Buenos Aires, 2018. Argentina por primera vez en su historia como anfitriona de un Juego Olímpico. Una villa olímpica, un parque deportivo de primera calidad, una inauguración hollywoodense y ejemplares jóvenes deportistas. Con su espíritu entusiasta, carisma, energía y sensibilidad han conquistado al mundo deportivo.

BA 2018 presentó algunas particularidades. Tal como anunció Tomas Bach, presidente del COI, en el Foro de Olimpismo en Acción, es la primera vez en la historia de los juegos olímpicos que tanto hombres como mujeres tienen igual cantidad de representantes, un hecho que fue celebrado por todo el público allí presente. De la misma forma, y para darle aún más fuerza, muchas de las mesas del Foro giraban en torno al rol de la mujer en el deporte y sus vivencias para sortear las dificultades de su inclusión.

Otro tema que presentó diversas posturas e interrogantes surgió a partir del debate sobre la posible incorporación de los llamados esports —videojuegos— a la agenda olímpica. Para muchos una actividad lúdica que no deriva en la concepción de la actividad física. Para tantos otros el futuro del deporte.

Más allá de las novedades mencionadas, el mensaje recurrente que atravesó los dos días de reflexión en el Foro y los 10 días de competencias deportivas fue enfatizar la importancia de trascender los valores que el deporte encarna. En un entorno muchas veces nocivo, exitista, interesado y materialista, fue un bálsamo encontrarnos con estos jóvenes que nos mostraron el valor del sacrificio, la perseverancia y la capacidad de disfrute. Fue una experiencia gratificante escuchar medidas concretas a implementar para desterrar el dopaje en el deporte.

Siguiendo la línea del COI, que propone la no publicación de un medallero oficial para respetar el aspecto formativo que la competencia conlleva, desde esta editorial no nos centraremos en las grandes actuaciones de la delegación argentina, ni siquiera en las marcas de los medallistas, sino en otra medalla.

La otra medalla. Esa medalla invisible, que está por detrás. Esa medalla que nos muestra que, en tiempos donde muchos jóvenes buscan atajos y esquivan el esfuerzo que implica orientarse a la búsqueda de un deseo, un grupo de 3500 atletas nos han mostrado lo contrario. Esa misma medalla que nos pone de relieve que, en tiempos donde la intolerancia es moneda corriente, un grupo de 3500 atletas de diferentes nacionalidades, etnias, idiomas, creencias y religiones, han convivido en una Villa donde prevalecía la armonía, el encuentro y la integración. Esa medalla que no marca la consagración de un resultado, sino la vivencia del camino realizado.

Repasando las repercusiones mediáticas del evento surgen algunas preguntas: ¿Por qué cierta prensa estaba sorprendida por el récord de concurrencia a las competencias? ¿Por qué muchos de los chicos y atletas nos han hecho emocionar en disciplinas que ni siquiera conocemos?

No creo que tenga que ver con temas de esnobismo y marketing. Al contrario, creo que lo auténtico atrae y contagia. Y durante estas últimas semanas hemos visto cómo esos mismos jóvenes que muchas veces criticamos y denostamos nos han mostrado su mejor versión y de lo que son capaces cuando tienen un para qué. No había por detrás intereses económicos ni políticos, sino el despliegue espontáneo de un sentido.

El legado

Mucho se ha hablado del destino final de la inversión millonaria en infraestructura. Se pensó en el legado. La Villa servirá como vivienda para vecinos de la zona sur de CABA. El Parque Deportivo estará orientado hacia el entrenamiento de los atletas de élite y servirá como recreación para aquellos que nos gusta realizar actividad física. Pero, ¿qué nos han dejado estos Juegos Olímpicos de la Juventud a nosotros? ¿Cuál es el legado?

Hemos vivenciado cómo jóvenes atletas, y no tan atletas como son los más de ocho mil voluntarios que colaboraron gratuitamente en la organización del evento, nos han mostrado que el deporte puede ser un punto de encuentro.

Deseo que la llama siga encendida en cada uno de nosotros atreviéndonos a desplegar nuestra mejor versión, animándonos a ampliar nuestros horizontes, empleando la agresividad necesaria para su consecución, compartiendo con otros nuestra experiencia.

El autor es profesor de la carrera de Psicología y director del primer Curso de Psicología del Deporte de la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral.