Aproximarse al estudio de los fenómenos sociales, económicos, políticos que nos sumergen en la penuria me resulta complejo. Son temáticas que vienen y van, pero no son invisibles nunca, muchas veces volteamos la cara para no ver. En el ir y venir, nos encontramos con querer aprehender toda esa realidad de un solo golpe. En el caso de la pobreza, tratamos de tomar una fotografía y dar por sentado que ahí se encuentra ese fenómeno, de esa manera en que observamos, es por ello que es importante señalar que la pobreza no es una sola cosa redonda.

Acercarse como científico o artista de lo social al estudio de estas penurias es un reto. En el caso de la pobreza, esta es un entramado, un garabato de múltiples experiencias que las acuñamos en un mismo término: pobreza. La situación que nos enfrentamos hoy en día en Venezuela me hace repensar sobre esa pobreza. Ahora contamos con la experiencia de la inseguridad alimentaria o hambre, entendida como síntoma de la falta de alimento necesario para la vida plena y saludable. Sin embargo, la pobreza no implica hambre, pero el hambre necesariamente nos habla de pobreza.

Siento y pienso que el hambre es el último estado que compromete nuestra condición de humanidad. El no tener, el tener tan poco que es insuficiente para mantener lo mínimo para garantizar la vida. En palabras de Sheper-Hughes, esa penuria, una condición tan precaria, es explicada por el hambre crónica, por la alimentación insuficiente. Experimentar el hambre es enfrentarse a las penurias más densas y oscuras.

Somos varios en el mundo los que tratamos de acercarnos y aprehender estos fenómenos, estas realidades. Sin embargo, pocos nos hablan o hablamos del hambre propia. Pitirim Sorokin termina entendiendo y logra integrar su condición humana en su hacer de la ciencia. En la introducción de su libro, El hambre como factor de asuntos humanos, la esposa de Sorokin relata: "Uno de los momentos más importantes del día era ya cuando caía la noche, los profesores nos sentábamos a comer algo parecido a una sopa, que no era más que un agua con unas coles y a veces unas conchas de papa. Durante la cena, compartíamos aquellos descubrimientos o análisis que se habían logrado durante el día o durante la semana. Era muy importante esto, puesto que nos enterábamos qué hacían nuestros compañeros y podíamos entre todos pensar y discutir, ya que no teníamos papel donde escribir nuestros hallazgos como para compartir algún artículo. Al final, nos levantábamos todos, y nos despedíamos diciendo: 'Buenas noches, espero que mañana amanezcas vivo'".

Poder ver y estudiar a pesar del horror, a pesar del hambre propia, es un elemento fundamental para aprehender el fenómeno de la pobreza, del hambre. En estas circunstancias nuestra propia realidad se impone. No somos científicos, psicólogos, artistas, ingenieros, abogados, exentos o islas en un mar de sufrimiento.

El hambre o el miedo al hambre constituyen una condición o experiencia definitoria en los contextos de pobreza, de la pobreza propia. Un elemento central dentro de esta experiencia es la transformación de nuestro lenguaje. Un lenguaje con temáticas reducidas a lo precario. Día tras día, me observo, me siento, observo a mi alrededor cómo nuestros patrones de comunicación se ven alterados por la condiciones individuales de vida. "Que caro está esto", "qué bolas cómo subió aquello", "yo ya no hago esto o aquello", se convierten en temáticas cíclicas, repetitivas, monótonas. La reducción de la complejidad humana a lo inmediato: la supervivencia, evitar el hambre. La mente queda entonces presa del cuerpo, del hambre.

Esta limitación en el lenguaje en nuestras dinámicas de interacción social como una característica de la pobreza, de la penuria, son elementos que tendemos a ver y experimentar como algo común, esperado, natural. Ese proceso de naturalización lo describe Maritza Montero (2006) como: "Proceso mediante el cual ciertos fenómenos y pautas de comportamientos son considerados como el modo de ser de las cosas en el mundo, como parte esencial de la naturaleza de la sociedad. Es responsable del mantenimiento y facilitación de circunstancias propias de la vida cotidiana de la aceptación de aspectos negativos que pueden ser difícil, cuando no insoportable la vida de las personas".

Este proceso valdría la pena revisarlo y desmontarlo para entender su dinámica en cuanto al fenómeno del hambre. Sorokin con su obra nos hace ver no solo el análisis científico de un fenómeno complejo, también nos muestra cómo la realidad se vuelve tan precaria que pensar en que se vuelve natural es una asunción a la cual me cuesta llegar con facilidad.

Pienso que el concepto de naturalización de Maritza Montero se encuentra con unos límites donde se difumina dicho proceso.

La naturalización ocurre como un fenómeno psíquico (evidentemente), que dentro de la subjetividad queda atado a fenómenos personales, sociales, familiares, culturales, que tiñen el fenómeno en distintas connotaciones. En el libro Psicoterapia Políticamente Reflexiva de Manuel Llorens, apunta ese proceso desde la mención de la psicoterapia y algunos patrones culturales, pacientes víctimas de abuso o violencia, que hasta cierto punto deja por fuera este elemento penúrico, precario, el cual cada día nos asombra cómo aumenta exponencialmente.

Por su parte, mantener y facilitar son palabras que mastico y mastico pero no logro digerir. Naturalizar un fenómeno como el hambre, donde el cuerpo apresa a la mente, mantenerlo, facilitarlo, son palabras que pongo en duda.

Sorokin señala aquello que no logra mantener y facilitar del hambre que con tanto rigor observaba y registraba y que tanto padecía.

En nuestro día a día, nuestro lenguaje nos delata. Hace mención de una realidad condenatoria que nos invade. Desde: "Espero que amanezcas vivo" hasta nuestra constante discusión por los precios imposibles, la precariedad que nos corroe en lo material y en lo interno nos obliga a ver, nos impone aquello que no logramos naturalizar, que no se puede integrar como natural en el mundo psíquico.

El cuerpo, el estómago vacío que cruje imponen la presencia de un síntoma, una incomodidad, un dolor, que recuerda y aqueja un fenómeno devastador, una precariedad implacable. Entonces, la incomible vaciedad, el síntoma del cuerpo nos apresa dentro del propio sufrimiento que es sin duda ineludible.

El autor es psicólogo, profesor e investigador de la Universidad Católica Andrés Bello de Venezuela.