos en clave bilateral y le declara la guerra comercial a una China cada vez más asertiva en América Latina.

Este fenómeno no es ajeno a la región, en donde también nos encontramos ante un panorama político en construcción. México y Brasil, las otras dos potencias latinoamericanas pertenecientes al G20 junto con la Argentina, se encuentran en plena transición. A la vista de los resultados electorales de este año, parecería haber un denominador común entre los votantes: la necesidad de un cambio en la conducción política de sus respectivos países. Tanto Jair Bolsonaro en Brasil como Andrés Manuel López Obrador en México tuvieron como baluartes de sus campañas el reforzar las políticas de seguridad interna y la lucha contra la corrupción, dos fenómenos que también afectan gravemente a nuestro país.

Si Macri quiere consolidar su liderazgo en la región, deberá entender no solo el impacto del nuevo mapa político latinoamericano en las relaciones con el resto mundo, sino específicamente en su relación con Estados Unidos.

El fin último de la cumbre de líderes del G20 es lograr la declaración conjunta, que debe ser alcanzada por consenso y que engloba una serie de acuerdos, producidos durante las más de sesenta reuniones de trabajo desarrolladas a lo largo de 2018 por los grupos de afinidad. Dada la complejidad del contexto global y regional, lograr estos acuerdos y acercamientos sobre temas tan diversos y en un escenario de intereses contrapuestos no es menor. Se espera que el comunicado incluya temas como la igualdad de género, el desarrollo sostenible y la agenda 2030, el empleo y la educación, la lucha contra la corrupción, la seguridad internacional y la erradicación de la pobreza. Pero habrá ciertos temas que presentarán complicaciones para Macri a la hora de actuar como "mediador de buena fe": el cambio climático, la defensa del multilateralismo, la apertura económica y el comercio internacional.

El Presidente deberá coordinar la mesa de encuentro e intentar consensuar intereses tan variados como los de Estados Unidos, China, Rusia, Francia, Alemania y Reino Unido, entre otros. Macri llegará a la cumbre de líderes este viernes debiendo timonear las tensiones entre aquellos que quieren mantener el orden existente (ejemplo, Unión Europea) y aquellos que buscan cambiarlo (ejemplo, Estados Unidos, Reino Unido). Deberá demostrar la suficiente destreza como para acercar posiciones, consolidar la imagen de la Argentina en el escenario global como socio confiable, con el fin último de diversificar las relaciones con otros actores del sistema, construir agendas positivas y así lograr una mayor integración de nuestro país al mundo.

La autora es profesora y responsable del Área de Relaciones Internacionales de la Escuela de Política, Gobierno y Relaciones Internacionales de la Universidad Austral.