El venezolano olvida. Olvida sus muertos. A Basil, a Neomar, a Geraldine, a Pernalete, a Óscar Pérez. Olvida sus presos. A Jesús Medina, a Leopoldo López. A Caguaripano. A sus héroes. A sus líderes. El venezolano olvida su historia. Sus desaciertos. Los logros de los grandes y sus fracasos. Olvida sus errores. Olvida qué fue lo que no sirvió. Olvida qué es lo que ha servido. Y entonces, se acomoda.

Y entonces permite que nadie reivindique a los muertos, que nadie luche por los presos. Que nadie reconozca a los héroes y entierre a los fracasados. Permite que los desaciertos de su historia, gastados y envejecidos, vuelvan a ser blandidos. Que algunos los porten como bandera, sabiendo ya las desastrosas consecuencias.

Se ha gastado tiempo y saliva en hablar de quienes sobrellevan la carga por la muerte de un país. A la vista es transparente que hoy quienes rigen esta nación son los responsables de su devastación. Y que a los lados están los cómplices, quienes por mucho anduvieron camuflados, simulando una lucha, que es la nuestra pero no la de ellos.

Pero el 1º de noviembre, cuando Venezuela atraviesa sus momentos más oscuros, inquieta el sosiego de una sociedad que debería revirar. Cuyas rabietas deberían imponerse, descontrolarse, volverse reclamos de libertad.

Inquieta que ante la barbarie, ante el asesinato de Albán, los atropellos contra María Corina, la falta de gasolina, la muerte de niños por inanición e incluso la inoperancia del Parlamento, no haya respuesta. No exista reacción. Que más bien ande una sociedad caprichosamente inerte, sobreviviendo. Y, entonces, anda sometida. Ignorando que son millones. Que son demasiados y que reciben el respaldo de las grandes potencias y democracias del mundo. Que no está sola. Que no tiene que volver a morir en las calles, pero que sí puede gritar.

Que al menos puede recordar. Que al menos puede recordar que hay presos. Que hay muertos. Que hay quienes han sido expulsados de sus hogares. Que hay familias que se han quebrantado. Desmembrado. Que hay padres que hoy lloran a sus hijos muertos y que hay hijos que tienen meses sin ver a su madre, sometida a las crueles mazmorras.

Desde prisión, el periodista Jesús Medina exige que no lo olviden. Son cientos con la misma demanda. Y a los venezolanos parece que es pedirles demasiado.

El autor es periodista venezolano, egresado de la Universidad Católica Andrés Bello. Columnista y redactor del "PanAm Post" desde Caracas.