Los graves asesinatos ocurridos en Villa Ballester muestran, una vez más, que la inseguridad sigue siendo un problema, un gran problema que no acepta más improvisaciones. Así como el gradualismo económico no llevó a los resultados esperados, el mismo proceso parece haberse impuesto en la lucha contra la inseguridad, buenas intenciones y planes a medias.

Mientras correctamente se planea la lucha contra el narcotráfico productor de crimen violento, limpiavidrios compulsivos, mendigos, lisiados, falsos lisiados, ladrones en la avenida 9 de Julio deprecian nuestra calidad de vida. Ya no hay excusas.

Nuestra libertad y movimientos siguen restringidos, o minuciosamente calculados cuando salimos o vamos a llegar a casa. Miedo a dejar la casa sola, sin rejas o alarmas.

Miedo a la muerte vial, por la cantidad de conductores ebrios o drogados que circulan sin que exista una policía vial que los controle.

¿Desde cuándo nos hemos acostumbrado a esta infra-vida? No hace tanto, dos o tres décadas, coincidentes con el desembarco masivo de la droga, como dijimos, principal productora de criminalidad violenta. Antes de ello, los pocos delincuentes que había no estaban en la calle victimizándonos, estaban mayoritariamente en prisión.

Luego, paralelo al crecimiento exponencial del delito, vinieron las teorías zaffaronianas, muchos jueces las adoptaron, por convicción o para hacer negocios. Y la policía se retrajo por supervivencia. "El que tira va preso" dijo algún funcionario. Y así estamos, conviviendo con el hampa, aterrorizados por una secta de criminales que estadísticamente no llega al 1% de la población.

Mientras los intelectuales de izquierda debaten el "horrible" rol de la prisión, seguimos contando víctimas como Zaira, la chica de 21 años asesinada que es noticia hoy, pero que se suma a las 3000 al año. La prisión puede no ser lo mejor que se haya inventado, pero hasta ahora es lo único que separa al criminal del que no lo es. Y así, por ejemplo, logró que Carlos Robledo Puch no matara a nadie más.

Los pilares de la seguridad pública los constituyen el sistema policial, que en Argentina ni previene ni investiga eficientemente, por desconocimiento y falta de preparación a veces o por connivencia con el delito en otras; el sistema judicial penal, plagado de abolicionistas por convicción o precio, altamente ineficiente; y el sistema penitenciario, con una infraestructura degradante, obsoleta y con grandes bolsones de corrupción.

No es casualidad que las cifras del delito sean alarmantes. Y ni siquiera las conocemos en profundidad, ya que nuestro país no utiliza, también por desconocimiento o conveniencia, el índice de delito violento (VCR o violent crime rate), verdadera radiografía de la inseguridad.

Vivimos en un una sociedad con más crimen que Estados Unidos pero con un nivel de presos de Australia (país con un tercio de nuestra criminalidad). Así, consecuentemente, codeándonos día a día con miles de prófugos de la justicia que nadie busca, con otros miles de delincuentes excarcelados por cualquier razón, a los que nadie controla, y con nuevos criminales creados día a día por el narco-uso y el imperio de la impunidad.

No pretendemos ser Suiza o Japón en unos años, porque las sociedades que producen poco crimen son las que trabajan en ello cultural y educativamente desde el nacimiento del ciudadano. Pero sí podemos pretender sin espantarnos imitar a Estados Unidos, país que mientras trabaja en el largo plazo, en el corto y mediante la aplicación de técnicas efectivas policiales y merced a triplicar su población carcelaria, dio a sus ciudadanos una rápida respuesta. Argentina necesita esto hoy para no seguir contando víctimas a diario.

Los planes de seguridad comunitaria basados en información y predictibilidad, conocidos aquí como de "tolerancia cero" con el delito, cumplen ya 25 años de vigencia. Su éxito es palpable, por ejemplo, hoy Nueva York tiene el 10% del delito violento de principios de los 90.

Venimos pregonando esta solución desde que estos planes exitosos comenzaron, pero aquí todavía el lobby de los derechos humanos de los delincuentes es fuerte y el Gobierno pareciera no estar dispuesto a enfrentarlo. Veremos con el próximo.

El autor es doctor en Ciencias Penales, ex fiscal, miembro de Usina de Justicia.