Jair Bolsonaro tras votar el pasado domingo en Brasil (Foto: Reuters)
Jair Bolsonaro tras votar el pasado domingo en Brasil (Foto: Reuters)

"Muchas personas inocentes morirán o serán torturadas".

Esa frase terrible no fue escrita por un militante de izquierda brasileño o por un líder del movimiento LGBT. Brian Winter, su autor, es un periodista norteamericano que trabajó muchos años en Reuters y edita desde 2015 una publicación online llamada America Quarterly. Tiene, además, un rol activo en el Council of America y en Americas Society, dos organizaciones muy tradicionales que participan de las relaciones entre los Estados Unidos y la región.

Winter ha seguido a Jair Bolsonaro por más de dos años. Lo ha entrevistado varias veces, a él, a sus hijos, a sus asesores, a sus simpatizantes. Sus conclusiones de ese periplo son las siguientes:

–"Si hay algo en que los seguidores de Bolsonaro y sus críticos coniciden, es que en los próximos meses se va a producir una ola de violencia en las ciudades de Brasil. La prioridad política número uno de Bolsonaro consiste en relajar las reglas para las fuerzas de seguridad, permitiéndoles disparar primero y preguntar después (en una extensión aun mayor a la actual, considerando que la policía ya mata a 5000 personas por años)".

–"Los sectores pro Bolsonaro esencialmente quieren el regreso a las tácticas de la dictadura de 1964/1985, cuando las calles eran más seguras. Muchos expertos independientes señalan que la sociedad brasileña cambió mucho desde los ochenta y que la militarización de la seguridad ha fallado espectacularmente en lugares como México, Centro América y en Río desde febrero de este año. Esas advertencias van a ser ignoradas. La sociedad brasileña está con sed de violencia. En una encuesta realizada en marzo por Ibope, 50% de las personas se manifestaron de acuerdo con la siguiente declaración: "Un buen ladrón es un ladrón muerto".

–"Con este enfoque, muchas personas inocentes morirán o serán torturadas (otra táctica que Bolsonaro apoyó muy fuertemente). La campaña seguramente será acompañada por una violencia extraoficial, ya que las milicias y otros grupos criminales organizados y vinculados a la policía se beneficiarán por este clima para intimidar oponentes".

Este tipo de preocupación atraviesa hoy a toda la comunidad internacional. Antes del triunfo de Bolsonaro, Brasil ya presentaba un panorama desolador. El líder de la oposición no se pudo presentar porque estaba detenido. El propio Bolsonaro no pudo hacer campaña electoral porque un atentado le perforó los intestinos. La presidenta anterior fue destituida por un complot en el que participó su vicepresidente. La economía ha caído casi un 10% en los últimos años. Las hermosas ciudades de Brasil, especialmente Río, son de las más peligrosas del planeta. Los principales empresarios están presos o procesados. Amplias áreas urbanas están controladas por grupos narcos o milicias parapoliciales. Los distintos sectores políticos tradicionales defienden posiciones irreductibles y antagónicas que los desgastaron mutuamente.

Durante la última semana, la agenda informativa argentina estuvo dominada por el conflicto entre Mauricio Macri y Elisa Carrió, el retroceso del Gobierno respecto del aumento de tarifas, y los primeros indicios de que la corrida contra el peso ha encontrado al menos un respiro. Sin embargo, la noticia más relevante no ocurrió aquí sino en Brasil. El abrumador triunfo de Bolsonaro tendrá efectos estructurales sobre el principal avance de la sociedad argentina en el último medio siglo, que fue el establecimiento de un régimen democrático estable, respetuoso de las disidencias y de las minorías políticas, raciales y sexuales.

Una manifestación opositora en en el funeral del concejal Fernando Albán denunció que detrás de un supuesto suicidio la dictadura de Nicolás Maduro encubre un asesinato (Foto: AFP)
Una manifestación opositora en en el funeral del concejal Fernando Albán denunció que detrás de un supuesto suicidio la dictadura de Nicolás Maduro encubre un asesinato (Foto: AFP)

Este desafío a la democracia regional ya había avanzado hace unos años, con el establecimiento en Venezuela de una clásica dictadura, aunque con retórica de izquierda. Al fin y al cabo, Hugo Chávez también era, como Bolsonaro, un militar que barrió con el sistema político establecido. Su sucesor, Nicolás Maduro reprimió a los opositores, persiguió a la dirigencia política que podría reemplazarlo, anuló el funcionamiento del Congreso, provocó que cientos de miles de personas debieran exiliarse, detuvo a miles de disidentes. Todo eso lo hizo con el apoyo o el silencio de la mayor parte de las fuerza de izquierda del continente, las cuales vieron así muy debilitada su autoridad moral para luego denunciar los abusos del capitán brasileño.

