La psicología es una disciplina joven con un largo pasado. Sus raíces se vinculan con la filosofía y la medicina. Si nos remitimos a su etimología, la palabra psicólogo se refiere al especialista ('logos') del alma ('psyche'), con la que los antiguos griegos aludían a la energía o fuerza vital que se separaba de la persona después de la muerte, y que correspondía a aquello que era lo más esencial a la condición humana.

Según datos estadísticos, Argentina es el país que mayor cantidad de psicólogos per cápita en el mundo. La tarea profesional que llevan adelante los psicólogos es cada vez más diversa. Se observa que, pese a su impronta y tradición asistencial, crecientemente van incluyéndose en distintos ámbitos y sectores de la sociedad. Los psicólogos se ocupan de las experiencias y los conocimientos de las personas, de su interioridad y de su comportamiento. Es decir, varían ámbitos, contextos y escenarios, pero su fin está en conocer y comprehender lo que les ocurre a los individuos y, a partir de esto, buscar la mejor forma de ayudarlos.

Podemos afirmar que el psicólogo buscará siempre comprehender al otro, es decir, acompañarlo a encontrar un significado integral para lo que le ocurre, que está en su mundo personal y no afuera. Ahora bien, nos podemos preguntar: ¿Qué conocimientos y habilidades se necesitan para alcanzar este objetivo? La formación de los psicólogos supone estudiar y profundizar en contenidos de la disciplina en sí misma, y de otras con las que necesariamente debe dialogar y que están presente en la actualidad, por ejemplo: la filosofía, la medicina, la sociología, por mencionar solo algunas. La formación de habilidades para el ejercicio profesional requiere no solo aprender con rigurosidad y profundidad teorías y conceptos, como ocurre en todo saber científico, sino también alcanzar un saber hacer que permita el ejercicio de la profesión y que en este caso buscará que el otro se pueda sentir comprehendido.

Esta capacidad de comprehender requiere del despliegue de actitudes y herramientas específicas. Saber hacer silencio, tanto de palabras como de gestos; mirar conectados, con ojos suaves y asentimientos lentos, pudiendo decir sin palabras que siempre es posible sentir con el otro. El psicólogo debe estar dispuesto a girar en todos los ejes, descifrar al otro de la mejor forma posible y percibir sentimientos invisibles, que serían imposibles de reconocer de otra forma. Debe tener disponibilidad para validar la expresión y el sentir de alguien con el que se puede estar en desacuerdo, pero en definitiva validar y hacerlo sentir comprehendido. Escuchar lo inaudible y ver lo invisible, están presentes en el ejercicio profesional de todo psicólogo y en todos sus ámbitos de desarrollo. La formación de los psicólogos, entonces, debe procurar experiencias y aprendizajes transformadores en donde el foco esté en el cuidado y desarrollo de sí mismo, y de cada persona.

Las características de la cultura actual parecen de alguna forma contradecir este modelo de formación y de ejercicio profesional. Se vive atormentado, exigido, acelerado; todo se percibe cambiando. No obstante, se descubre con facilidad que siempre existen realidades pequeñas o grandes, que se constituyen en el mundo de cada persona, y que allí se encuentra su esencia, su fuerza vital, en el sentido del alma de los griegos, quienes sabiamente dieron nombre a esta ciencia y profesión.

La autora es profesora de la carrera de Psicología de la Facultad de Ciencias Biomédicas de la Universidad Austral.