Así las cosas, dos de los tres países más importantes del subcontinente conviven hoy con democracias muy restringidas, donde los opositores y disidentes corren serios riesgos para su integridad física. Eso representará un serio desafío para la Argentina, el tercero de esos países.

La primera cara de ese problema se presentará en el campo diplomático. Si el panorama es parecido al que describe Brian Winter, ¿que harán los países de la región? ¿Tolerarán nuestros líderes un Brasil donde se persiga a homosexuales o se golpee en las calles a opositores, como ocurrió en estos días? Si es así ¿con qué derecho podrán reclamarle algo a Maduro? Una diplomacia moral aislará a países más pequeños y débiles del gigante brasileño. Una posición pragmática, en cambio, convalidará prácticas medievales. Es un dilema parecido al que, antes, resolvieron mal el kirchnerismo y el PT respecto de Venezuela. En principio, Bolsonaro será una gran incomodidad.

El presidente Mauricio Macri y la diputada Elisa Carrió, en el foco de los medios durante la última semana
El presidente Mauricio Macri y la diputada Elisa Carrió, en el foco de los medios durante la última semana

El segundo ataque a la democracia será por emulación. El odio a los homosexuales, la reivindicación de una dictadura, el respaldo a patotas callejeras, la convocatoria a luchar contra el comunismo, la estigmatización del movimiento feminista o el desprecio a los negros dejaron de ser, desde hace unos días, resabios de un pasado oscuro. Al contrario: para decenas de millones de brasileños representan la esperanza de restauración de un supuesto paraíso perdido. ¿Cuanto tardarán en aparecer en la argentina los voceros de estas ideas? ¿Cómo hará la democracia para defenderse de ellas?

Pero el tercer desafío es el más complicado.

En principio, la Argentina parece a años luz de Brasil y Venezuela. No hay ni ha habido ningún candidato con alguna probabilidad de éxito que promueva el odio a las mujeres, los homosexuales o los negros, o que defienda la tortura. La líder de la oposición no está detenida: se pudo presentar a las legislativas del año pasado, y se podrá presentar a las presidenciales del año que viene. El presidente electo no fue derrocado y terminará su mandato.

La democracia argentina ha superado en estas décadas pruebas gigantescas. En cualquier otro momento de la historia, una crisis como la del 2001 habría derivado en una dictadura militar. Sin embargo, no se produjo ni siquiera una amenaza. En estos meses de fuerte angustia e incertidumbre, el clima democrático no se ha resentido en lo más mínimo, seguramente porque todas las familias reciben una ayuda del Estado, gracias a una medida criteriosa que tomó el gobierno anterior y continuó este. La democracia argentina ha ampliado derechos para las minorías, a un nivel que la ubica en la vanguardia del mundo occidental.

Esa foto será puesta a prueba en los próximos años. La Argentina, como el Brasil del que surgió Bolsonaro, convive desde hace años con una crisis económica y social a la cual los dos sectores políticos mayoritarios no han sabido darle respuesta. Los dos líderes de la democracia -Mauricio Macri y Cristina Kirchner recibieron un país mucho mejor que el que produjeron sus Gobiernos-. Sin embargo, el sistema político no encuentra alternativa a sus liderazgos gastados. Eso le agrega angustia a la angustia, porque el problema está en manos de quienes contribuyeron a producirlo.

Por otra parte, aquí como en Brasil, desde hace años, cada uno de los sectores políticos odia y demoniza al otro, con la ingenua ilusión de que su triunfo en esa batalla imposible terminará con los problemas del país. Es probable que, en algún momento, las sociedades se harten de este jueguito y prefieran la aventura que les propone un outsider. En Brasil, hay quienes le echan la culpa de Bolsonaro a los medios de comunicación y "la derecha". Otros al "populismo". Tal vez ambos tengan razón. El resultado está a la vista.

Cristina Kirchner podrá tener vínculos y simpatía con Nicolás Maduro. Pero no es igual a él: con ella hubo elecciones, no hubo presos político y entregó el poder en tiempo y forma. En el macrismo habrá algunos sectores que simpatizan con Bolsonaro. Pero Macri, en términos de valores democráticos, no tiene nada que ver con él.

Ya habrá quien se imagine como uno o como el otro y empiece a jugar con fuego.

Cuando con la democracia no se come, no se cura, no se educa, y eso ocurre durante largo tiempo, los riesgos están a la vista.